Nuestra Señora de Malvinas
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miércoles, 8 de mayo de 2024

Nuestra Señora de Luján conduce a Nuestra Patria a la feliz eternidad

 



         La Virgen de Luján, que es la Inmaculada Concepción, está relacionada, por la Divina Voluntad, con nuestra Patria Argentina. Nuestra Señora de Luján es Patrona, Dueña y Señora de la Patria Argentina, pero no por una decisión humana, sino por decisión divina. En otras palabras, fue por un designio de la Santísima Trinidad, que la Inmaculada Concepción, bajo la advocación de “Nuestra Señora de Luján”, sea la Patrona de la Nación Argentina.

         Por un lado, fue la Virgen en persona quien realizó el milagro de la carreta y los bueyes, milagro por el cual dio a entender que Ella misma había elegido el bendito lugar de Luján para quedarse allí. Entonces, con el milagro de la carreta -los bueyes solo se movían cuando la sagrada imagen de la Inmaculada Concepción, transportada en la carreta, era descargada momentáneamente-, la Virgen hacía conocer el deseo de su Inmaculado Corazón, el de hacer, lo que luego sería la Nación Argentina, su morada santa. Nada hicimos para merecer tanta misericordia divina y nada seguimos sin hacer, pero eso es otra historia y resalta aún más la gratuidad del Divino Amor manifestado a los argentinos a través de la Virgen de Luján.

         Además, como reafirmando esta decisión de la Virgen, fue Ella quien, por indicación divina, inspiró en el General Belgrano el deseo de hacer un acto de devoción mariana, esto es, el dar a la Bandera Nacional Argentina los colores celeste y blanco del Manto de la Virgen de Luján. Como no puede haber acto de devoción mariana sin que medie la gracia y como la Virgen es Mediadora de todas las gracias, fue entonces la Virgen quien quiso, a través del General Belgrano, que su Manto celeste y blanco ondeara a lo largo y ancho de nuestro territorio patrio, como distintivo de la Nación Argentina, esto es, como su Bandera Nacional.

         Entonces, la Inmaculada Concepción, la Madre de Dios, la Virgen María, no solo quiso quedarse, por disposición de la Trinidad, en nuestra Patria Argentina, sino que quiso que nuestra Patria y por lo tanto nosotros, como argentinos, nos identificáramos como Nación con su Manto celeste y blanco, de manera que la Bandera Argentina se puede considerar, con toda razón, como la extensión y prolongación del Manto de la Inmaculada Concepción.

         Que la Virgen se haya querido quedar en nuestra Patria para ser su Patria, Dueña y Señora, lo confirman sus apariciones -aprobadas por la Iglesia Católica- en San Nicolás de los Arroyos. Dice así la Virgen en uno de sus mensajes, refiriéndose a nuestra Patria: “(…) Esta tierra es tierra santa, la Gracia del Señor se palpa y se recibe a cada instante; tierra bendita, donde la Madre quiere morar para poder aguardar allí, la llegada de sus hijos. Amén. Amén”. En otro mensaje, dice: “(…) Veo una nube celeste que cubre todo el Campito. En la Santa Misa del Campito, siento Su voz que me dice: “Es mi Manto que protege a tu pueblo”. “(…) Agrega: “Mi día está cercano, ese día en que Yo habitaré entre vosotros y ocuparé mi lugar. SOY PATRONA DE VOSOTROS, DE TU PUEBLO.

De esta manera la Virgen, con sus apariciones en San Nicolás, confirma la intención del milagro de Luján: quedarse en nuestra Patria Argentina para bendecirla con su presencia. Y la Virgen quiere quedarse en Nuestra Patria para bendecirla, protegerla, para que los otros pueblos se acerquen a su Hijo Jesucristo a través de su Manto, la Bandera Nacional Argentina y así llevarnos, a nuestra Nación y a todos los pueblos de la tierra, a la feliz eternidad en los cielos, en donde por la Misericordia Divina adoraremos al Cordero de Dios por los siglos sin fin.

 


La atajada del Dibu y la Virgen de Luján, Patrona de nuestra Patria

 


Cuando jugaba la Selección, mi abuela ponía una virgen de Luján arriba del televisor. En el primer tiempo, la ubicaba de un lado. En el segundo, la corría para el otro. Ella decía que la Virgen cuidaba el arco argentino. Yo me reía, cosas de viejos, pensaba. Hasta llegué a decirle: “¿por qué no la pones en ataque, así hacemos más goles?”Si la memoria no me falla, en aquel partido del Mundial 2006, Holanda no nos pudo hacer ningún gol. Hace cuanto que fue eso, era el primer Mundial de Leo. Después le perdí el rastro a esa cábala porque mi abuela enfermó y mi tía se la llevó a vivir a Australia. Desde allí siguió todo el Mundial de Qatar. Escucha la radio por internet porque a sus 80 años, sus oídos ven por sus ojos. Pero hablemos de la atajada del Dibu, para eso están acá. Cuando la pelota pasó a Otamendi y le cayó a Kolo Muani, junté las manos. Dibu empezó a acercarse al peligro. Uno, dos, tres… Al final son once. Once pasos hizo para achicar. Muani tiene tres o cuatro opciones, como mínimo. Se la pasa al sicario Mbappe, o resuelve él. Al final, elige lanzar esa granada él mismo. La puede picar. Puede intentar una gambeta. Incluso puede cruzarla. Sin embargo elige lo que quiere Dibu, el remate al primer palo. Entonces Dibu se hace un elástico, y se abre con todo su cuerpo, como esos hombrecitos que dibujan los nenes en el jardín. La pelota pega en taco, tobillo, pantorrilla y tal vez roza la canillera izquierda. Y vuelve al cielo, un compañero, Cuti Romero, completa la salvada. Y despeja de cabeza. En esa pierna, el Dibu Martínez lleva escondida debajo de la media, la armadura más sagrada que un hombre puede tener: la imagen de su familia y de la virgen de Luján. Te extraño mucho, abuela. El tiempo te dio la razón.

