Nuestra Señora de Malvinas

jueves, 7 de julio de 2016

El 9 de Julio de 2016 debe mirar al 9 de Julio de 1816


Cristo de los Congresales de Tucumán.

         Decía Cicerón que “los pueblos que olvidan su historia están obligados a repetirla”. Los argentinos, que hemos vivido, desde el origen mismo de la Nación, una dolorosa historia de enfrentamientos, divisiones, discordias, luchas internas y fratricidas, debemos, si no queremos repetir esta triste historia, volver la vista a dos eventos históricos que dieron origen a nuestra Nación, para empaparnos con el mismo espíritu de los patriotas de la época: el 25 de Mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816, cristalización de los anhelos independentistas de Mayo.
         Según testigos de la época, como Fray Francisco Paula de Castañeda, “la obra del 25 de Mayo no fue obra nuestra, sino de Dios”[1], y lo que obró Dios en ese entonces, por medio de los patriotas de Mayo, fue el germen de lo que se cristalizaría seis años después, en el Congreso de Tucumán: la asunción, por parte de una de las provincias ultramarinas de España, de su auto-gobierno, como muestra no de una revolución y una rebelión contra la Madre Patria, sino como muestra del más leal, filial y noble sentimiento de pertenencia a España, pues esta Nación en germen asumía su auto-control, su autonomía en el gobierno y luego su independencia, conforme al derecho vigente y debido al grave riesgo que suponía el haber sido apresado el rey Fernando VII por parte de las tropas napoleónicas. Así como Mayo no fue una revolución –en el sentido más duro y cruel de esa palabra, en la que están implicados delitos de toda clase, como conspiraciones, homicidios, traiciones-, así también el 9 de Julio de 1816 no fue un renegar de los lazos más profundos que nos unían a la Madre Patria –su religión y su cultura, que fueron las que nos dieron el ser como Nación-, sino solamente cortar el hilo más débil, la dependencia política, en vista de los graves acontecimientos sucedidos en la Península, como consecuencia, entre otras cosas, de la intromisión de potencias extranjeras que pretendían, precisamente, hacer de esta “España ultramarina, hispana, criolla e indígena”, que era nuestra Patria naciente, un coto de caza para su propio provecho.
         Para no repetir los errores del pasado –y también del presente en el que lamentablemente vivimos los argentinos-, constituidos por desencuentros y enfrentamientos crueles y sangrientos, y para construir desde nuestro hoy un futuro de hermandad, el 9 de Julio de 2016 debe mirar al 9 de Julio de 1816 y también al 25 de Mayo de 1810 e impregnarse de su espíritu patriota, que al tiempo que declaraba su nobilísima fidelidad a la Corona de España, se independizaba de esta al considerar, en una lectura adecuada de los acontecimientos históricos, que había llegado la hora de nuestro auto-gobierno independiente, pero sin renegar jamás del más valioso legado de la Madre Patria España: la religión católica y su cultura hispana.
         En nuestros días, nuestra Patria se ve amenazada por peligros gravísimos, de igual o mayor tenor que en su mismo nacimiento. Al mirar hacia atrás, vemos -entre muchos otros- dos grandes dones de Dios para con nuestra Nación: su Bandera, que lleva los colores del manto celeste y blanco de la Virgen de Luján, y el Cristo de los Congresales, que presidió la firma de la Declaración de la Independencia en la Casa Histórica, el 9 de Julio de 1816, quedando así sellada, con la Sangre del Redentor, el nacimiento de Nuestra Nación bajo la Santa Cruz. Es hora de que nuestra amada Patria Argentina vuelva a sus sagrados orígenes que le dieron vida: la Cruz de Jesús y el Manto Inmaculado de María. Si queremos un futuro de paz entre los argentinos -que es la paz de Cristo, la única paz verdadera-, es hora de que nuestro ser nacional argentino vuelva a impregnarse y empaparse con la Sangre de Nuestro Señor y que la Patria vuelva a ser arropada por el Manto celeste y blanco de la Madre de Dios. Es hora de retornar a nuestros orígenes sagrados como Nación independiente y soberana.
        




[1] Cfr. Guillermo Furlong, Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la Patria naciente, Ediciones Castañeda, 1994, 381-382.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada