Nuestra Señora de Malvinas
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sábado, 9 de enero de 2021

El héroe de la aviación argentina que los astronautas del Apolo 11 admiraban y quisieron conocer durante su viaje a la Argentina


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"Llegan los héroes del espacio", titularon los diarios. El miércoles 1 de octubre de 1969, los astronautas Neil Armstrong y Michael Collins arribaron a Buenos Aires, acompañados de sus esposas.

El 20 de julio, habían sido protagonistas de una verdadera hazaña: el hombre había caminado por la Luna. El periodismo los describía como "los conquistadores del espacio". Si bien Edwin Aldrin también era de la partida, estando en Bogotá debió regresar a los Estados Unidos: lo representó su esposa.

Habían sido invitados por la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales y por la Asociación Argentina de Ciencias Aeroespaciales. Coincidía con la apertura del XX Congreso de la Federación Internacional de Aeronáutica. Argentina había sido incluida en una extensa gira de 22 países en los que los astronautas participarían de charlas y de conferencias de prensa.

Pero los astronautas tenían una motivación extra, en especial Neil Armstrong, quien deseaba conocer a alguien que había hecho mucho por la aviación y que su nombre ya se había ganado un lugar en la historia de las hazañas.

Los tripulantes del Apolo 11 habían arribado al Aeropuerto Internacional de Ezeiza a las 19 horas. De ahí se dirigieron en otra aeronave al Aeroparque Metropolitano, donde una multitud se había dado cita para ver de cerca a los héroes del momento. En la pista misma, el intendente de la ciudad de Buenos Aires, general Manuel Iricíbar, les otorgó las medallas de bronce que los acreditaban como "huéspedes del país y ciudadanos de Buenos Aires".

Al pie mismo de la escarelilla del avión, Armstrong –quien ya había estado en nuestro país tres años atrás- leyó en español un breve mensaje de agradecimiento y transmitió el saludo especial del presidente Richard Nixon. "Estamos contentos de encontrarnos con el magnífico pueblo argentino", expresó.

Por su parte, Michael Collins explicó que "hemos leído y estudiado por muchos años todo lo relacionado con vuestro gran país. Lo he admirado estando en órbita alrededor de la Tierra y también mientras estábamos en camino hacia la Luna".

Neil Armstrong y Michael Collins junto al presidente de facto Juan Carlos Onganía en la Casa Rosada
Neil Armstrong y Michael Collins junto al presidente de facto Juan Carlos Onganía en la Casa Rosada

El embajador norteamericano John Davis Lodge agasajó, esa misma noche a la extensa comitiva de 27 personas, en la residencia de la embajada, el Palacio Bosch, sobre avenida del Libertador.

Allí, una multitud de invitados esperaban su turno para estrechar las manos de los astronautas. Armstrong le regaló al embajador una fotografía de ellos sobre la superficie lunar.

Uno de los que se acercó a los astronautas fue Héctor Rodríguez, secretario de Cultura y Relaciones Públicas del Club Independiente, a quien se le había ocurrido, antes del vuelo a la luna, nombrarlos socios honorarios del club. Les había enviado a Estados Unidos camisetas y banderines junto con los carnets números 80.399, 80.400 y 80.401. Armstrong le dijo a Rodríguez que el banderín los había acompañado en el viaje a la Luna.

El numeroso grupo ocupó las suites 194, 195, 196, 197, 198, 199 y 200 del Plaza Hotel.

Pero antes de la recepción, los astronautas fueron llevados a la Casa Rosada, donde los recibió el presidente de facto, Juan Carlos Onganía. Cuentan que durante el encuentro, los astronautas se mostraron impacientes. ¿Qué era lo que ocurría? No querían llegar tarde a su próxima cita, la que realmente les importaba: querían conocer al brigadier retirado Ángel Zuloaga, un anciano de 86 años, y que era considerado un héroe y precursor de la aeronáutica argentina.

¿Quién era Zuloaga?

Ángel María Zuloaga había nacido en Mendoza el 21 de mayo de 1885. Luego de estudiar en el Colegio Militar, ingresó a la Escuela de Aviación. El destino quiso que, siendo teniente primero, se cruzara con Eduardo Bradley, un platense piloto de aviones y de globos.

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En una época donde todos los récords estaban para ser alcanzados, ambos se propusieron cruzar la cordillera de Los Andes en globo. Como la creencia de entonces era que los vientos iban de este a oeste, ellos decidieron hacer la travesía desde Chile hacia Argentina, con el fin de demostrar que también habían corrientes de aire en el otro sentido.

Muchos se burlaron, les costó conseguir ayuda y hasta el experimentado aviador brasileño Santos Dumont les dijo: "Están locos, la corriente los va a llevar hacia el Océano Pacífico".

