Nuestra Señora de Malvinas

miércoles, 17 de agosto de 2016

El legado espiritual del Padre de la Patria, el General San Martín


         El General San Martín se destacó por sus logros y hazañas exteriores como por ejemplo sus brillantes campañas bélicas que, ideadas por su genio militar estratégico, lograron la independencia[1] de Argentina, Chile y Perú -de hecho, el Cruce de los Andes está considerado como una de las más brillantes maniobras militares de la historia-. Sin embargo, su mayor grandeza proviene no de estas proezas externas, sino de su interior, es decir, de su espíritu noble, honrado, humilde, magnánimo; pocos hombres públicos pueden mostrar mayor grandeza espiritual que San Martín ya que –entre otras cosas-, habiendo alcanzado la máxima gloria militar en las batallas más decisivas, sin embargo no permitió nunca que la soberbia y la vanagloria se apoderen de él, rechazando en todo momento la tentación de asumir la totalidad del poder político y convertirse así en un dictadorzuelo de poca monta. Por el contrario, se conformó con algo mucho más alto y grandioso que una mera fracción de poder temporal y fue el ganar para los pueblos hispanoamericanos la anhelada libertad por la que luchaban[2]. En otras palabras, lejos de ser un hombre sediento de gloria y de poder mundanos, su grandeza moral y espiritual lo llevaba a despreciar la fama y el poder y a anhelar sólo el mayor bien para los pueblos, que en esos momentos históricos eran el auto-gobierno y la independencia.
Por otra parte, y llevado por el amor a su Patria y a sus compatriotas, se rehusó a formar parte de un sistema que dividía en facciones irreconciliables y enemigas entre sí y que llevaba al enfrentamiento entre los argentinos por algo mucho más bajo que la Patria y eran las egoístas y mezquinas cuestiones partidarias. Para San Martín, la Patria era la síntesis y el objetivo superior de todo argentino bien nacido, y era contrario a la división de los argentinos en bandos antagónicos que, según su certera previsión, habría de conducir a la Patria, por medio del enfrentamiento permanente de las facciones artificialmente creadas entre sí, a la antesala de su postración, decadencia y ruina definitiva. Para no participar en esta división cruenta y artificial entre argentinos, es que decidió, movido por la pureza y rectitud de sus principios -en el que el amor a Dios y a la Patria estaban en primer lugar-, el auto-exilio hasta su muerte, ocurrida en Boulogne-Sur-Mer, Francia.
Demostrando entonces su grandeza de espíritu, San Martín decidió retirarse antes de participar de una lucha intestina y fratricida por el poder, desatada entre aquellos hermanos suyos a los que había conducido a la liberación política, considerando al mismo tiempo que había cumplido con su deber de liberar a los pueblos y, como él mismo lo declaró, no tenía intenciones de manchar su sable con la sangre de hermanos.
En febrero de 1824 partió rumbo a Europa, acompañado por su hija Merceditas, que en esa época tenía siete años. Residió un tiempo en Gran Bretaña y de allí se trasladó a Bruselas (Bélgica), donde vivió modestamente ya que su escasa renta apenas le alcanzaba para pagar el colegio de Mercedes. Hacia 1827 se deterioró su salud y su situación económica empeoró sensiblemente. Además de estas penurias económicas, San Martín sufrió también la pena y la nostalgia de verse lejos de su patria[3] y esta nostalgia la sentía entrañablemente, porque amaba a su Patria naciente y amaba a sus compatriotas, los argentinos, sus hermanos.
El cimiento de su gigantesca estatura moral y espiritual estaba dado, en San Martín, por una profunda y fervorosa fe católica, la misma fe en la cual la Patria había nacido y que había heredado de la Madre España. Esta fe se manifestaba públicamente: hacía celebrar la Santa Misa para el Ejército; mandaba imponer el Escapulario de la Virgen del Carmen a los soldados antes de cada batalla; castigaba duramente las blasfemias contra Jesucristo y contra la Religión Católica y, ante todo, era un gran devoto de la Virgen, manifestando esta devoción mariana públicamente al nombrar a Nuestra Señora del Carmen como Generala del Ejército de los Andes, de modo similar a lo que hizo el General Belgrano con la Virgen de la Merced, nombrándola Generala del Ejército Argentino.
Hoy, nuestra Patria afronta graves peligros, pero el más grande de todos, es el de olvidar que nació a los pies de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo y arropada en el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Luján. El General San Martín, con su vida ejemplar y con su amor a Jesús y a la Virgen, nos señala el camino a seguir como Nación, como hijos de nuestra amada Patria Argentina, para precisamente no olvidar nuestros orígenes.
Pobre, aislado voluntariamente de los centros de poder, incapaz de agredir a sus hermanos, amante de Dios y de la Patria hasta dar la vida, he ahí el ejemplo maravilloso del General San Martín, el Padre de la Patria del cual los argentinos estamos orgullosos, al cual los argentinos debemos imitar para que la Patria no sucumba frente a sus enemigos internos y externos, y por el cual tenemos un motivo más para dar gracias a Dios, y es el habernos dado a tan grande hombre, héroe y santo, como Padre de nuestra amada Patria Argentina.




[1] Una independencia de España, hay que decirlo, forzada por las circunstancias, como el apresamiento del rey Fernando VII por parte los franceses y que, por otra parte, fue solo política pero no cultural ni religiosa puesto que conservamos el acervo cultural español y, lo más importante de todo, la religión católica, traída a estas tierras por los Conquistadores españoles.
[2] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/san_martin.htm
[3] Cfr. ibidem.

sábado, 9 de julio de 2016

¡Viva la Patria, nacida bajo la Santa Cruz de Jesús y arropada con el Manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción!


9 de Julio de 1816 - 9 de Julio de 2016

¡Viva la Patria, nacida bajo la Santa Cruz de Jesús y 

arropada con el Manto celeste y blanco 

de la Inmaculada Concepción!


jueves, 7 de julio de 2016

El 9 de Julio de 2016 debe mirar al 9 de Julio de 1816


Cristo de los Congresales de Tucumán.

         Decía Cicerón que “los pueblos que olvidan su historia están obligados a repetirla”. Los argentinos, que hemos vivido, desde el origen mismo de la Nación, una dolorosa historia de enfrentamientos, divisiones, discordias, luchas internas y fratricidas, debemos, si no queremos repetir esta triste historia, volver la vista a dos eventos históricos que dieron origen a nuestra Nación, para empaparnos con el mismo espíritu de los patriotas de la época: el 25 de Mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816, cristalización de los anhelos independentistas de Mayo.
         Según testigos de la época, como Fray Francisco Paula de Castañeda, “la obra del 25 de Mayo no fue obra nuestra, sino de Dios”[1], y lo que obró Dios en ese entonces, por medio de los patriotas de Mayo, fue el germen de lo que se cristalizaría seis años después, en el Congreso de Tucumán: la asunción, por parte de una de las provincias ultramarinas de España, de su auto-gobierno, como muestra no de una revolución y una rebelión contra la Madre Patria, sino como muestra del más leal, filial y noble sentimiento de pertenencia a España, pues esta Nación en germen asumía su auto-control, su autonomía en el gobierno y luego su independencia, conforme al derecho vigente y debido al grave riesgo que suponía el haber sido apresado el rey Fernando VII por parte de las tropas napoleónicas. Así como Mayo no fue una revolución –en el sentido más duro y cruel de esa palabra, en la que están implicados delitos de toda clase, como conspiraciones, homicidios, traiciones-, así también el 9 de Julio de 1816 no fue un renegar de los lazos más profundos que nos unían a la Madre Patria –su religión y su cultura, que fueron las que nos dieron el ser como Nación-, sino solamente cortar el hilo más débil, la dependencia política, en vista de los graves acontecimientos sucedidos en la Península, como consecuencia, entre otras cosas, de la intromisión de potencias extranjeras que pretendían, precisamente, hacer de esta “España ultramarina, hispana, criolla e indígena”, que era nuestra Patria naciente, un coto de caza para su propio provecho.
         Para no repetir los errores del pasado –y también del presente en el que lamentablemente vivimos los argentinos-, constituidos por desencuentros y enfrentamientos crueles y sangrientos, y para construir desde nuestro hoy un futuro de hermandad, el 9 de Julio de 2016 debe mirar al 9 de Julio de 1816 y también al 25 de Mayo de 1810 e impregnarse de su espíritu patriota, que al tiempo que declaraba su nobilísima fidelidad a la Corona de España, se independizaba de esta al considerar, en una lectura adecuada de los acontecimientos históricos, que había llegado la hora de nuestro auto-gobierno independiente, pero sin renegar jamás del más valioso legado de la Madre Patria España: la religión católica y su cultura hispana.
         En nuestros días, nuestra Patria se ve amenazada por peligros gravísimos, de igual o mayor tenor que en su mismo nacimiento. Al mirar hacia atrás, vemos -entre muchos otros- dos grandes dones de Dios para con nuestra Nación: su Bandera, que lleva los colores del manto celeste y blanco de la Virgen de Luján, y el Cristo de los Congresales, que presidió la firma de la Declaración de la Independencia en la Casa Histórica, el 9 de Julio de 1816, quedando así sellada, con la Sangre del Redentor, el nacimiento de Nuestra Nación bajo la Santa Cruz. Es hora de que nuestra amada Patria Argentina vuelva a sus sagrados orígenes que le dieron vida: la Cruz de Jesús y el Manto Inmaculado de María. Si queremos un futuro de paz entre los argentinos -que es la paz de Cristo, la única paz verdadera-, es hora de que nuestro ser nacional argentino vuelva a impregnarse y empaparse con la Sangre de Nuestro Señor y que la Patria vuelva a ser arropada por el Manto celeste y blanco de la Madre de Dios. Es hora de retornar a nuestros orígenes sagrados como Nación independiente y soberana.
        




