Nuestra Señora de Malvinas
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martes, 7 de mayo de 2013

Nuestra Señora de Luján y el destino de eternidad de la Nación Argentina



         Es una verdad por todos conocida que la imagen de la Virgen de Luján está estrechamente relacionada a la Nación Argentina. Todos sabemos cómo fue el milagro por el cual la imagen sagrada se quedó en su lugar actual: la carreta que la transportaba se quedó inmovilizada, sin que hubiera poder humano que hiciera mover a los bueyes que la tiraban, hasta que descargaron el baúl en el que se encontraba la imagen de la Virgen; ésa fue la señal, interpretada por todos como venida directamente del cielo, de que la imagen de la Virgen quería quedarse en ese lugar.
         De esta manera, con el milagro de la carreta, la Madre de Dios demostraba su voluntad de quedarse en las tierras que luego se llamarían “República Argentina” y que llevaría como signo distintivo nacional los colores celeste y blanco de su manto.
         Conociendo la historia de la presencia de la Virgen en nuestra Patria, cometeríamos un grave error si redujéramos los hechos a la categoría de “evento histórico-cultural”, como si la intención de la Virgen fuera el agregar a nuestra Nación una curiosidad ubicada en los cimientos mismos de la nacionalidad. Si redujéramos el episodio de la carreta de bueyes a su mera realización histórica, y la enmarcáramos en el estrecho límite de la cultura nacional, entonces todo se reduciría una anécdota “fundacional”, puesto que el hecho se produce antes de la fundación de Argentina como Nación, pero nada más. La presencia de la Virgen de Luján sería algo que pasó en la historia –hecho verídico, comprobado por testigos veraces y verídicos- y quedaría integrado en el “alma argentina” como elemento fundacional del ser cultural argentino, pero nada más. No habría ningún otro tipo de trascendencia, porque todo quedaría reducido al plano histórico-cultural.
Sin embargo, no podemos cometer este error, puesto que las intenciones de la Virgen, al elegir nuestra Nación para quedarse entre nosotros, trasciende todo lo que nuestra limitada naturaleza humana pueda siquiera imaginar.



Por lo pronto, el hecho de que Argentina posea, como emblema nacional, una bandera que lleva los colores de su manto, que son los colores de la Inmaculada Concepción, es un indicativo de que la Virgen en persona, por indicación de la Santísima Trinidad, ha querido que la Nación Argentina se identifique con los colores de su manto, porque el acto de Manuel Belgrano, de inspirarse en el manto de la Virgen de Luján, “de quien era devoto”, como declaró su hermano, el Sargento Manuel Cabral, para dotar con sus colores a la enseña nacional, como gesto de devoción a la Virgen, es un acto de profunda devoción mariana, y como toda devoción mariana, no surge de sí mismo, sino que es un deseo puesto en su corazón de patriota por la misma Virgen en Persona. En otras palabras, la Argentina lleva los colores celeste y blanco en su Bandera Nacional por deseo expreso de la Virgen María, que es quien inspira este deseo a Manuel Belgrano, y como el prócer era ferviente devoto de la Virgen, accede a este pedido suyo. Este hecho indica también, al igual que el episodio de la carreta, el deseo de la Virgen María no solo de quedarse entre los argentinos, sino que los argentinos se identifiquen, en cuanto tales, con su manto celeste y blanco, y eso es lo que ocurre desde la creación de la Bandera Nacional, desde el momento en que sus colores no son elegidos al azar, sino que son una copia y extensión del manto de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Luján.
Por otra parte, en las recientes apariciones en San Nicolás –apariciones aprobadas oficialmente por la Iglesia-, la Virgen en sus mensajes confirma este destino de predilección de Argentina. Entre otros muchos mensajes dirigidos a la Nación Argentina, dice: “(…) Esta tierra es tierra santa, la Gracia del Señor se palpa y se recibe a cada instante; tierra bendita, donde la Madre quiere morar para poder aguardar allí, la llegada de sus hijos. Amén. Amén”[1]. “Hija mía: Desde tu patria, el Señor está haciendo nacer en el cristiano, un nuevo cristiano. Desde tu patria, estoy posando mis manos sobre todos mis hijos. Sí, hija, desde aquí todos los pueblos me conocerán y sabrán que renovar el corazón, es desear que el Señor viva en el corazón. Aleluia”[2]. “Desde hora temprana vengo hablando a mis hijos. He hablado en Fátima, he hablado en Lourdes y hoy estoy aquí. ¿Qué esperan mis hijos? Deben comenzar ya, a no dudar de la Madre y a aferrarse a la Madre. Que haya en los corazones, deseos de purificación y una creciente y constante entrega al Señor. Gloria al Eterno”[3]. “(…) En este pueblo, se ha posado María; desde este pueblo, rescatará almas María para el Salvador de las almas. Gloria a Dios”[4]. “No todo está destruido, el Señor ha fijado una meta, ha puesto sus ojos en un determinado lugar; esta tierra es la elegida por Él, aquí nacerán nuevos sarmientos para Su Viña. Aquí el Señor ha sembrado Amor, aquí quiere recoger amor. No se retirará Él de sus hijos. Bendito sea por siempre el Señor”[5]. “(…) Veo una nube celeste que cubre todo el Campito. En la Santa Misa del Campito, siento Su voz que me dice: “Es mi Manto que protege a tu pueblo”[6]. “(…) Agrega: “Mi día está cercano, ese día en que Yo habitaré entre vosotros y ocuparé mi lugar. SOY PATRONA DE VOSOTROS, DE TU PUEBLO”[7]. De lo que se desprende de los mensajes, entre otras cosas, es que la Virgen confirma, con sus apariciones en San Nicolás, la intención del milagro de Luján: quedarse en nuestra Patria Argentina para bendecirla con su presencia.
Por todo esto, podemos decir que el hecho de que nuestra Patria Argentina lleve en su Bandera Nacional los colores celeste y blanco del manto de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Luján; que se haya querido quedar aquí y bendecirnos con su Presencia maternal, y que haya elegido a la Argentina para rescatar almas para Dios, no es ni puede ser nunca una mera anécdota histórico-cultural: la Virgen ha elegido a la Nación Argentina para darle el triunfo sobre sus enemigos, “las potestades de los cielos” (cfr. Ef 6, 12), y así conducirla, victoriosa, al Reino de su Hijo Jesús. La conmemoración de la Virgen de Luján debe llevar entonces a los argentinos a reavivar espiritualmente el destino de eternidad en el Reino de los cielos hacia el cual nos conduce  la Madre de Dios, la Virgen de Luján.
        