📝 Adrián Michelena

(https://www.facebook.com/photo/?fbid=993495436111670&set=a.171412551653300)

jueves, 7 de mayo de 2020

Argentina y la Virgen de Luján



          Es por todos sabido que nuestra Patria atraviesa por gravísimos problemas, de toda índole; problemas de los cuales el gravísimo tema económico es el de los menos graves -el país está en estado de quiebra virtual, al no poder pagar la infame deuda externa-. Hay otros problemas, mucho más serios y casi imposibles de solucionar desde el punto de vista humano, que acechan a nuestra Patria y estos son las ideologías subversivas de todo tipo que no dejan de crecer día a día: la “cultura de la muerte”, denunciada por Juan Pablo II, que consiste en buscar de imponer, a toda costa, el aborto y la eutanasia; la mal llamada “ESI” o Educación Sexual Integral, que pretende legitimar la contra-natura desde la más pequeña edad; la ideología neo-marxista y el neo-comunismo, que buscan legitimar los planteos de la ultra-izquierda, ideologías que por definición son anti-cristianas y anti-humanas, al tiempo que demuelen los cimientos mismos de la Patria.
          Son tantos y tales los graves males que acechan a nuestra Patria Argentina, que no se ve salida alguna desde el punto de vista humano: sólo una intervención divina, que abarque todos los corazones de los argentinos y nos saque de nuestro letargo, de nuestra corrupción ideológica y de nuestra pereza espiritual, será lo que hará emerger a la Patria del estado de postración en el que se encuentra.
          ¿De qué manera sucederá esto?
          Es aquí donde interviene la Virgen de Luján, que es la Patrona y Dueña de nuestra Patria: cuando su Manto celeste y blanco -del cual se origina nuestra Enseña Nacional- cubra los corazones de los argentinos, en un sentido espiritual, sobrenatural y místico; cuando el Inmaculado Corazón de la Virgen de Luján triunfe sobre las tinieblas de nuestros corazones -de todos los corazones de todos los argentinos-, entonces será cuando en nuestra Patria reinarán triunfantes los Sagrados Corazones de Jesús y María y la Patria Argentina será definitivamente restaurada y la cultura de la muerte destruida. Mientras tanto, hasta que esto suceda, sólo cabe rezar, esperar y combatir las ideologías anti-cristianas -cultura de la muerte, neo-marxismo, comunismo, ultra-izquierda, liberalismo, etc.- desde nuestro puesto de batalla y según nuestras posibilidades.

domingo, 8 de julio de 2018

El 9 de Julio y el futuro de nuestra Patria en Cristo Jesús


El Cristo de los Congresales, a cuyas plantas se firmó el
Acta de Independencia de la Nación Argentina.

         En un momento en el que la globalización agnóstica, atea y materialista hace que naciones enteras pierdan el rumbo trascendente al cual están destinadas, es literalmente vital para nuestra amada Patria Argentina regresar la vista a su pasado fundacional y ése pasado tiene dos fechas: el 25 de Mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816. El 25 de Mayo porque es el inicio de nuestra independencia, hecho histórico que, en las palabras de Fray Francisco de Castañeda, testigo viviente de los hechos de Mayo, es un día memorable y santo, obra de Dios y no nuestra, día sagrado que marca al mismo tiempo la heroica fidelidad al rey de España y, al mismo tiempo, el origen y principio de nuestra soberanía política: “(...) el día 25 de Mayo es el padrón y monumento eterno de nuestra heroica fidelidad a Fernando VII; es también el origen y el principio de nuestra absoluta independencia política; es el fin de nuestra servidumbre. Es y será siempre un día memorable y santo, que ha de amanecer cada año para perpetuar nuestras glorias, nuestro consuelo y nuestras felicidades”[1]. Tan grandiosas y maravillosas palabras son acordes a un evento grandioso y maravilloso, como es el de la asunción del auto-gobierno por parte de esta porción de la España Ultramarina, no por intereses mezquinos, sino porque las leyes vigentes en ese entonces establecían que si la cabeza -el rey- no podía gobernar, las provincias ultramarinas de España, como el Virreynato del Río de la Plata, debían asumir su auto-gobierno. Esto es lo que hicieron los patriotas de Mayo y lo hicieron de la manera más noble posible, manteniendo su fidelidad al rey y al mismo tiempo asumiendo el auto-gobierno. La nobleza de su actitud patriota, el origen celestial de 25 de Mayo según el P. Castañeda y el carácter “sagrado, augusto, patrio, majestuoso” de este día, sirva para consolar el resto de nuestros días en la tierra, por el origen tan grandioso de nuestra Nación Argentina.
El 9 de Nueve de Julio de 1816 es la concreción del 25 de Mayo de 1810 y, como muestra de que es un solo proceso del inicio al fin, originado en Dios, como dice el P. Castañeda, está el hecho de que la firma del Acta de la Independencia se realizó a los pies de Nuestro Señor Jesucristo, el Cristo de los Congresales. Dios inició el proceso de nuestra independencia, lo guió y lo finalizó haciendo que firmáramos la Independencia de la Nación Argentina, a los pies de su Santa Cruz, como para indicar que la firma estaba sellada con la Sangre de sus manos y pies traspasados. Y como para reafirmar todavía más el hecho de que la Nueva Nación Argentina nací al pie de la Santa Cruz, bañada en la Sangre del Cordero, está el hecho de que quien recogió en su seno y la envolvió con su manto a esta Nación recién nacida fue la Virgen Santísima de Luján, quien al darnos su Manto celeste y blanco como Bandera Nacional nos indicaba que no nos dejaba abandonados, sino que nos abrazaba como a sus hijos predilectos entre las naciones. Nuestro origen está en Jesucristo y en la Virgen de Luján, nuestro presente y nuestro futuro están en Jesucristo y en la Virgen de Luján. El llevar esto grabado en la mente y en el corazón todos los días de la vida y ponerlo por práctica no con discursos vacíos sino con hechos concretos que combatan al mundo pagano, ateo, agnóstico y materialista que pretenden desviar y corromper nuestro Ser Nacional Argentino, hispano y católico, es un deber de cada día y no solo de cada aniversario patrio y es vital para cumplir nuestro destino de unidad en la trascendencia de la eternidad, destino fijado, querido y esperado por Dios Trino para los argentinos. El 9 de Julio de 1816 nos enseña que el pasado, el presente y el futuro de nuestra amada Patria Argentina está a los pies de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.



[1] Cfr. Guillermo Furlong, Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la Patria naciente, Ediciones Castañeda, 1994, 381-382.

sábado, 12 de mayo de 2018

La Virgen de Luján quiso quedarse en nuestras tierras para ser la Madre de nuestra Patria