[1] Cfr. Guillermo Furlong, Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la Patria naciente, Ediciones Castañeda, 1994, 381-382.

martes, 21 de junio de 2016

El origen mariano de la Bandera Argentina



         ¿Por qué lleva la Bandera Argentina los colores celeste y blanco? Según la historiografía liberal y atea, se debe a que se inspiró en “los colores del cielo”. Según la historia real y verídica, el General Belgrano, ferviente devoto de la Virgen, tomó los colores del manto de la Inmaculada Concepción, como forma de homenaje a la Madre de Dios. Es decir, el General Belgrano le dio los colores celeste y blanco a la Bandera Nacional, tomándolos del manto de la Virgen, como una forma de homenaje a Nuestra Señora. El hecho tiene una trascendencia que supera lo que podemos apreciar en un primero: si la Bandera Nacional lleva los colores de la Inmaculada Concepción, se trata de un acto de devoción mariana; si es un acto de devoción mariana, es una gracia y, como tal, una intervención celestial, sobrenatural, de parte de Dios Trino, que es la Gracia Increada en sí misma y de quien emana toda gracia; si es así, el acto de dar a la Bandera Argentina los colores de la Virgen, es decir, si fue una gracia, fue por lo tanto una intervención de María Santísima en persona, pues Ella es “Medianera de todas las gracias”; si es así, esto significa que la Nación Argentina lleva como estandarte nacional un pabellón con los colores del manto de María, porque fue María, la Madre de Dios en persona, quien intervino, concediendo esta gracia al General Belgrano. En otras palabras, los colores celeste y blanco de la Bandera Argentina lleva los colores de la Inmaculada Concepción por expreso deseo del Cielo. Quien contempla la Bandera Argentina, contempla el manto de María Inmaculada, y esto no por obra del hombre, sino por intervención divina.
         Si bien no existe ningún documento escrito por parte de Belgrano en el que afirme esta teoría, existen sin embargo numerosos testimonios históricos y por lo tanto, creíbles en su veracidad, que dan cuenta de esta teoría: el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción se prolonga y refleja en la Bandera Argentina.
Utilizaremos un artículo que recopila el trabajo de diversos historiadores, en el que se demuestra la teoría que sostenemos, con abundante documentación[1].
“Cuando el rey Carlos III consagró a España y las Indias a la Inmaculada en 1761, y proclamó a la Virgen principal Patrona de sus reinos; creó también la Orden Real de su nombre, cuyos caballeros recibían, como condecoración, el medallón esmaltado con la imagen azul y blanca de la Inmaculada, pendiente al cuello de una cinta de tres franjas: blanca en el medio, y azules a los costados. El artículo 40 de los estatutos de la Orden, reformados en 1804, dice: Las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales de color azul celeste[2].
“Mitre dijo que los colores nacionales blanco y azul celeste pudieron ser adoptados ‘’en señal de fidelidad del rey de España, Carlos IV, que usaba la banda celeste en la Orden de Carlos III, como puede verse en sus retratos al óleo… la cruz de esta orden es esmaltada de blanco y celeste, colores de la Inmaculada Concepción de la Virgen, según el simbolismo de la Iglesia’. El artículo IV de los estatutos de dicha orden, decretados en 1804, dice: ‘Las insignias… serán una banda de seda ancha divididas en tres fajas iguales, la del centro blanca, y las dos laterales de azul celeste’. Augusto Fernández Díaz recuerda que,  cuando el último ensayo de gobierno republicano de España, se acordó cambiar la bandera rojo y gualda por otra de tres franjas: rojo, gualda y morado, Miguel de Unamuno, entonces diputado, dijo:… Bandera monárquica podríais acaso llamar a la celeste y blanca de los Borbones de la casa española, cuyos colores son también los de la República Argentina y los de la Purísima Concepción”[3].