[1] Mensaje 922, 17-7-86.
[2] Mensaje 1061, 31-12-86.
[3] Mensaje 1190, 26-7-87.
[4] Mensaje 1281, 20-10-87.
[5] Mensaje 1283, 13-11-87.
[6] Mensaje 1144, 5-4-87.
[7] Mensaje 27, 4-12-83.

domingo, 8 de mayo de 2011

La Virgen de Luján, Madre, Patrona y Dueña de la Patria Argentina



Virgen de Luján,
Madre, Patrona y Dueña
de la Patria Argentina,
sacude los corazones
de tus hijos argentinos,
que se han extraviado
por el materialismo
y las ideologías sin-Dios;
llámalos, Madre de Luján,
y llévalos
desde el Puerto de Santa María,
de los Buenos Aires,
Tu Inmaculado Corazón,
a la Ciudad de la Santísima Trinidad. Amén.


"Carretera madrugadora
Siga camino a Sumampa:
Siga, que Nuestra Señora
Quiere quedarse en mi Pampa
Cielito y cielo Argentino,
Cielito que la corona,
Cielito del peregrino
Y la Virgen, su Patrona".
(Miguel A. Etcheverrigaray)
Pocas naciones en el mundo tienen el privilegio de la Nación Argentina, el de haber sido elegidas, por la Madre de Dios, para quedarse en su suelo. Un hermoso prodigio dio origen a su estadía en nuestro suelo patrio: la carreta tirada por bueyes, en donde se encontraba la imagen, no se movió hasta que no quitaron de su interior la imagen de la Madre de Dios que luego sería venerada como “Nuestra Señora de Luján” [1]. El prodigio fue un claro signo de que la Virgen quería quedarse en la Patria, y quería ser venerada en ese lugar por todos los argentinos.
De esta manera, nuestra Patria se vio honrada, al ser elegida por la Madre de Dios para ser su patrona.
Desde entonces, la Virgen de Luján presidió todos los grandes acontecimientos de la patria, fue proclamada Generala y recibió los bastones de mando de numerosos próceres argentinos, como San Martín, Belgrano, Güemes, Lamadrid, Pueyrredón, y fue invocada por los soldados héroes de Malvinas, y por millones de argentinos, civiles y militares, que forjaron la Argentina.
Se trata por lo tanto de una imagen plena de historia y de significado, en donde la historia de la Argentina como Nación, y de cada argentino como patriota, encuentra su sentido y su significado: bajo su manto, bajo su mirada maternal, bajo su protección de Madre celestial, nacieron, vivieron y murieron generaciones y generaciones de argentinos, quienes gracias a su intercesión misericordiosa, gozan ahora de la beatitud eterna, la contemplación alegre y extática de las Tres Divinas Personas.
Pero hay otro privilegio, que viene de la mano de este prodigio realizado por la Madre de Dios para quedarse en nuestra Patria y ser su Patrona y Dueña, y es el de su manto, que lleva los colores de la Inmaculada Concepción, pues de ese manto bendito, surgió nuestra enseña nacional, nuestra gloriosa Bandera Argentina.
El general Don Manuel Belgrano, a la hora sublime de crear la bandera de la nueva nación, eligió los colores celeste y blanco, pero no por capricho, ni al azar, ni para recordar el cielo cosmológico, sino para honrar a la Purísima Concepción de María, de quien era ferviente devoto.
Éste es el otro privilegio que tiene nuestra Patria, no compartido por ninguna otra nación de la tierra, y es el de llevar, gloriosamente, en su bandera, los colores del manto de la Inmaculada Concepción. Así lo quiso el General Manuel Belgrano, al elegir los colores de la Bandera Nacional: quiso que llevara los colores de la Inmaculada Concepción, a quien amaba, veneraba y honraba desde su niñez. Desde entonces, los argentinos tenemos la dicha de besar la Bandera Nacional, como si estuviéramos besando el Manto de la Virgen de Luján, que es el Manto de la Inmaculada Concepción.