         Todos conocemos el milagro de la carreta por medio del cual la Virgen de Luján expresó su deseo de quedarse en nuestra Patria Argentina. Es como una madre que, viendo que sus hijos se han ido a vivir lejos y que viven lejos de Dios, decide ir a visitarlos pero para quedarse con ellos y para enseñarles el camino de regreso a Dios. Éste es el propósito de la Virgen de Luján con el milagro de la carreta: quedarse en nuestra Patria para enseñarnos el camino para volver a Dios. Y el Camino para volver al Padre es su Hijo Jesús, quien afirma de sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
         Ser devotos de la Virgen de Luján no es entonces el acudir ante su imagen una vez al año para la misa y la procesión, ni tampoco dejarle flores y acordarse de Ella cuando las cosas no van bien. Por un lado, significa recordar que es la Dueña y Patrona de nuestra Patria Argentina, ya que nuestra Bandera Nacional lleva los colores celeste y blanco de su manto; por otro lado, significa cumplir lo que Ella nos dice en el Evangelio: “Hagan lo que Él (Jesús) les diga”. Significa entonces esforzarnos por amar al prójimo, perdonar setenta veces siete, cargar la cruz de cada día y seguir a Jesús por el Camino Real del Calvario, y ser crucificados con Él, para dar muerte al hombre viejo y para que nazca el hombre nuevo, el hombre de la gracia, que vive según los Mandamientos de Cristo Dios.
         La Virgen ha dado sobradas muestras de su amor maternal por los argentinos; somos los argentinos los que no le damos muestras de amor filial o si se la damos, es tan escasa esa muestra que casi no es nada.
         Solo el día en el que todos los argentinos nos reunamos bajo el manto celesta y blanco de la Virgen de Luján, dejando de lado la falsedad y el cinismo propios de nuestra religión mal practicada por parte nuestra; dejando de lado las falsas religiones; dejando de lado las banderías políticas que lo único que hacen es enfrentarnos entre nosotros, cubriéndonos con el manto celeste y blanco de la Inmaculada, la Bandera Nacional y dejando de lado las banderas falsas de las ideologías comunistas, indigenistas y liberales; amándonos como hijos adoptivos de la Madre celestial que se aman en el Amor del Señor Jesús; solo ese día, en nuestra Patria comenzará a resplandecer el Sol naciente de Justicia, el Hijo de María de Luján, Cristo Jesús, representado en el sol de la Enseña Nacional Argentina.

martes, 9 de mayo de 2017

¡Dichosa nuestra Patria que tiene por Dueña y Patrona a la Madre de Dios, Nuestra Señora de Luján!


         Según la crónica que narra el modo en el que la Virgen de Luján se quedó en nuestra Patria, no caben dudas de que fue un milagro y, si fue un milagro, fue una intervención deseada por el cielo. En otras palabras, el hecho de que la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de Luján, sea Dueña y Patrona de la Nación Argentina, no se deriva de una piadosa iniciativa de un grupo de vecinos, ni tampoco se trata de una trama urdida por sacerdotes demasiado celosos que pretendían implantar una devoción mariana a toda una Nación: el hecho de que la Inmaculada Concepción, por medio de un milagro, se quedara en nuestro suelo argentino, se debe a un explícito designio divino, por el cual la Madre de Dios, bajo la advocación de “Nuestra Señora de Luján”, habría de ser la Dueña y Patrona de la Nación Argentina y la Madre de todos los argentinos.
         Como una ratificación de este designio divino, la Bandera Nacional Argentina lleva, con orgullo, los colores del Manto de la Inmaculada de Luján, pues está documentado históricamente que el General Belgrano, gran devoto de la Virgen, tomó los colores de la Bandera de la Patria del Manto de la Virgen de Luján, como un modo de honrar a la Inmaculada Concepción.
         Las raíces de nuestro Ser Nacional son, por lo tanto, pura y exclusivamente marianas y cristológicas –porque donde está la Madre, está el Hijo- y esto quiere decir que los argentinos debemos responder al designio divino que ha querido que nuestro Ser nacional sea mariano y cristológico.

         Cuanto más amor a la Virgen y a Jesús profesemos, tanto más los argentinos realizaremos el designio divino para nuestra Patria.

martes, 24 de noviembre de 2015

El Combate de Obligado, símbolo de la Soberanía Nacional


         El Combate de la Vuelta de Obligado, librado por las fuerzas federales comandadas por el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas, constituye un hito en la consolidación de la Nación Argentina como Patria. No se trató de una mera reacción de defensa natural ante la agresión externa, ni tampoco el motivo fue la economía: fue la decisión de luchar y combatir para defender no solo un territorio, sino lo que constituye una Patria: una historia, una religión –en este entonces, la Religión Católica era abrumadoramente mayoritaria- y una nación. Es decir, el motivo de la lucha fue por algo inmensamente más grande que un impulso natural a defender lo propio; tampoco fueron motivos de índole económica y, mucho menos, ideológica: lo que llevó a combatir en Obligado, fue el deseo de defender la Patria y esta defensa fue lo que consolidó a la Patria. Ésa es la razón por la cual el Combate de la Vuelta de Obligado se convirtió en símbolo de la Soberanía Nacional.
         En nuestros días, acechan a nuestra Patria Argentina peligros mucho más grandes que la invasión física de flotas extranjeras: nuestra Patria está en peligro porque sus enemigos son, ante todo, de orden espiritual e ideológico y están armados, más que con cañones y tanques, con pensamientos del todo extraños al Ser Nacional Argentino –católico, hispano, criollo, que es la unión del español con el natural de estas tierras-. En nuestros días, tanto las sombras de ideologías siniestras en el plano del pensamiento, como del gnosticismo en el plano del espíritu, oscurecen de tal modo el pensamiento y el corazón de los argentinos, que amenazan con borrar la historia de la Patria, nacida a la sombra de la Cruz de Cristo y bajo el manto celeste y blanco de la Virgen de Luján, para reemplazarla por una Argentina desconocida, neo-pagana, gnóstica y populista, que no cree en Jesucristo como su Dios y Rey, sino que persigue un utópico e inexistente paraíso terrestre, al cual se llegará al final de un violento enfrentamiento entre clases ricas y pobres, que finalizará con la desaparición de los que más tienen y con el nacimiento por lo tanto de una sociedad igualitaria, anti-natural, en donde todos serán “libres, hermanos e iguales”.

         Hoy, como ayer, es necesario tener el mismo espíritu de los patriotas que combatieron en Obligado y luchar por la Patria, con las armas espirituales: fe, oración, sacrificio y adoración al Único Dios Verdadero, Dueño y Señor de Argentina, el Hombre-Dios Jesucristo.