“Si bien la escarapela azul y blanca no se usó en 1810, y sólo aparece al año siguiente, como distintivo de la Sociedad Patriótica; sus colores habían adquirido una especial significación, por haberlos usado los voluntarios que prepararon la Reconquistay que, reunidos en Luján, combatieron luego en la Chacra de Perdriel. Las crónicas de Luján nos hablan del… Real Pendón de la Villa de Nuestra Señora, bordado en 1760 por las monjas catalinas de Buenos Aires. En él había dos escudos: unos con las armas del rey y otro con la imagen de la Pura y Limpia Concepción de María Santísima, singular patrona y fundadora de la villa. El Cabildo de Luján entregó este estandarte a las tropas de Pueyrredón,… como su mejor contribución para el servicio y defensa de la Patria. Después de implorar en auxilio de la Virgen, y usando, como distintivo de reconocimiento, los colores de su imagen, por medio de dos cintas anudadas al cuello, una azul y otra blanca, y que llaman de la medida de la Virgenporque cada una medía 38 centímetros, que era la altura de la imagen de la Virgen de Luján; los 300 soldados improvisados se lanzan al ataque contra 700 veteranos de Beresford, y mueren en la acción tres argentinos y veinte británicos. Los dispersos se unen más tarde a las fuerzas de Liniers, y obtienen, días después, la victoria definitiva, que se atribuyó oficialmente a la intervención de la Virgen María, como consta en las actas del cabildo de 1806. Estos colores los conservaron los húsares de Pueyrredón en la Defensadurante las jornadas de julio de 1807”[4].
“¡Soldados! Somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen. Jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto… Al que faltare su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se los demanden”[5].
“Carlos III, Carlos IV y Fernando VII vestían sobre el pecho la banda azul y blanca con el camafeo de la Inmaculada, y el manto real lucía estos mismo colores, como puede observarse en los retratos que adornan los salones del Escorial y el palacio de Oriente en Madrid, donde se custodian también las condecoraciones con la cruz esmaltada en blanco y celeste. Pueyrredón y Azcuénaga los usaron, como caballeros de esa Orden, y Belgrano, como congregante mariano en las universidades de Salamanca y de Valladolid. Ya hemos referido en otro lugar que Belgrano, al recibirse de abogado, juró ‘defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, patrona de las Españas’, y que, al ser nombrado secretario del Consulado, declaró en el acta fundamental de la institución que la ponía ‘bajo la protección de Dios’ y elegía ‘como Patrona a la Inmaculada Virgen María’, cuyos colores, azul y blanco, colocó en el escudo que ostentaba el frente del edificio”[6].
“… al fundarse el Consulado en 1794, quiso Belgrano que su patrona fuese la Inmaculada Concepción y que, por esta causa, la bandera de la dicha Institución constaba de los colores azul y blanco. Al fundar Belgrano en 1812 el pabellón nacional ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones diversas de las que tuvo en 1794? El Padre Salvaire no conocía estos curiosos datos y, sin embargo confirma nuestra opinión al afirmar que ‘con indecible emoción cuentan no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria, los colores blanco y azul celeste, había querido,  cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto’”[7].
“Al emprender la marcha (hacia el Paraguay) pasa (Belgrano) por la Villa de Nuestra Señora de Luján donde se detiene para satisfacer el deseo que le anima de poner su carrera y las grandes empresas que idea en su mente, bajo la protección de la milagrosa Virgen de Luján. Manda, al efecto, celebrar en ese Santuario una solemne Misa en honor de la Virgen a la que asiste personalmente, a la cabeza del Ejército de su mando, y robusteciendo su corazón con el cumplimiento de este acto religioso, prosigue lleno de fe y de esperanza el camino que le trazara el deber y el honor”[8].
“José Lino Gamboa, antiguo cabildante de Luján, juntamente con Carlos Belgrano, hermano del General, afirmó que: ‘Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la bandera patria, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto por haberse amparado a su Santuario de Luján’”[9].
“El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante militar de Luján y presidente de su Cabildo, dijo: Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján de quien era ferviente devoto. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según lo aseveran afamados historiadores”[10].
Demos gracias, por lo tanto, todos los argentinos, postrados ante el altar eucarístico, por habernos donado la Bandera Nacional más hermosa del mundo, la Bandera Argentina, que lleva los colores del manto de María Santísima.
         “¡Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor!” (Sal 33, 12). ¡Dichosa nuestra Patria Argentina, cuyo Dios es Nuestro Señor Jesucristo, cuya Patrona es la Madre de Dios, cuya bandera es el manto de la Inmaculada Concepción!






