Nuestra Señora de Malvinas

domingo, 8 de mayo de 2011

La Virgen de Luján, Madre, Patrona y Dueña de la Patria Argentina

Virgen de Luján,
Madre, Patrona y Dueña
de la Patria Argentina,
sacude los corazones
de tus hijos argentinos,
que se han extraviado
por el materialismo
y las ideologías sin-Dios;
llámalos, Madre de Luján,
y llévalos
desde el Puerto de Santa María,
de los Buenos Aires,
Tu Inmaculado Corazón,
a la Ciudad de la Santísima Trinidad. Amén.



"Carretera madrugadora

Siga camino a Sumampa:

Siga, que Nuestra Señora

Quiere quedarse en mi Pampa

Cielito y cielo Argentino,

Cielito que la corona,

Cielito del peregrino

Y la Virgen, su Patrona".

(Miguel A. Etcheverrigaray)

Pocas naciones en el mundo tienen el privilegio de la Nación Argentina, el de haber sido elegidas, por la Madre de Dios, para quedarse en su suelo. Un hermoso prodigio dio origen a su estadía en nuestro suelo patrio: la carreta tirada por bueyes, en donde se encontraba la imagen, no se movió hasta que no quitaron de su interior la imagen de la Madre de Dios que luego sería venerada como “Nuestra Señora de Luján” [1]. El prodigio fue un claro signo de que la Virgen quería quedarse en la Patria, y quería ser venerada en ese lugar por todos los argentinos.

De esta manera, nuestra Patria se vio honrada, al ser elegida por la Madre de Dios para ser su patrona.

Desde entonces, la Virgen de Luján presidió todos los grandes acontecimientos de la patria, fue proclamada Generala y recibió los bastones de mando de numerosos próceres argentinos, como San Martín, Belgrano, Güemes, Lamadrid, Pueyrredón, y fue invocada por los soldados héroes de Malvinas, y por millones de argentinos, civiles y militares, que forjaron la Argentina.

Se trata por lo tanto de una imagen plena de historia y de significado, en donde la historia de la Argentina como Nación, y de cada argentino como patriota, encuentra su sentido y su significado: bajo su manto, bajo su mirada maternal, bajo su protección de Madre celestial, nacieron, vivieron y murieron generaciones y generaciones de argentinos, quienes gracias a su intercesión misericordiosa, gozan ahora de la beatitud eterna, la contemplación alegre y extática de las Tres Divinas Personas.

Pero hay otro privilegio, que viene de la mano de este prodigio realizado por la Madre de Dios para quedarse en nuestra Patria y ser su Patrona y Dueña, y es el de su manto, que lleva los colores de la Inmaculada Concepción, pues de ese manto bendito, surgió nuestra enseña nacional, nuestra gloriosa Bandera Argentina.

El general Don Manuel Belgrano, a la hora sublime de crear la bandera de la nueva nación, eligió los colores celeste y blanco, pero no por capricho, ni al azar, ni para recordar el cielo cosmológico, sino para honrar a la Purísima Concepción de María, de quien era ferviente devoto.

Éste es el otro privilegio que tiene nuestra Patria, no compartido por ninguna otra nación de la tierra, y es el de llevar, gloriosamente, en su bandera, los colores del manto de la Inmaculada Concepción. Así lo quiso el General Manuel Belgrano, al elegir los colores de la Bandera Nacional: quiso que llevara los colores de la Inmaculada Concepción, a quien amaba, veneraba y honraba desde su niñez. Desde entonces, los argentinos tenemos la dicha de besar la Bandera Nacional, como si estuviéramos besando el Manto de la Virgen de Luján, que es el Manto de la Inmaculada Concepción.

Es por esto que si el Salmo dice: “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor” (cfr. Sal 32), nuestra Patria puede, alegrándose en la Virgen Inmaculada, decir: “Dichosa la Nación cuya Patrona y Dueña es la Madre de Dios”.

Ahora bien, el hecho de que María Virgen sea nuestra Patrona, supone privilegios especiales, no exentos de tribulaciones; aún más, podría decirse que la tribulación es la condición de los hijos de la Virgen, como don del cielo, venido directamente de Dios, que hace participar, a sus hijos adoptivos, de la Gran Tribulación de su Hijo Jesús en la cruz.

Es así como nuestra Patria, bajo el amparo de la Virgen, ha atravesado numerosas tribulaciones, y lo continúa haciendo, en el día de hoy, y podría decirse que la tribulación de este tiempo es la más grande, la más dura, la más dolorosa, de todas las tribulaciones vividas en su historia.