miércoles, 7 de mayo de 2014

La Virgen de Luján y la actual encrucijada de la Nación Argentina


         La Madre de Dios, la Virgen Santísima, quiso quedarse en nuestras tierras argentinas y lo hizo mediante el conocido milagro de la carreta tirada por los bueyes la cual, llegada a un cierto punto, no avanzó más, hasta que el bulto que transportaba la imagen de la Inmaculada Concepción fue retirada de la carreta y depositada en el suelo. Con este milagro, ocurrido en el mes de Mayo del año 1630, la Virgen daba a entender que quería quedarse en lo que luego sería el Santuario Nacional y Basílica de Luján, para presidir nuestra Nación Argentina como su Dueña, Patrona y Señora. Nuestra Patria nació literalmente a la sombra de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo y fue regada con su Sangre, porque el 1º de abril de 1520 se celebró la primera Santa Misa en el puerto de San Julián, en lo que luego sería la provincia de Santa Cruz. Ya Nuestro Señor Jesucristo, años antes del milagro de la Virgen de Luján, había regado con su Sangre nuestra Patria; por lo tanto, la Virgen, lo único que venía a hacer, con su milagro de la carreta, era venir a reclamar un territorio, el territorio de la Argentina, que pertenecía a su Hijo Jesucristo, Rey de las naciones. Y puesto que todo lo que pertenece a Jesucristo, le pertenece a la Virgen, la Virgen venía a reclamar lo que le pertenecía a Ella, Reina de las naciones.
         La Nación Argentina le pertenece a la Virgen de Luján desde antes  de su nacimiento, y esto se comprueba en su historia, como acabamos de ver, y se ve reflejado en su manto, pues su manto es de color celeste y blanco, como los colores de la Bandera Argentina, y esto no es casualidad, puesto que el creador de la Bandera Argentina, el General Don Manuel Belgrano, quiso explícitamente que la Enseña Nacional Argentina llevara los colores de la Inmaculada de Luján, como modo de honrar a su Purísima Concepción. Así lo testifica, bajo juramento, su hermano, el cabo Belgrano. Es decir, el acto de creación de la Bandera Nacional fue un acto de devoción mariana y, como tal, fue una gracia de Dios, un acto querido por el cielo mismo; en otras palabras, los argentinos llevamos en nuestra Bandera Nacional los colores de la Inmaculada de Luján por voluntad explícita del cielo.
         Pero aquí debemos detenernos: Nuestro Señor Jesucristo, Rey de las Naciones, bañó con su Preciosísima Sangre nuestra tierra, bendiciéndola y santificándola y sellándola con su Sangre; la Virgen Santísima eligió nuestra Patria Argentina para constituirse en su Dueña, Patrona y Señora, y nos concedió el privilegio inmerecido de que nuestra Bandera Nacional sea su mismo Manto celestial, además de concedernos numerosísimos milagros; ¿puede decirse que los argentinos, a la luz de los últimos acontecimientos, hemos correspondido a estos inmerecidos privilegios celestiales? La violencia, el materialismo, las leyes contra natura, el avance de la droga en amplias capas de la población, la mentira como forma de comunicación, el engaño, la aceptación de la violación de los Mandamientos de Dios a diario, ¿no nos hacen indignos, a los argentinos, de tantos beneficios concedidos por el cielo? ¿No corremos el riesgo de que Jesucristo, Nuestro Señor, y de que la Virgen, Nuestra Reina del cielo, se arrepientan de haber elegido a nuestra Patria y de haberla colmado de tantos beneficios y privilegios?
         No permitamos que Jesús derrame en vano su Preciosísima Sangre por nosotros y le roguemos a la Virgen de Luján que nos alcance de su Hijo Jesús la gracia de la contrición del corazón y así, arrodillados los argentinos ante el crucifijo, besando los pies de Nuestro Señor, cubiertos con el Manto de la Virgen de Luján, con el corazón contrito y humillado, pidamos perdón por nuestros pecados como argentinos y hagamos el propósito de construir una Patria Santa, una Patria Católica, una Patria en la que, santificada por la Sangre del Cordero, y protegida por el maternal Manto celeste y blanco  de la Virgen de Luján, florezcan generaciones de héroes y santos argentinos para el cielo, para la eternidad, que alaben y adoren al Cordero que reina en los cielos por los siglos sin fin.

         

jueves, 20 de junio de 2013

Dichosa la Nación cuya Enseña nacional es el Manto celeste y blanco de la Madre de Dios


         
“Dichosa la Nación cuyo Dios es el Señor”, dice el Salmo 33, y el motivo por el cual esta nación es dichosa, radica en que Dios es infinitamente bueno y poderoso, y esta condición divina asegura al pueblo que lo tiene a Él como su Señor, su protección y bendición constantes. En el Antiguo Testamento, esa Nación fue la Nación hebrea, puesto que, por designio divino, fue el único pueblo de la Antigüedad que no solo recibió el don del monoteísmo -frente a la totalidad de los otros pueblos y naciones, que eran paganos e idólatras-, sino que además tuvo a ese Dios Uno –Yahveh- como su Protector y Guía.
Esto se vio en los innumerables prodigios, maravillas y milagros que obró Yahveh a favor de Israel, todo lo cual formaba –y forma- parte esencial de la historia de ese pueblo, al punto que no se entiende a Israel sino es en relación a Yahveh.
Análogamente, y parafraseando a la frase de la Biblia, los argentinos podemos decir: “Dichosa la Nación cuya enseña nacional es el Manto celeste y blanco de la Madre de Dios”, porque este hecho –que la Bandera de la Nación Argentina lleve los colores celeste y blanco del Manto de la Inmaculada Concepción-, no es un hecho fortuito, al azar, ya que el General Manuel Belgrano, al crear la insignia nacional, tuvo la intención explícita y manifiesta de honrar a la Bienaventurada Madre de Dios en su advocación de Nuestra Señora de Luján, la cual es, en su advocación original, la Inmaculada Concepción.
Contrariamente a lo que enseña la historiografía liberal y agnóstica, el General Belgrano no se inspiró en los colores del cielo cosmológico, sino en el Manto celeste y blanco de la imagen de la Inmaculada Concepción conocida como Nuestra Señora de Luján. Este acto de Belgrano no se debió a su alma magnánima –que si lo era-, sino que fue un verdadero acto de devoción mariana, porque su intento era honrar a la Virgen, tal como lo declaró su hermano, el sargento mayor Carlos Belgrano: “Mi hermano tomó los colores de la bandera del Manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto”.
En otras palabras, el hecho de que, como argentinos, nuestra Bandera Nacional lleve los colores del Manto de la Virgen, indica que fue el mismo Dios Uno y Trino quien quiso que tuviéramos por insignia nacional el manto de la Virgen de Luján.
Este hecho no es intrascendente; por el contrario, pone de manifiesto un claro designio divino de predilección para con la Nación Argentina, designio que puede ser entrevisto en la contemplación de la misma bandera: si para una nación determinada la insignia nacional evoca su destino de grandeza, mucho más lo es en nuestro caso, porque por el hecho de ser el Manto de la Virgen, nuestra enseña evoca el destino de eternidad en los cielos al cual estamos llamados. Por este motivo, al contemplar la Bandera Nacional, no podemos pasar por alto ni su origen ni el destino de eternidad al que nos llama, so pena de contrariar los planes de Dios Trino para con nuestra Patria.