[1] Revista Mikael. Año 8. Nº 23. Segundo Cuatrimestre. 1980. Paraná, Entre Ríos.
[2] Aníbal Atilio RottjerEl General Manuel BelgranoEdiciones Don Bosco, Buenos  Aires, 1970, 62.
[3] Vicente SierraHistoria de ArgentinaEdiciones Garriga Argentina, T. V., 1962, L. III, cap. II, 472.
[4] Rottjer, o. c., 61-62.
[5] Proclama del Coronel Domingo French, pronunciada en Luján el 25 de septiembre de 1812; el P. Jorge María Salvaire, Historia de Nuestra Señora de Luján, T. II, 1885, 268 ss.
[6] Rotjjer, o. c., 62-63.
[7] Guillermo Furlong S.J., Belgrano. El Santo de la espada y de la pluma, Club de Lectores, Buenos Aires, 1974, 35-36.
[8] P. JORGE MARÍA SALVAIRE, o. c., 262-263.
[9] JOSÉ MANUEL EIZAGUIRRE, La bandera argentina, Peuser, Buenos Aires., 1900, 43.
[10] Rotjjer, o. c., 66.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El 25 de Mayo,día memorable y santo, debemos agradecer a Dios por habernos concedido nuestra Patria Argentina


No hay descripción más verdadera y hermosa del Acto Patriótico del 25 de Mayo que la que hace el P. Castañeda. Para él, el 25 de Mayo es un día “memorable, santo, noble, obra de Dios y no nuestra”[1], un día glorioso que señala la nobleza del ser argentino, que al tiempo que se declara fiel a la Madre Patria, representada en el rey de España, asume con todo derecho su auto-gobierno, manteniéndose fiel a la religión y la cultura heredada de España, y es por eso que siempre nos recordará, a los argentinos, la nobleza de nuestro nacimiento -“perpetuando nuestras glorias, nuestro consuelo y nuestras felicidades”- e incluso su carácter sagrado porque, como dice el P. Castañeda, “el 25 de Mayo fue obra de Dios y no nuestra”.
Lejos de ser una “revolución”, el acto patriótico del 25 de Mayo constituyó -en las palabras de patriotas como el p. Fray Castañeda, testigos de los hechos-, una declaración de lealtad y fidelidad al Rey y a España, declaración mediante la cual, al mismo tiempo que proclamábamos nuestra independencia política, asumiendo nuestro auto-gobierno según las leyes vigentes, manifestábamos la más absoluta lealtad a la Madre Patria España, desde el momento en que la independencia era, precisamente, para conservar su legado religioso y cultural.
En las palabras del P. Castañeda, no hubo un acto “revolucionario”, sino verdaderamente patriótico, porque en esta fecha la naciente Patria Argentina, a la vez que se constituye como independiente entre las naciones, conserva sin embargo la fidelidad noble y honrosa a España, es decir, no hubo doblez ni traición en los patriotas de Mayo: “el día 25 de Mayo es el padrón y monumento eterno de nuestra heroica fidelidad a Fernando VII; es también el origen y el principio de nuestra absoluta independencia política; es el fin de nuestra servidumbre”[2]. Esto se entiende si se tiene en cuenta que el rey de España, a quien le debíamos fidelidad, había sido hecho prisionero por Francia; por lo tanto, según la legislación vigente, basada en el derecho natural, las Provincias españolas de ultramar podían y debían asumir su auto-gobierno, y es eso lo que hicieron los patriotas, sino querían quedar bajo el yugo del enemigo anglo-francés, cuyos únicos objetivos eran convertir estas tierras en sus cotos privados de caza. Al independizarnos políticamente, hicimos lo que correspondía y era nuestro deber hacer, pues la legítima autoridad, el rey de España, ya no estaba en condiciones de gobernarnos, por lo que si no lo hacíamos, es decir, si no nos independizábamos, quedábamos bajo el yugo anglo-francés. La independencia fue, por lo tanto, una separación política, pero al mismo tiempo una declaración de lealtad al rey de España y a la Madre Patria, porque fue para preservar su herencia religiosa y cultural, y para no caer en la órbita de las naciones dominadas por el extranjero –las potencias anglo-francesas- que decidimos, bajo la guía providente de Dios, asumir nuestro auto-gobierno, dando inicio así nuestra existencia como Nación Independiente y Soberana.
Es por esto que, según Fray Castañeda, lejos de ser un día “revolucionario”, con lo que este término implica -esto es, traiciones, deslealtad, ambiciones, derramamiento de sangre-, “(...) el día Veinticinco de Mayo es (un día) solemne, sagrado, augusto y patrio...”[3]; un día que es “obra de Dios y no de los argentinos” y que por esto mismo, “perpetuará nuestras glorias”, por ser un día sagrado, por ser obra de Dios: “(el 25 de Mayo) Es y será siempre un día memorable y santo, que ha de amanecer cada año para perpetuar nuestras glorias, nuestro consuelo y nuestras felicidades”, y por eso debemos postrarnos ante el altar de Dios para agradecerle su infinita misericordia: “...en este día, todos con entusiasmo divino, llenos de piedad, humanidad y religión, debemos postrarnos delante de los altares, confesando a voces el ningún mérito que ha precedido en nosotros a tantas misericordias”[4].