"Adiós, cabezas duras!"

Finalmente, el 24 de junio de 1916 a las 8:30 despegaron en el globo Eduardo Newbery (aludía al hermano de Jorge, que había desaparecido con su globo Pampero el 17 de octubre de 1908) desde Putaendo, Chile.

La vestimenta que llevaban para soportar bajas temperaturas, ya que ascenderían a más de 5000 metros, se limitaba a un sobretodo, bufanda, sombrero, guantes y una precaria máscara de oxígeno. Para inflar el globo, usaron el gas de alumbrado chileno, que era más rico en hidrógeno.

Al momento del despegue, la despedida no fue muy alentadora. "Adiós, cabezas duras!", les gritaron. Rápidamente el globo tomó altura y emprendió la travesía rumbo a la cordillera, que le impondría el mayor desafío: sortear sus máximas alturas.

Los dos tripulantes del globo, posando para Caras y Caretas
Los dos tripulantes del globo, posando para Caras y Caretas

Zuloaga y Bradley pronto comprendieron que si no se libraban del lastre, se estrellarían contra la imponente muralla rocosa. Se desprendieron de provisiones, de armas, de municiones y de valioso instrumental científico. Todo fue arrojado por la borda. Sólo les quedó el barógrafo, que mide la altura y la temperatura, que antes de la partida había sido soldado a la estructura del globo por las autoridades chilenas.

Pasaron a pocos metros de la cumbre del Aconcagua y del Tupungato, con una temperatura de 33 grados bajo cero. Al mediodía lograron aterrizar en Uspallata, casi al borde de un abismo.

En Buenos Aires fueron recibidos como héroes. Tuvieron sus reconocimientos, medallas, distinciones, hasta una estampilla. Zuloaga continuó su carrera militar, estrechamente ligada a la aviación. Fue agregado militar argentino en Francia, donde en 1919 obtuvo el brevet de aviador militar de ese país; también fue director de la Escuela Militar de Aviación y agregado militar en Estados Unidos. En 1945 pasó a revistar en la Fuerza Aérea, con el grado de brigadier. En 1956 sería ascendido a brigadier general, cuando ya era una leyenda viviente. Fallecería el 29 de agosto de 1975.

Zuloaga y Bradley, en el globo Eduardo Newbery (Archivo General de la Nación)
Zuloaga y Bradley, en el globo Eduardo Newbery (Archivo General de la Nación)

Los astronautas se apuraron en llegar al domicilio de Zuloaga, en Florida al 900. Era una visita fuera del protocolo. Sabían que a las 20 el oficial de 84 años se retiraba a descansar. Tocaron timbre en el departamento del 7 piso.

Infobae pudo conocer detalles del encuentro gracias al testimonio de uno de los familiares de Zuloaga, Dolores Uriburu.

La que abrió la puerta a los visitantes fue Esther, la hija del brigadier, quien era su mano derecha, y que con los años sería la madrina del Regimiento de Granaderos a Caballo y de la Plaza San Martín.

Acompañaron a Zuloaga su esposa, a la que familiarmente la llamaban "Nena", y las dos hijas del matrimonio. El propio Zuloaga era llamado "Papatí".

Los astronautas fueron recibidos donde Zuloaga solía conversar con Antoine de Saint Exupery, el famoso aviador, autor de "El Principito", cuando vivió en Argentina entre 1929 y 1931, en un departamento sobre la galería Güemes, en la calle Florida.

Croquis de la trayectoria del globo (Revista Caras y Caretas)
Croquis de la trayectoria del globo (Revista Caras y Caretas)

A los Armostrong y Collins les llamó la atención el carácter reservado del aviador, así como la forma particular de dirigirse a ellos, como "m'hijito" o "mi querido", que había incorporado ya desde su infancia en su Mendoza natal.

Hablaron en inglés, idioma que el aviador manejaba a la perfección desde los tiempos en los que se había desempeñado como agregado militar en Washington.

Zuloaga no lo sabía entonces, pero para Neil Armstrong, un fanático de la aviación, el experimentado piloto era su ídolo y su vida y trayectoria habría sido una de las motivaciones en su elección de la carrera en la aeronáutica. Seguramente esa fue la razón de las lágrimas de emoción que los presentes vieron en el rostro de quien, unos meses antes, había cumplido la hazaña de llegar a la Luna.