Es por esto que si el Salmo dice: “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor” (cfr. Sal 32), nuestra Patria puede, alegrándose en la Virgen Inmaculada, decir: “Dichosa la Nación cuya Patrona y Dueña es la Madre de Dios”.
Ahora bien, el hecho de que María Virgen sea nuestra Patrona, supone privilegios especiales, no exentos de tribulaciones; aún más, podría decirse que la tribulación es la condición de los hijos de la Virgen, como don del cielo, venido directamente de Dios, que hace participar, a sus hijos adoptivos, de la Gran Tribulación de su Hijo Jesús en la cruz.
Es así como nuestra Patria, bajo el amparo de la Virgen, ha atravesado numerosas tribulaciones, y lo continúa haciendo, en el día de hoy, y podría decirse que la tribulación de este tiempo es la más grande, la más dura, la más dolorosa, de todas las tribulaciones vividas en su historia.
Hoy la Patria se ve acosada, además de sus enemigos naturales, por un enemigo más insidioso, más difícil de detectar, pues no se identifica con extrañas banderas, como en Obligado. El peligro más grande, para la Patria, viene hoy de algunos de sus propios hijos, que no la reconocen mariana, no la reconocen católica, y por lo mismo, no reconocen a la Virgen de Luján como a su Madre, Señora, Dueña y Protectora.
La más grande tribulación la sufre hoy la Patria, no sólo porque botas militares extranjeras mancillan sus amadas Islas Malvinas, sino porque muchos, muchísimos de sus hijos, desconociéndola en su condición de Madre de los argentinos, se han olvidado de su Hijo, lo han rechazado, y han abrazado el culto a los modernos ídolos neo-paganos, el poder, la fama, la gloria mundana, la violencia, la ideología de los sin Dios, y se dirigen, inconscientes y ciegos, al abismo de la eterna condenación.
Ante las negras tinieblas del indigenismo, del materialismo, del liberalismo, del comunismo, del neo-paganismo, que se han abatido sobre el límpido cielo patrio, no nos queda sino elevar un ruego, desde el fondo de nuestra miseria e indignidad, a la Única que puede interceder por la salvación de nuestra Patria, y confiados en Ella, que es la Omnipotencia Suplicante, decimos:
“Madre de Dios, Virgen de Luján, Patrona y Dueña de nuestra Patria, no permitas que se pierdan los argentinos, estos hijos tuyos que se han apartado del luminoso Camino de la Cruz, y han emprendido el tenebroso camino del progresismo y de la ideología materialista, que los conduce al lugar de fuego, donde se pierde toda esperanza.
Madre de Dios, Virgen de Luján, Madre de los argentinos, sacude los corazones de esos tus hijos argentinos, extraviados en las negras tinieblas de la ausencia de Dios, y llámalos, uno a uno, por su nombre, para que vuelvan a cobijarse bajo el amparo de tu Manto celestial, el manto celeste y blanco de tu imagen de Luján; cúbrelos con tu Manto, llévalos en tu regazo, refúgialos en tu Inmaculado Corazón, implora a Tu Hijo por su perdón, y cuando su ira esté ya aplacada, llévalos, desde Tu amable Corazón sin mancha, al Corazón de Jesús.
Madre de Luján, Madre de Dios, Virgen Patrona de los argentinos, haz que cada argentino, nacido en las Pampas, en la Argentina toda, finalice su camino terreno llegue, partiendo desde el Puerto de Santa María de los Buenos Aires, tu Inmaculado Corazón, a la Ciudad de la Santísima Trinidad, la comunión feliz, en el Amor trinitario, con las Tres Divinas Personas. Amén”.