Por lo tanto, y siempre según el Padre Castañeda, fue Dios quien quiso que nuestra Patria se independizara –desde el punto de vista político y no cultural o religioso- de España y asumiera en su pueblo su destino de nueva Nación. Y para dar gracias a Dios Nuestro Señor por su obra, la obra de nuestra Independencia, es que debemos “postrarnos ante los altares”, ofreciendo el Santo Sacrificio del Altar en agradecimiento por habernos concedido, en este día “memorable, santo, augusto”, nuestra Patria Argentina.





[1] Cfr. Guillermo Furlong, Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la Patria naciente, Ediciones Castañeda, 1994, 381-382.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

lunes, 9 de mayo de 2016

Nuestra Señora de Luján, Patrona y Dueña de la Argentina


         En el año 1630, en territorio de lo que sería posteriormente la Nación Argentina, sucedió un evento cuyos protagonistas no dudaron en calificarlo como milagroso: una imagen de la Virgen, que era traída desde Brasil por encargo de un portugués residente en Sumampa, jurisdicción de Córdoba del Tucumán, y que correspondía a la Inmaculada Concepción, fue dejada a orillas del río Luján, luego de que los bueyes que tiraban de la carreta en la que era transportada, se negaran a continuar camino, cada vez que la caja con la imagen era subida a la carreta[1].
Por medio de este milagro, la Santísima Madre de Dios, la Virgen María, manifestó el deseo de quedarse en nuestras tierras, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján, para constituirse en Dueña y Patrona de la Patria Argentina. Posteriormente, la Virgen daría infinidad de muestras de amor de predilección por nuestra Patria, siendo la concesión de la gracia al General Belgrano de querer honrar a su Purísima y Límpida Concepción, dotando a la Bandera Nacional con los colores celeste y blanco de su manto, uno de los ejemplos más clamorosos, entre muchos otros.
Es por este motivo que la fiesta de Nuestra Señora de Luján, como también la advocación misma, no deben quedarse en meros recuerdos, ni se deben limitar a hechos folclóricos, es decir, como sucesos integrantes de nuestro pasado, pero que no tienen incidencia real y efectiva en nuestro presente. Si la Madre de Dios se ha dignado a quedarse en nuestras tierras por medio de un milagro tan evidente y si luego Ella misma demostró su predilección por nuestra Patria al querer que nuestra Enseña Nacional llevase los colores de su manto, entonces los argentinos debemos comportarnos de otra manera con nuestra Madre del cielo, que es también la Dueña y Señora de la Patria Argentina. ¿Cómo hacerlo? Es decir, ¿de qué manera podemos honrar a Nuestra Señora de Luján, más allá del recuerdo litúrgico? Un ejemplo de cómo podemos honrar a la Virgen es por medio de una legislación –tanto de provincias, como a nivel nacional- que refleje fiel y cabalmente los Mandamientos de Nuestro Señor Jesucristo, Nuestro Dios y Señor, puesto que no hay mejor forma de honrar a la Madre, que obedeciendo al Hijo. Otra forma de honrar a María Santísima sería, por ejemplo, tratar de imitar en todo al Sagrado Corazón de Jesús, de manera que la Virgen, al ver nuestros corazones, no vea sino otras tantas copias del Corazón de su Hijo. Otra forma de honrar a Nuestra Señora de Luján, como Patrona de Nuestra Patria, sería el rezar la oración que más le agrada, el Santo Rosario, oración por la cual, al tiempo que la ensalzamos como Madre de Dios, Ella en persona moldea nuestros corazones, para transformarlos a imagen y semejanza de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Estas son solo algunas de las maneras en las que podemos demostrar el amor de gratitud a Nuestra Madre del cielo, Nuestra Señora de Luján: si obramos así, la Virgen podrá completar el designio celestial que la llevó a quedarse por el milagro de la carreta, en el año 1630, ser Dueña, Patrona y Señora no solo de la Patria Argentina, sino del corazón de todos y cada uno de los argentinos.