Por lo tanto, al izar la Bandera Nacional y al verla flamear en los cielos, elevemos nuestros pensamientos y nuestros corazones a la Virgen de Luján, cuyo manto sagrado representa nuestra bandera y pidamos, como argentinos y católicos, la gracia de ser fieles, hasta la muerte de cruz, a nuestra insignia nacional, el manto de la Virgen de Luján, mato que nos señala nuestro destino final, el Reino de los cielos, en donde reina para siempre Nuestro Señor Jesucristo.

viernes, 24 de mayo de 2013

El 25 de Mayo debe amanecer como un día sagrado porque refleja la Voluntad divina sobre nuestra Patria Argentina



         Si no se revisan las fuentes históricas relativas a los testigos presenciales de los acontecimientos de Mayo de 1810, la fecha patria puede ser –como de hecho lo es, año a año- desvirtuada, debido a que cada generación interpreta los hechos del pasado de acuerdo a la idea-fuerza que domine en el momento presente. Así, en nuestro tiempo, la idea-fuerza que predomina es la del relativismo, error filosófico según el cual no hay una verdad absoluta y la verdad que se impone es aquella que se construye según el consenso. Ahora bien, el relativismo da paso al “revisionismo histórico” el cual mira los hechos del pasado con la lupa de la ideología de turno. De esa manera, el hecho histórico inicial y primordial –en este caso, el 25 de Mayo de 1810- queda enmascarado, oculto, distorsionado y deformado por la visión miope de la ideología predominante –una ideología es miope por definición- y termina por ser presentado a las nuevas generaciones de un modo tan grotesco, que en nada se parece al hecho original.
         Deformado por la lupa ideológica, que aumenta la magnitud de circunstancias ocasionales mientras que disminuye aquello que es la esencia, el 25 de Mayo llega a las nuevas generaciones en su versión “siglo XXI”: el pueblo quería “saber de qué se trataba”, los patriotas repartían escarapelas y llovía en Buenas Aires el día en que el Cabildo decidió que íbamos a ser independientes, comenzando a gobernar la Primera Junta. En el imaginario popular, no hay nada más que esto. El agravante, en nuestros días, es que la fiesta patria ha sido convertida en mitin político y en propaganda de política partidaria.
         ¿Cuál fue el “hecho original” en el 25 de Mayo? Para saberlo, es necesario citar a testigos presenciales, como por ejemplo, el Padre Castañeda, quien afirma sin medias tintas que “el 25 de Mayo fue obra de Dios y no nuestra”[1], es decir, obra de Dios y no de los argentinos. Según el Padre Castañeda, fue Dios quien quiso que nuestra Patria se independizara –desde el punto de vista político y no cultural o religioso- de España y asumiera en su pueblo su destino de nueva Nación. En otras palabras, fue Dios quien quiso que fuéramos independientes y esta Voluntad divina suya se manifiesta en signos providenciales, como el hecho de que, a pesar de ser llamado “Revolución de Mayo”, no hubo tal cosa, al menos en el sentido de las modernas revoluciones, en donde la codicia, la traición, la mentira y el engaño provocan derramamientos de sangre, y nada de eso hubo en esta gloriosa fecha patria; otro signo providencial fue que, como lo señala el P. Castañeda, en esta fecha la naciente Patria Argentina, a la vez que se constituye como independiente entre las naciones, conserva sin embargo la fidelidad noble y honrosa a España, es decir, no hubo doblez ni traición en los patriotas de Mayo: “el día 25 de Mayo es el padrón y monumento eterno de nuestra heroica fidelidad a Fernando VII; es también el origen y el principio de nuestra absoluta independencia política; es el fin de nuestra servidumbre”[2].
Otro signo de la Divina Providencia, en el que se ve la Voluntad de Dios sobre nuestra Patria, es el hecho de que la Patria haya nacido a la sombra de la Cruz de Cristo y que su Enseña Nacional lleve los colores del Manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción. Fue Dios quien quiso que fuéramos Nación soberana y que nos identificáramos, desde el instante mismo del nacimiento, con la religión católica, la Cruz de Cristo y el Manto de la Madre de Dios. Es de la esencia de la argentinidad el pertenecer a la Iglesia Católica; ser católica, para nuestra Patria Argentina, no es algo que le viene añadido o impuesto desde afuera, como algo extrínseco y extraño a ella: está en su mismo ser constitutivo, está en sus entrañas, y a tal punto, que despojarla de su religión católica es despojarla de su mismo ser. Que Argentina deje de ser católica, es reemplazar la Argentina querida por Dios al hacerla nacer así, por otra Argentina distinta, irreconocible. Es esto lo que el Padre Castañeda quiere decir cuando dice que “el 25 de Mayo es obra de Dios y no nuestra”, obra de Dios y no de los argentinos.
         Ahora bien, si Dios quiso este nacimiento privilegiado para una Nación, es porque tiene un destino igualmente privilegiado para esa Nación, puesto que Dios no hace nada en vano. ¿Cuál es ese destino privilegiado? El destino de eternidad en los cielos.
         La Argentina que nació el 25 de Mayo de 1810 es la Argentina de la Cruz de Cristo y del Manto celeste y blanco de la Inmaculada Virgen de Luján. Esa y no otra es la Argentina “obra de Dios”, la que tiene un destino de feliz eternidad.
Y porque la Patria nació por obra de Dios y no de los argentinos, es que “(...) el día Veinticinco de Mayo es (un día) solemne, sagrado, augusto y patrio...”, como dice el Padre Castañeda. Y porque es obra de Dios y no de los argentinos, no es un día más, que quedará en el olvido, sino que “perpetuará nuestras glorias: “(el 25 de Mayo) Es y será siempre un día memorable y santo, que ha de amanecer cada año para perpetuar nuestras glorias, nuestro consuelo y nuestras felicidades”, y por eso debemos postrarnos ante el altar de Dios para agradecerle su infinita misericordia: “...en este día, todos con entusiasmo divino, llenos de piedad, humanidad y religión, debemos postrarnos delante de los altares, confesando a voces el ningún mérito que ha precedido en nosotros a tantas misericordias”[3].



[1] Cfr. Guillermo Furlong, Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la Patria naciente, Ediciones Castañeda, 1994, 381-382.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem

martes, 7 de mayo de 2013

Nuestra Señora de Luján y el destino de eternidad de la Nación Argentina



         Es una verdad por todos conocida que la imagen de la Virgen de Luján está estrechamente relacionada a la Nación Argentina. Todos sabemos cómo fue el milagro por el cual la imagen sagrada se quedó en su lugar actual: la carreta que la transportaba se quedó inmovilizada, sin que hubiera poder humano que hiciera mover a los bueyes que la tiraban, hasta que descargaron el baúl en el que se encontraba la imagen de la Virgen; ésa fue la señal, interpretada por todos como venida directamente del cielo, de que la imagen de la Virgen quería quedarse en ese lugar.
         De esta manera, con el milagro de la carreta, la Madre de Dios demostraba su voluntad de quedarse en las tierras que luego se llamarían “República Argentina” y que llevaría como signo distintivo nacional los colores celeste y blanco de su manto.
         Conociendo la historia de la presencia de la Virgen en nuestra Patria, cometeríamos un grave error si redujéramos los hechos a la categoría de “evento histórico-cultural”, como si la intención de la Virgen fuera el agregar a nuestra Nación una curiosidad ubicada en los cimientos mismos de la nacionalidad. Si redujéramos el episodio de la carreta de bueyes a su mera realización histórica, y la enmarcáramos en el estrecho límite de la cultura nacional, entonces todo se reduciría una anécdota “fundacional”, puesto que el hecho se produce antes de la fundación de Argentina como Nación, pero nada más. La presencia de la Virgen de Luján sería algo que pasó en la historia –hecho verídico, comprobado por testigos veraces y verídicos- y quedaría integrado en el “alma argentina” como elemento fundacional del ser cultural argentino, pero nada más. No habría ningún otro tipo de trascendencia, porque todo quedaría reducido al plano histórico-cultural.
Sin embargo, no podemos cometer este error, puesto que las intenciones de la Virgen, al elegir nuestra Nación para quedarse entre nosotros, trasciende todo lo que nuestra limitada naturaleza humana pueda siquiera imaginar.