Hoy la Patria se ve acosada, además de sus enemigos naturales, por un enemigo más insidioso, más difícil de detectar, pues no se identifica con extrañas banderas, como en Obligado. El peligro más grande, para la Patria, viene hoy de algunos de sus propios hijos, que no la reconocen mariana, no la reconocen católica, y por lo mismo, no reconocen a la Virgen de Luján como a su Madre, Señora, Dueña y Protectora.

La más grande tribulación la sufre hoy la Patria, no sólo porque botas militares extranjeras mancillan sus amadas Islas Malvinas, sino porque muchos, muchísimos de sus hijos, desconociéndola en su condición de Madre de los argentinos, se han olvidado de su Hijo, lo han rechazado, y han abrazado el culto a los modernos ídolos neo-paganos, el poder, la fama, la gloria mundana, la violencia, la ideología de los sin Dios, y se dirigen, inconscientes y ciegos, al abismo de la eterna condenación.

Ante las negras tinieblas del indigenismo, del materialismo, del liberalismo, del comunismo, del neo-paganismo, que se han abatido sobre el límpido cielo patrio, no nos queda sino elevar un ruego, desde el fondo de nuestra miseria e indignidad, a la Única que puede interceder por la salvación de nuestra Patria, y confiados en Ella, que es la Omnipotencia Suplicante, decimos:

“Madre de Dios, Virgen de Luján, Patrona y Dueña de nuestra Patria, no permitas que se pierdan los argentinos, estos hijos tuyos que se han apartado del luminoso Camino de la Cruz, y han emprendido el tenebroso camino del progresismo y de la ideología materialista, que los conduce al lugar de fuego, donde se pierde toda esperanza.

Madre de Dios, Virgen de Luján, Madre de los argentinos, sacude los corazones de esos tus hijos argentinos, extraviados en las negras tinieblas de la ausencia de Dios, y llámalos, uno a uno, por su nombre, para que vuelvan a cobijarse bajo el amparo de tu Manto celestial, el manto celeste y blanco de tu imagen de Luján; cúbrelos con tu Manto, llévalos en tu regazo, refúgialos en tu Inmaculado Corazón, implora a Tu Hijo por su perdón, y cuando su ira esté ya aplacada, llévalos, desde Tu amable Corazón sin mancha, al Corazón de Jesús.

Madre de Luján, Madre de Dios, Virgen Patrona de los argentinos, haz que cada argentino, nacido en las Pampas, en la Argentina toda, finalice su camino terreno llegue, partiendo desde el Puerto de Santa María de los Buenos Aires, tu Inmaculado Corazón, a la Ciudad de la Santísima Trinidad, la comunión feliz, en el Amor trinitario, con las Tres Divinas Personas. Amén”.


[1]Desde el Brasil partió la imagencita de la Virgen de Luján, hoy venerada en la Basílica. Los acontecimientos se remontan al siglo XVII, cuando Antonio Farías Saa, un hacendado portugués afincado en Sumampa, le escribió a un amigo suyo de Brasil para que le enviara una imagen de la la Virgen en cuyo honor quería levantar una ermita.

En el año 1630 –probablemente en un día del mes de mayo– una caravana de carretas, salida de Buenos Aires rumbo al norte llevando dos imágenes, las que hoy conocemos como 'de Luján' y 'de Sumampa'. La primera representa a la Inmaculada y la segunda a la Madre de Dios con el niño en los brazos. Inmediatamente ambas imágenes emprendieron un largo viaje en carreta con la intención de llegar hasta Sumampa...

Aquí me quedo, decidió la Virgen

En aquel tiempo, las caravanas acamparon al atardecer. En formación cual pequeño fuerte, se preparaban para defenderse de las incursiones nocturnas de las bestias o los malones de los indios. Luego de una noche sin incidentes, partieron a la mañana temprano para cruzar el río Luján, pero la carreta que llevaba las imágenes no pudo ser movida del lugar, a pesar de haberle puesto otras fuertes yuntas de bueyes. Pensando que el exceso de peso era la causa del contratiempo, descargaron la carreta pero ni aún así la misma se movía. Preguntaron entonces al carretero sobre el contenido del cargamento. "Al fondo hay dos pequeñas imágenes de la Virgen", respondió.

Una intuición sobrenatural llevó entonces a los viajantes a descargar uno de los cajoncitos, pero la carreta quedó en su lugar. Subieron ese cajoncito y bajaron el otro, y los bueyes arrastraron sin dificultad la carreta. Cargaron nuevamente el segundo y nuevamente no había quien la moviera. Repetida la prueba, desapareció la dificultad. Abrieron entonces el cajón y encontraron la imagen de la Virgen Inmaculada que hoy se venera en Luján. Y en el territorio pampeano resonó una palabra que en siglos posteriores continuaría brotando de incontables corazones: ¡Milagro! ¡Milagro!” (Cfr. Fundación Argentina del Mañana).

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