[1] http://www.corazones.org/maria/lujan/pagina_principal_lujan.html

jueves, 31 de marzo de 2016

La creación de la Bandera Argentina fue un acto de devoción a la Virgen


27 de Febrero de 1812, Día de la creación de la Bandera Nacional Argentina
por parte del General Manuel Belgrano, quien la dotó con los colores celeste y blanco de la Inmaculada Concepción, a modo de homenaje a Nuestra Señora de Luján, de quien era ferviente devoto.


     ¿Puede ser modificada la Bandera Argentina? Sostenemos que no, y daremos nuestras razones. Según lo que se desprende de la historia de la creación de la Bandera Nacional Argentina por parte del General Belgrano, se trató en realidad de un acto de devoción mariana por parte del General, debido a que Manuel Belgrano pretendió honrar a la Inmaculada Concepción de Luján, de quien era ferviente devoto; en consecuencia, fue una gracia; si fue una gracia, entonces el deseo de que la Bandera Argentina lleve los colores del Manto de la Inmaculada Concepción, viene del cielo y no de los hombres; ergo, la Bandera Nacional Argentina no puede ser cambiada por meros caprichos humanos.
         Que la Bandera Nacional Argentina haya sido creada por el General Manuel Belgrano para honrar a la Inmaculada Concepción, es una verdad que se revela, desprende y afirma a partir de hechos históricos fehacientemente documentados. El historiador Vicente Sierra dice así: “Cuando el rey Carlos III consagró España y las Indias a la Inmaculada en 1761, y proclamó a la Virgen principal Patrona de sus reinos; creó también la Orden Real de su nombre, cuyos caballeros recibían, como condecoración, el medallón esmaltado con la imagen azul y blanca de la Inmaculada, pendiente al cuello de una cinta de tres franjas: blanca en el medio, y azules a los costados. El artículo 40 de los estatutos de la Orden, retomados en 1804, dice: ‘Las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales de color azul celeste”[1]. Según lo que hace constar este historiador, es desde el reinado de Carlos III que tanto España como las Indias, estaban consagradas a la Virgen, creándose en su honor la Orden Real de la Inmaculada, cuyos colores eran el azul y el blanco. El mismo historiador cita a Bartolomé Mitre:
“Mitre dijo que los colores nacionales blanco y azul celeste pudieron ser adoptados ‘en señal de fidelidad al rey de España, Carlos IV, que usaba la banda celeste de la Orden de Carlos III, como puede verse en sus retratos al óleo… La cruz de esta orden es esmaltada de blanco y celeste, colores de la Inmaculada Concepción de la Virgen, según el simbolismo de la Iglesia’. El artículo IV de los estatutos de dicha orden, decretados en 1804, dice: ‘Las insignias… serán una banda de seda ancha dividida en tres fajas iguales, la del centro blanca, y las dos laterales de color azul celeste’. Augusto Fernández Díaz recuerda que, cuando en el último ensayo de gobierno republicano en España, se acordó cambiar la bandera rojo y gualda por otra de tres franjas: rojo, gualda y morado, Miguel de Unamuno, entonces diputado, dijo: ‘…Bandera monárquica podríais acaso llamar a la celeste y blanca de los Borbones de la casa española, cuyos colores son también los de la República Argentina y los de la Purísima Concepción”[2]. Otro historiador, Aníbal Rottjer, se explaya acerca de la devoción profesada a la Inmaculada Concepción, tanto de los reyes de España, como del General Manuel Belgrano: “Carlos III, Carlos IV y Fernando VII vestían sobre el pecho la banda azul y blanca con el camafeo de la Inmaculada, y el manto real lucía estos mismos colores, como puede observarse en los retratos que adornan los salones del escorial y el palacio de Oriente en Madrid, donde