La llegada a Uspallata y el abrazo con quienes los recibieron. Zuloaga y Bradley soportaron temperaturas de 33 grados bajo cero cuando cruzaron Los Andes
La llegada a Uspallata y el abrazo con quienes los recibieron. Zuloaga y Bradley soportaron temperaturas de 33 grados bajo cero cuando cruzaron Los Andes

"¿Por qué lo queríamos conocer? Porque nosotros sabíamos adónde íbamos, y cómo volveríamos; pero ellos no", dicen que fueron los motivos de los astronautas por conocer a Zuloaga, cuya proeza era estudiada en la NASA.

Antes de retirarse, los astronautas reclamaron un souvenir. Zuloaga les obsequió a los dos un ejemplar de su libro "La victoria de las alas. Historia de la aviación argentina". Al mismo tiempo, se le ocurrió darles los pocillos donde momentos antes les había servido café. Esos pocillos tenían grabado, de un lado, el escudo nacional y del otro el globo Eduardo Newbery, con el que había cruzado la cordillera de los Andes.

La partida

Al día siguiente, los astronautas se levantaron a las 6 de la mañana. Pat, la esposa de Collins, fue de paseo por la calle Florida. Compró dos carteras de cuero y un sacón de piel gamuzada de cabra. A las 11 horas, Onganía volvió a recibirlos en la Casa de Gobierno. A las 13:30 brindaron una conferencia de prensa en el Plaza Hotel, de la que participaron más de 100 periodistas.

Finalmente, integrando una extensa caravana de automóviles, emprendieron viaje al Aeroparque. Recorrieron las calles y avenidas de la ciudad saludando a la gente. Los esperaba una última escala, en Río de Janeiro y, de ahí, vacaciones en las Islas Canarias.

En el Museo Espacial de Estados Unidos, se exhiben los pocillos de café, aunque falta uno. Es el de Armstrong, que está en su casa, en la habitación donde conservaba su más preciados recuerdos.

(https://www.infobae.com/sociedad/2019/07/23/el-heroe-de-la-aviacion-argentina-que-los-astronautas-del-apolo-11-admiraban-y-quisieron-conocer-durante-su-viaje-a-la-argentina/?fbclid=IwAR3jF2aX_TZLKJchxhCS8F5paFAYutXfbNWeT_qLX4rhTZVg_q4JtgweYGQ) 

jueves, 9 de junio de 2011

Homenaje a un héroe de la Patria


El Contraalmirante Carlos Robacio estuvo a cargo del Batallón de Infantería de Marina que continuó combatiendo en las Islas aún después de que la Argentina se rindiera. Fue reconocido como uno de los grandes jefes en batalla.

Durante su participación en la Guerra de 1982, tuvo a su cargo a 700 efectivos de la Marina y a 200 soldados del Ejército en los combates en Monte Tumbledown, Sapper Hill y Monte William.

Aún hoy son recordadas sus tropas porque no pudieron ser derrotadas por los ingleses, y combatieron hasta que se les agotaron las municiones, aún después de la caída de Puerto Argentino y tras recibir la orden de rendición.

Tal fue su intervención en el conflicto armado, que los británicos destacaron en un documental que las fuerzas más difíciles de enfrentar en las Islas fueron las comandadas por Robacio.

Por su desempeño, Robacio fue galardonado con la medalla al Valor en Combate y el propio Batallón de Infantería de Marina 5 fue condecorado por el Congreso, en el año 2002.

Robacio falleció el pasado 29 de mayo en el Hospital Español de Bahía Blanca, luego de 76 años dedicados al servicio de la Patria.

Cuando la oscuridad se abate sobre los hombres, y las tinieblas no permiten distinguir lo bueno de lo malo; cuando ante la vista de tanta iniquidad, el ánimo pareciera sucumbir; cuando el ladrón corre impune por las calles, seguro de que nadie habrá de detenerlo en sus tropelías; cuando la traición a la Patria se enmascara y se oculta detrás de altos puestos políticos y militares; cuando los enemigos de Dios, de la Patria y de los argentinos, son tan numerosos como los granos de arena de una playa; cuando estos mismos enemigos, insolentes, se jactan a cara descubierta de su perversidad, de su felonía, y de su iniquidad; cuando estos enemigos, amparados en la inacción de los buenos, se envalentonan en su osadía y se vuelven cada vez más insolentes contra Dios y la Patria; cuando lo malo es presentado como bueno, y lo bueno como malo; cuando la desviación de la naturaleza es proclamada como “derecho humano”; cuando los enemigos de la Patria, los piratas y bucaneros de siempre, aferran la presa más preciada de la Patria con sus garras de bestia infernal, y parecen estar seguros de su malhabido botín; cuando el Invasor profana, día a día, el suelo sagrado de la Patria, en codiciosa y avara búsqueda de oro de roca y lana de oveja; cuando la Patria gime y llora, desconsolada, viendo que sus hijos se divierten en loco festín, en vez de acudir en su ayuda; cuando la Patria desgarra su corazón, al ver que sus hijos la reemplazan por un estadio y la abandonan por un televisor de plasma, en vez de dedicar sus vidas y su tiempo a rescatarla de sus enemigos, internos y externos; cuando la Patria, nacida de Dios como un preciado don, es sustituida por el internacionalismo mercantilista, que deposita su corazón en el oro; cuando el amor a la Patria es reemplazado por la ideología materialista y hedonista; cuando la Cruz y el Altar, que dieron origen a la Patria, son olvidados y sustituidos por la náusea del neo-paganismo…

…Cuando todo es tinieblas y confusión, aparece el héroe.

El héroe es a la Patria lo que el santo a la Iglesia: una manifestación de su bondad intrínseca, y un resplandecer de su magnífico esplendor. El héroe es el santo que todavía no ha sido canonizado; el santo es el héroe que ha subido un escalón más en la gloria, la gloria del altar, la gloria del cielo. El héroe es el santo secular, y el santo es el héroe glorificado. Uno y otro han dado sus vidas no por un ideal, en el sentido abstracto de la palabra, sino por un ideal concreto, real: el héroe, por la Patria; el santo, por Cristo Dios. El santo, desde su lugar en las estrellas, tiende la mano al héroe, para que éste comparta con él su lugar de honor, y juntos adoren, en la alegre eternidad, al Dios Verdadero, el Dios Uno y Trino.

El héroe es el Jefe de Infantería de Marina Contraalmirante Carlos Robacio -y junto con él, los valerosos soldados argentinos que combatieron hasta el último cartucho. Robacio y sus soldados, orgullo de la Nación, no pensaron jamás en arriar la Bandera Nacional, y nunca conocieron la palabra “rendición”, asombrando a propios y enemigos: “Todos los hombres que lucharon en Malvinas fueron muy valientes y no hay registros en el siglo XX de unidades que hayan sido bombardeadas durante 44 días y hayan combatido durante dos meses, sin relevo”, afirma, orgulloso, el mismo Robacio.

Según sus propias palabras, él era un “hombre con miedo”, que “tenía miedo al cruzar la calle”, como lo tenemos todos los seres humanos: "Yo no soy ni bravo, ni valiente, ni nada por el estilo. Soy un hombre común. Tengo miedo cuando cruzo la calle”.

Pero ese miedo desaparecía, como el humo al viento, cuando entraba en batalla en Malvinas. Y los que comenzaban a tener miedo eran sus enemigos, como ellos mismos lo afirman, según el testimonio del mismo Robacio, citando una carta del comandante del grupo mercenario conocido como “gurkas” dirigida a él, en la que le afirma que nunca jamás “pasaron tanto miedo” como cuando se enfrentaron a sus tropas.

Pero seríamos injustos, en este humilde homenaje –a él, y en él, a los bravos soldados argentinos que no se rindieron ante el invasor-, si le diéramos todo el crédito a él, y si sólo lo homenajeáramos a él, porque quien le quitó el miedo, y le infundió valentía y coraje, al tiempo que infundía miedo en sus enemigos, era Dios: “No pude tener miedo porque creo que Dios no me dejó tenerlo y la preocupación por mis hombres, su entrega, obviamente, no me podían permitir el privilegio de tener miedo. Además, estábamos convencidos de que peleábamos por lo nuestro".

Carlos Robacio y sus soldados no peleaban por oro, ni por plata; peleaban por “lo nuestro”: la Patria, la Cruz y el Altar.

A Dios le debemos el hecho de que en el horizonte arrasado de la Patria, en medio de los escombros y del humo del incendio, surgiera la figura valerosa, intrépida, majestuosa, del héroe Carlos Robacio, y de sus bravos soldados argentinos, que no se rindieron en las Islas Malvinas.

Este honor, este orgullo santo y patrio, este solaz en medio de la desolación, esta agua fresca de manantial, en medio del desierto más atroz, se lo debemos a Dios, el Dios que suscita héroes y santos, al infundirles de su propia vida, porque Él es el Dios Tres veces Santo, y es el Dios heroico que se encarnó y murió en cruz por nosotros.

Y a Él, entonces, debemos agradecer por tan inmenso don, e implorar y suplicar, pidiéndole a través de Nuestra Señora de Malvinas, y a través del Ángel Arcabucero, el Ángel Custodio de Argentina, que suscite no uno, sino cientos, miles, millones de Carlos Robacio, para que nuestra amada Patria, nacida a la sombra de la Cruz del Redentor, y cobijada en su nacimiento por el Manto Inmaculado de la Inmaculada Virgen de Luján, resplandezca ante los hombres, y sea un anticipo de la Patria celestial.