Por lo pronto, el hecho de que Argentina posea, como emblema nacional, una bandera que lleva los colores de su manto, que son los colores de la Inmaculada Concepción, es un indicativo de que la Virgen en persona, por indicación de la Santísima Trinidad, ha querido que la Nación Argentina se identifique con los colores de su manto, porque el acto de Manuel Belgrano, de inspirarse en el manto de la Virgen de Luján, “de quien era devoto”, como declaró su hermano, el Sargento Manuel Cabral, para dotar con sus colores a la enseña nacional, como gesto de devoción a la Virgen, es un acto de profunda devoción mariana, y como toda devoción mariana, no surge de sí mismo, sino que es un deseo puesto en su corazón de patriota por la misma Virgen en Persona. En otras palabras, la Argentina lleva los colores celeste y blanco en su Bandera Nacional por deseo expreso de la Virgen María, que es quien inspira este deseo a Manuel Belgrano, y como el prócer era ferviente devoto de la Virgen, accede a este pedido suyo. Este hecho indica también, al igual que el episodio de la carreta, el deseo de la Virgen María no solo de quedarse entre los argentinos, sino que los argentinos se identifiquen, en cuanto tales, con su manto celeste y blanco, y eso es lo que ocurre desde la creación de la Bandera Nacional, desde el momento en que sus colores no son elegidos al azar, sino que son una copia y extensión del manto de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Luján.
Por otra parte, en las recientes apariciones en San Nicolás –apariciones aprobadas oficialmente por la Iglesia-, la Virgen en sus mensajes confirma este destino de predilección de Argentina. Entre otros muchos mensajes dirigidos a la Nación Argentina, dice: “(…) Esta tierra es tierra santa, la Gracia del Señor se palpa y se recibe a cada instante; tierra bendita, donde la Madre quiere morar para poder aguardar allí, la llegada de sus hijos. Amén. Amén”[1]. “Hija mía: Desde tu patria, el Señor está haciendo nacer en el cristiano, un nuevo cristiano. Desde tu patria, estoy posando mis manos sobre todos mis hijos. Sí, hija, desde aquí todos los pueblos me conocerán y sabrán que renovar el corazón, es desear que el Señor viva en el corazón. Aleluia”[2]. “Desde hora temprana vengo hablando a mis hijos. He hablado en Fátima, he hablado en Lourdes y hoy estoy aquí. ¿Qué esperan mis hijos? Deben comenzar ya, a no dudar de la Madre y a aferrarse a la Madre. Que haya en los corazones, deseos de purificación y una creciente y constante entrega al Señor. Gloria al Eterno”[3]. “(…) En este pueblo, se ha posado María; desde este pueblo, rescatará almas María para el Salvador de las almas. Gloria a Dios”[4]. “No todo está destruido, el Señor ha fijado una meta, ha puesto sus ojos en un determinado lugar; esta tierra es la elegida por Él, aquí nacerán nuevos sarmientos para Su Viña. Aquí el Señor ha sembrado Amor, aquí quiere recoger amor. No se retirará Él de sus hijos. Bendito sea por siempre el Señor”[5]. “(…) Veo una nube celeste que cubre todo el Campito. En la Santa Misa del Campito, siento Su voz que me dice: “Es mi Manto que protege a tu pueblo[6]. “(…) Agrega: “Mi día está cercano, ese día en que Yo habitaré entre vosotros y ocuparé mi lugar. SOY PATRONA DE VOSOTROS, DE TU PUEBLO[7]. De lo que se desprende de los mensajes, entre otras cosas, es que la Virgen confirma, con sus apariciones en San Nicolás, la intención del milagro de Luján: quedarse en nuestra Patria Argentina para bendecirla con su presencia.
Por todo esto, podemos decir que el hecho de que nuestra Patria Argentina lleve en su Bandera Nacional los colores celeste y blanco del manto de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Luján; que se haya querido quedar aquí y bendecirnos con su Presencia maternal, y que haya elegido a la Argentina para rescatar almas para Dios, no es ni puede ser nunca una mera anécdota histórico-cultural: la Virgen ha elegido a la Nación Argentina para darle el triunfo sobre sus enemigos, “las potestades de los cielos” (cfr. Ef 6, 12), y así conducirla, victoriosa, al Reino de su Hijo Jesús. La conmemoración de la Virgen de Luján debe llevar entonces a los argentinos a reavivar espiritualmente el destino de eternidad en el Reino de los cielos hacia el cual nos conduce  la Madre de Dios, la Virgen de Luján.
        



[1] Mensaje 922, 17-7-86.
[2] Mensaje 1061, 31-12-86.
[3] Mensaje 1190, 26-7-87.
[4] Mensaje 1281, 20-10-87.
[5] Mensaje 1283, 13-11-87.
[6] Mensaje 1144, 5-4-87.
[7] Mensaje 27, 4-12-83.

