Nuestra Señora de Malvinas

viernes, 8 de julio de 2011

El 9 de Julio es un día "augusto, soberano, memorable"

Según la tradición oral,
el Acta de Independencia
de las Provincias Unidas
del Río de la Plata
se firmó
el 9 de Julio de 1816,
en una mesa
presidida por esta talla
del Siglo XVIII, llamada
"Cristo de los congresales".


A poco menos de doscientos años de la gesta de su Independencia política, la Argentina parece haber perdido el rumbo y de tal manera, que ya no sabe ni qué celebra, cuando celebra la Independencia.

En la gesta de la Independencia del 9 de Julio, actuaron fuerzas naturales y sobrenaturales –según lo atestigua Fray Castañeda- que lograron romper la dependencia con un sistema político español que sólo acarrearía males para estas tierras, pues estaba unido a la ideología liberal-humanista de la Revolución Francesa, y con esta última, entraría a estas tierras la disolución y la esclavización a oscuros poderes extra-nacionales.

En este sentido, la Declaración de la Independencia significó no simplemente el inicio del auto-gobierno de la nación por parte de gobernantes criollos, sino la preservación de la integridad territorial, cultural, religiosa y espiritual, que eran amenazadas directamente por los vientos revolucionarios y ávidos de las riquezas de estas tierras, por parte de las potencias extranjeras, principalmente, Inglaterra y Francia.

Sin embargo, cuando se leen los diarios, los noticieros, las revistas de actualidad, se habla de todo, menos de la Independencia, de sus causas, de sus consecuencias, de su relación con la actualidad.

En la Argentina de hoy, los actos patrios, que deberían ser momentos de orgulloso recuerdo de las gestas nacionales, entre ellas, la primera de todas, la Independencia nacional, “obra de Dios y no nuestra”, en las palabras de Fray Francisco de Paula Castañeda[1], de agradecimiento a Dios Uno y Trino por el don que la Patria en sí misma significa, y por los innumerables beneficios con que la ha adornado, entre ellos, la Bandera Nacional, que lleva los colores del manto de la Inmaculada de Luján.

Sin embargo, en la Argentina de hoy, nada de esto sucede.

En las vísperas de la fecha patria se habla de todo, menos de los asuntos más graves e importantes para la supervivencia de la misma. Vergonzosamente, se habla de fútbol, como si el triunfo en un simplicísimo partido de fútbol se jugara el destino nacional; se habla de política, como si fueran la política y los políticos por quienes vino a la existencia la Patria, y como si fuera por ellos que subsiste; se habla de deportes, de moda, de frivolidades televisivas -cuando no de basura televisiva-; se habla del clima, de accidentes de tránsito, de noticias policiales, pero no se habla de la Patria, de sus asuntos urgentísimos, y mucho menos se la honra.

Y luego, a los actos patrios se los convierte en vergonzosos mítines proselitistas, en donde el gobernante de turno, esquivando el Te Deum o asistiendo a él, no para adorar y dar gracias a Dios Uno y Trino, y encomendarle los destinos de la Patria, sino para obtener réditos políticos, tanto con su ausencia como con su presencia.

Fray Francisco de Paula Castañeda decía que el 25 de Mayo debía amanecer como un día sagrado, y que ese día, que era un día “augusto, soberano, sagrado”, por venir de Dios, debíamos postrarnos ante los altares, para dar gracias a Dios, porque esa obra no era nuestra, sino suya.

Lo mismo debemos decir del 9 de Julio, pues no es más que la continuación, profundización, afirmación y realización de los nobles ideales criollos del 25 de Mayo.

También el 9 de Julio debe entonces amanecer para nosotros como un día “augusto, soberano, sagrado”, y también debemos postrarnos ante los altares, para dar gracias a Dios Uno y Trino por el don de la Independencia, pero a esta acción de gracias, debemos agregarle una petición: que nos otorgue la luz necesaria para honrar a la Patria como ella se lo merece, para no desvirtuar el Día dedicado a su memoria y a su honor, para tener lucidez y afrontar los graves desafíos y problemas que la acucian día a día, y que la amenazan en su misma subsistencia.

Pero además de agradecer por la Independencia del 9 de Julio, debemos pedir también la ayuda celestial para lograr otra independencia, la independencia no ya de potencias extranjeras que amenazan el territorio, los bienes materiales, y las vidas de los que componen la nación, sino de los poderes oscuros de las tinieblas, y de sectas tenebrosas, que gobiernan en las sombras contra los intereses vitales nacionales y patrios, pero sobre todo contra las almas, buscando su perdición.

Y esa independencia, esa fuerza sagrada que nos libera de las garras del mal, personificado en el ángel caído, sólo viene de la cruz de Jesucristo, por intercesión de la Virgen de Luján.

[1] Cfr. Furlong, G., Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la Patria naciente, Ediciones Castañeda, 1994, 381-382.

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