se custodian también las condecoraciones con la cruz esmaltada en blanco y celeste. Pueyrredón y Azcuénaga los usaron, como caballeros de esa Orden, y Belgrano, como congregante mariano en las universidades de Salamanca y de Valladolid. Ya hemos referido en otro lugar que Belgrano, al recibirse de abogado, juró ‘defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas’, y que, al ser nombrado secretario del Consulado, declaró en el acta fundamental de la institución que la ponía ‘bajo la protección de Dios’ y elegía ‘como Patrona a la Inmaculada Virgen María’, cuyos colores, azul y blanco, colocó en el escudo que ostentaba el frente del edificio”[3].
En el mismo sentido de estos historiadores -el de la devoción mariana del General Belgrano y la relación de esta devoción con la creación de la Bandera Nacional-, el P. Guillermo Furlong afirma lo siguiente: “…al fundarse el Consulado en 1794, q1uiso Belgrano que su patrona fuese la Inmaculada Concepción y que, por esta causa, la bandera de dicha institución monárquica constara de los colores azul y blanco. Al fundar Belgrano en 1812 el pabellón nacional, ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones diversas de las que tuvo en 1794? El Padre Salvaire no conocía estos curiosos datos y, sin embargo, confirma nuestra opinión al afirmar que ‘con indecible emoción cuentan no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria, los colores blanco y azul celeste, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto’”[4]. Y Aníbal Rottjer trae el testimonio del hermano del General, el Sargento Mayor Carlos Belgrano, el cual confirma lo aseverado por los historiadores anteriores: “El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante militar de Luján y presidente de su Cabildo, dijo: ‘Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto’. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según lo aseveran afamados historiadores”[5].
Por otra parte, si es así, esto quiere decir que fue una inspiración celestial, una gracia venida de lo alto; gracia a la cual el General Belgrano lo único que hizo fue, movido por su amor a la Virgen, secundarla, para honrarla. Es decir, la decisión de utilizar los colores de la Inmaculada Concepción como modelo celestial para los colores de la Enseña Patria, se originó en él, ya que fue un acto libre de su decisión personal, pero la idea, vino del cielo, porque honrar a la Madre de Dios es una gracia y la gracia no se “produce” en el hombre, no se origina en el hombre por sí mismo, sino que es un don celestial. Y puesto que no existe ninguna gracia que venga a través de María Santísima, Medianera de todas las gracias, esta gracia particular, de dotar a la Bandera Nacional Argentina con los colores de la Inmaculada Concepción, le fue concedida al General Belgrano por la Virgen en persona. En otras palabras, que la Bandera Nacional Argentina tenga los colores celeste y blanco –que no representan el cielo cosmológico, como enseña la versión liberal- de la Virgen Inmaculada, como forma de honrar a la Madre de Dios, es una decisión de la Madre de Dios en persona –tomada, con toda seguridad, de común acuerdo con su Hijo Jesús, nuestro Dios y Señor-. Por lo tanto, modificar la Bandera Nacional, quitando y/o agregando algo, significa ir en contra de la voluntad de María Santísima y su Hijo, Dios.




[1] Cfr. Rottjer, A., El general Manuel Belgrano, Ediciones Don Bosco, Buenos Aires 1970, 62.
[2] Cfr. Sierra, o. c.
[3] Cfr. Rottjer, A., El general Manuel Belgrano, Ediciones Don Bosco, Buenos Aires 1970, 62.
[4] Furlong, G., Belgrano, el Santo de la espada y de la pluma, Club de Lectores, Buenos Aires 1974, 35-36.
[5] Rottjer, ibidem, 66.