lunes, 20 de junio de 2011

La Bandera Argentina es el Manto de la Inmaculada Virgen de Luján



Ven, Purísima Concepción, Señora Dueña de la Argentina, y Defiende a tus hijos de los ataques del maligno, cubriéndolos con tu Manto celeste y blanco.
Ven, Madre nuestra, Reconquista los corazones de los habitantes de esta tierra Argentina, que te pertenece desde sus inicios.
Ven, Virgen Santísima, Inmaculada Concepción, y planta tu real insignia, tu Manto celeste y blanco, en las almas de tus hijos argentinos.
Ven, Madre de Dios, Virgen de Luján, y derriba las banderas idolátricas que ensombrecen el horizonte de la Nación, y enarbola los colores celeste y blanco de tu Manto de Purísima Concepción.
Ven Estrella Purísima de la mañana, Tú que anuncias la llegada del Nuevo Día y del Sol de justicia, Tu Hijo Jesucristo, y disipa las tinieblas que cubren nuestra Patria.
Ven, Virgen Purísima de Luján, defiéndenos del Maligno, cubre a tus hijos con tu Manto celeste y blanco, y condúcenos a la Patria celestial, el seno de Dios Trinidad.
Las banderas nacionales son un reflejo del pensamiento y del sentimiento de un pueblo, pero también representan lo más característico de una nación. En la bandera nacional está representado y simbolizado el ser más auténtico y profundo de toda una nación, y por esto mismo, porque representa al ser nacional, todo el pueblo se siente representado y reflejado en esa bandera. En la bandera nacional se aglutinan y condensan las vivencias más significativas e importantes de la nación, aquellas que dieron origen a su ser nacional, las que forjaron y fraguaron el ser de la nación, en los inicios históricos de la existencia de un pueblo.
Todas las naciones surgieron por un hecho histórico trascendente –o también, por una serie de hechos históricos-, el cual queda plasmado en la insignia nacional, de modo tal que las generaciones sucesivas, al contemplarla, traigan a la memoria la gesta del pasado, de la cual nacieron, y con sus corazones honren y veneren en el presente a la Patria a la que pertenecen, y juren defenderla con sus vidas hasta el fin.
Una bandera nacional, entonces, no es nunca un símbolo vacío, sino un símbolo cargado de riqueza histórica y de valores trascendentes, que despiertan en el hombre sus sentimientos más nobles y profundos.
Muchos han dado sus vidas por sus banderas, no por el lienzo, obviamente, sino porque sus colores y sus figuras representan la génesis, el presente y el futuro del ser nacional, y en ellos están representados elevados valores humanos y los hechos históricos que originaron a la nación.
Así, en la bandera de EE.UU., por ejemplo, “el blanco simboliza su color de piel e inocencia, el rojo sangre y valor, y el azul el cielo, perseverancia y justicia” (…) La bandera de Estados Unidos de América consta de trece barras horizontales, siete rojas y seis blancas, y un rectángulo azul en el cantón con cincuenta estrellas blancas. Las barras representan a las trece colonias originales que se independizaron del Reino Unido y las estrellas a los estados que forman la Unión”[1].
Cuando leemos acerca de la bandera de México, se lee lo siguiente: “El Escudo Nacional de México (…) consiste en un águila real devorando a una serpiente (…) está basado en la leyenda azteca que cuenta cómo su pueblo vagó por cientos de años en el territorio mexicano buscando la señal indicada por sus dioses para fundar la ciudad de Tenochtitlán (la actual Ciudad de México), donde vieran a un águila devorando a una serpiente”[2].
En el primer caso, la bandera destaca las virtudes, además del cielo cosmológico, y están representadas las colonias que iniciaron la independencia; en el segundo caso, una leyenda inmemorial, según la cual los dioses señalarían el lugar de la fundación de la ciudad emblemática de la nación, que debía ser en donde encontraran a un águila devorando una serpiente.
Virtudes humanas en un caso, leyenda mitológica pre-hispana, en el segundo.
En el caso de la Bandera Argentina, no hay nada de esto, sino algo infinitamente más sublime.
Abundantes pruebas historiográficas, demuestran que la Bandera Argentina, creada por el General Manuel Belgrano, lleva los colores del manto de la Inmaculada Virgen de Luján, de quien Belgrano era ferviente devoto.
Como antecedente a la creación mariana de la Bandera Nacional, existen una serie de datos históricos que avalan esta tesis, según el historiador Vicente Sierra[3], de quien tomamos la siguiente recopilación:
“Cuando el rey Carlos III consagró España y las Indias a la Inmaculada en 1761, y proclamó a la Virgen principal Patrona de sus reinos; creó también la Orden Real de su nombre, cuyos caballeros recibían, como condecoración, el medallón esmaltado con la imagen azul y blanca de la Inmaculada, pendiente al cuello de una cinta de tres franjas: blanca en el medio, y azules a los costados.
El artículo 40 de los estatutos de la Orden, retomados en 1804, dice: ‘Las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales de color azul celeste”[4].
Según este dato, entonces, ya desde la época del rey Carlos III, tanto España como las Indias, estaban consagradas a la Virgen, en cuyo honor se crea la Orden Real de la Inmaculada, que lleva los colores azul y blanco.
Avanzando un poco más en el tiempo, Sierra trae un dato tomado de Bartolomé Mitre: “Mitre dijo que los colores nacionales blanco y azul celeste pudieron ser adoptados ‘en señal de fidelidad al rey de España, Carlos IV, que usaba la banda celeste de la Orden de Carlos III, como puede verse en sus retratos al óleo… La cruz de esta orden es esmaltada de blanco y celeste, colores de la Inmaculada Concepción de la Virgen, según el simbolismo de la Iglesia’. El artículo IV de los estatutos de dicha orden, decretados en 1804, dice: ‘Las insignias… serán una banda de seda ancha dividida en tres fajas iguales, la del centro blanca, y las dos laterales de color azul celeste’. Augusto Fernández Díaz recuerda que, cuando en el último ensayo de gobierno republicano en España, se acordó cambiar la bandera rojo y gualda por otra de tres franjas: rojo, gualda y morado, Miguel de Unamuno, entonces diputado, dijo: ‘…Bandera monárquica podríais acaso llamar a la celeste y blanca de los Borbones de la casa española, cuyos colores son también los de la República Argentina y los de la Purísima Concepción”[5].
Otro antecedente mariano de la Bandera Nacional como signo distintivo de Argentina, aparece en la Reconquista de Buenos Aires, en donde las tropas patriotas se identifican con la imagen de la Inmaculada Concepción. Dice así otro historiador, Aníbal Rottjer:
“Si bien la escarapela azul y blanca no se usó en 1810, y sólo aparece al año siguiente, como distintivo de la Sociedad Patriótica; sus colores habían adquirido una especial significación, por haberlos usado los voluntarios que prepararon la Reconquista, y que, reunidos en Luján, combatieron luego en la Chacra de Perdriel. Las crónicas de Luján nos hablan del ‘Real pendón de la Villa de Nuestra Señora, bordado en 1760 por las monjas catalinas de Buenos Aires. En él había dos escudos: uno con las armas del rey y otro con la imagen de la Pura y Limpia Concepción de María Santísima, singular patrona y fundadora de la villa’. El Cabildo de Luján entregó este estandarte a las tropas de Pueyrredón, ‘como su mejor contribución para el servicio y la defensa de la Patria’. Después de implorar el auxilio de la Virgen, y usando, como distintivo de reconocimiento, los colores de su imagen, por medio de dos cintas anudadas al cuello, una azul y otra blanca, y que llaman de la medida de la Virgen, porque cada una medía 38 centímetros, que era la altura de la imagen de la Virgen de Luján; los 300 soldados improvisados se lanzan al ataque contra 700 veteranos de Beresford, y mueren en la acción tres argentinos y veinte británicos.
Los dispersos se unen más tarde a las fuerzas de Liniers, y obtienen, días después, la victoria definitiva, que se atribuyó oficialmente a la intervención de la Virgen María, como consta en las actas del Cabildo de 1806.
Estos colores los conservaron los húsares de Pueyrredón en la Defensa, durante las jornadas de julio de 1807”[6].
Como se puede ver claramente, los patriotas argentinos, que se levantan en armas para combatir al invasor inglés, se identifican con los colores celeste y blanco y con la imagen de la Inmaculada Concepción.
Tal es la identificación de con la Madre de Dios, y con los colores de su manto, que el Coronel Domingo French, en una proclama en Luján, el 25 de septiembre de 1812, dice así: “¡Soldados! Somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen. Jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. …Al que faltare a su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden”[7].
Continúa aportando datos históricos Aníbal Rottjer, relativos a los reyes de España, y también al General Belgrano, que muestran la devoción a la Inmaculada Concepción: “Carlos III, Carlos IV y Fernando VII vestían sobre el pecho la banda azul y blanca con el camafeo de la Inmaculada, y el manto real lucía estos mismos colores, como puede observarse en los retratos que adornan los salones del escorial y el palacio de Oriente en Madrid, donde se custodian también las condecoraciones con la cruz esmaltada en blanco y celeste.
Pueyrredón y Azcuénaga los usaron, como caballeros de esa Orden, y Belgrano, como congregante mariano en las universidades de Salamanca y de Valladolid. Ya hemos referido en otro lugar que Belgrano, al recibirse de abogado, juró ‘defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas’, y que, al ser nombrado secretario del Consulado, declaró en el acta fundamental de la institución que la ponía ‘bajo la protección de Dios’ y elegía ‘como Patrona a la Inmaculada Virgen María’, cuyos colores, azul y blanco, colocó en el escudo que ostentaba el frente del edificio”[8].
Otro historiador, el P. Guillermo Furlong, profundiza en la devoción mariana del General Belgrano, y la relaciona con la creación de la insignia nacional: “…al fundarse el Consulado en 1794, q1uiso Belgrano que su patrona fuese la Inmaculada Concepción y que, por esta causa, la bandera de dicha institución monárquica constara de los colores azul y blanco. Al fundar Belgrano en 1812 el pabellón nacional, ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones diversas de las que tuvo en 1794? El Padre Salvaire no conocía estos curiosos datos y, sin embargo, confirma nuestra opinión al afirmar que ‘con indecible emoción cuentan no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria, los colores blanco y azul celeste, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto’”[9].
El P. Salvaire también da testimonio de la devoción mariana del General Belgrano, en particular a la advocación de la Virgen de Luján, como antecedentes inmediatos a su particular elección de los colores de la Bandera Nacional: “Al emprender la marcha (hacia el Paraguay) pasa (Belgrano) por la Villa de Nuestra Señora de Luján donde se detiene para satisfacer el deseo que le anima de poner su nueva carrera y las grandes empresas que idea su mente, bajo la protección de la milagrosa Virgen de Luján. Manda, al efecto, celebrar en ese Santuario una solemne misa en honor de la Virgen a la que asiste personalmente, a la cabeza del Ejército de su mando, y robusteciendo su corazón con el cumplimiento de este acto religioso, prosigue lleno de fe y de esperanza el camino que le trazara el deber y el honor”[10].
El historiador Eizaguirre nos brinda los testimonios de un cabildante de Luján, y del hermano de Belgrano, que confirman que la creación de la Bandera Nacional fue un acto de devoción mariana y de amor a la Purísima Concepción de la Virgen: “José Lino Gamboa, antiguo cabildante de Luján, juntamente con Carlos Belgrano, hermano del General, afirmó que: ‘Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la bandera patria, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto por haberse amparado a su Santuario de Luján’”[11].
Por último, en el mismo sentido, Aníbal Rottjer: “El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante militar de Luján y presidente de su Cabildo, dijo: ‘Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto’. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según lo aseveran afamados historiadores”[12].
De esta manera, vemos cómo nuestra enseña nacional, al llevar los colores de la Inmaculada Concepción, representa mucho más que valores humanos, o que leyendas mitológicas: representa nuestro ser nacional, cristiano y mariano. Al ver la Bandera, vemos el Manto de la Inmaculada de Luján, y así, ser argentinos y ser marianos, ser patriotas y ser hijos de la Virgen, es para nosotros una misma y única cosa.
Debido entonces a que la Virgen María, en su advocación de Inmaculada Concepción, y de Virgen de Luján es, comprobadamente, la Patrona y Dueña de estas tierras argentinas, ya que nuestra Nación se identifica con los colores de su Manto, a Ella, la Virgen de Luján, nuestra Madre del cielo, de quien orgullosos llevamos su Manto, que hemos tomado como enseña Patria, le decimos:
Ven, Purísima Concepción, Señora Dueña de la Argentina, y Defiende a tus hijos de los ataques del maligno, cubriéndolos con tu Manto celeste y blanco.
Ven, Madre nuestra, Reconquista los corazones de los habitantes de esta tierra Argentina, que te pertenece desde sus inicios.
Ven, Virgen Santísima, Inmaculada Concepción, y planta tu real insignia, tu Manto celeste y blanco, en las almas de tus hijos argentinos.
Ven, Madre de Dios, Virgen de Luján, y derriba las banderas idolátricas que ensombrecen el horizonte de la Nación, y enarbola los colores celeste y blanco de tu Manto de Purísima Concepción.
Ven Estrella Purísima de la mañana, Tú que anuncias la llegada del Nuevo Día y del Sol de justicia, Tu Hijo Jesucristo, y disipa las tinieblas que cubren nuestra Patria.
Ven, Virgen Purísima de Luján, defiéndenos del Maligno, cubre a tus hijos con tu Manto celeste y blanco, y condúcenos a la Patria celestial, el seno de Dios Trinidad.



[3] Sierra, V., Historia de la Argentina, Ediciones Garriga Argentina, Tomo V, 1962, L. III, cap. II.
[4] Cfr. Rottjer, A., El general Manuel Belgrano, Ediciones Don Bosco, Buenos Aires 1970, 62.
[5] Cfr. Sierra, o. c.
[6] Cfr. Rottjer, o. c., 61-62.
[7] Proclama del Coronel Domingo French, pronunciada en Luján el 25 de septiembre de 1812; en P. Salvaire, J. M., Historia de Nuestra Señora de Luján, Tomo II, 1885, 268ss.
[8] Cfr. Rottjer, o. c., 62-63.
[9] Furlong, G., Belgrano, el Santo de la espada y de la pluma, Club de Lectores, Buenos Aires 1974, 35-36.
[10] Salvaire, o. c., 262-263.
[11] Eizaguirre, J. M., La Bandera Argentina, Peuser, Buenos Aires 1900, 43.
[12] Rottjer, ibidem, 66.