[1] “Desde el Brasil partió la imagencita de la Virgen de Luján, hoy venerada en la Basílica. Los acontecimientos se remontan al siglo XVII, cuando Antonio Farías Saa, un hacendado portugués afincado en Sumampa, le escribió a un amigo suyo de Brasil para que le enviara una imagen de la la Virgen en cuyo honor quería levantar una ermita.
En el año 1630 –probablemente en un día del mes de mayo– una caravana de carretas, salida de Buenos Aires rumbo al norte llevando dos imágenes, las que hoy conocemos como 'de Luján' y 'de Sumampa'. La primera representa a la Inmaculada y la segunda a la Madre de Dios con el niño en los brazos. Inmediatamente ambas imágenes emprendieron un largo viaje en carreta con la intención de llegar hasta Sumampa...
Aquí me quedo, decidió la Virgen
En aquel tiempo, las caravanas acamparon al atardecer. En formación cual pequeño fuerte, se preparaban para defenderse de las incursiones nocturnas de las bestias o los malones de los indios. Luego de una noche sin incidentes, partieron a la mañana temprano para cruzar el río Luján, pero la carreta que llevaba las imágenes no pudo ser movida del lugar, a pesar de haberle puesto otras fuertes yuntas de bueyes. Pensando que el exceso de peso era la causa del contratiempo, descargaron la carreta pero ni aún así la misma se movía. Preguntaron entonces al carretero sobre el contenido del cargamento. "Al fondo hay dos pequeñas imágenes de la Virgen", respondió.
Una intuición sobrenatural llevó entonces a los viajantes a descargar uno de los cajoncitos, pero la carreta quedó en su lugar. Subieron ese cajoncito y bajaron el otro, y los bueyes arrastraron sin dificultad la carreta. Cargaron nuevamente el segundo y nuevamente no había quien la moviera. Repetida la prueba, desapareció la dificultad. Abrieron entonces el cajón y encontraron la imagen de la Virgen Inmaculada que hoy se venera en Luján. Y en el territorio pampeano resonó una palabra que en siglos posteriores continuaría brotando de incontables corazones: ¡Milagro! ¡Milagro!” (Cfr. Fundación Argentina del Mañana).

jueves, 21 de abril de 2011

El temple de los Soldados Argentinos


COMBATE DE RIOBAMBA

21 de Abril de 1822

El 21 de Abril de 1822 en el valle de Riobamba se libró “uno de los más brillantes combates de la caballería de la guerra de la Independencia”.

El general Sucre en su segunda campaña hacia Quito en territorio del actual Ecuador, dispuso un reconocimiento por dos escuadrones, uno de los Dragones de Colombia y otro de los Granaderos a caballo. Éstos marcharon a la cabeza y luego de atravesar el pueblo, se encontraron con toda la caballería realista fuerte de cuatro escuadrones con 420 hombres. Lavalle al frente de sus 96 granaderos sin inmutarse “tuvo la elegante osadía de cargarlos con una intrepidez de que habrá raros ejemplos” según reportó Sucre al general Bolívar.

En el parte que elevó a San Martín, relataba Lavalle:

“El escuadrón que formaba 96 hombres parecía un pelotón respecto de 400 hombres que tenían los enemigos. Ellos esperaron hasta la distancia de quince pasos poco más o menos, cargando también; pero cuando oyeron la voz de a degüello y vieron morir a cuchilladas 3 ó 4 de los más valientes, volvieron caras y huyeron en desorden. La superioridad de sus caballos los sacó por entonces del peligro con pérdida solamente de 12 muertos, y fueron a reunirse al pie de sus masas de infantería….La retirada se hizo al tranco del caballo; cuando el general Tobía, puesto a la cabeza de sus tres escuadrones, los puso a la carga sobre el mío….En efecto: cuando los 400 godos habían llegado a cien pasos de nosotros, mandé volver caras por pelotones y los cargamos por segunda vez; en este nuevo encuentro se sostuvieron con alguna más firmeza que en el primero, y no volvieron caras hasta que vieron morir 2 capitanes que los animaban. En fin, los godos huyeron de nuevo, arrojando al suelo las lanzas y carabinas, y dejando muertos en el campo 4 oficiales y 45 individuos de tropa. 50 Dragones de Colombia que vinieron a reforzar el escuadrón, lo acompañaron en la segunda carga y se condujeron con braveza….El escuadrón perdió 1 granadero muerto y 2 heridos, después de haber batido a un número tan superior de enemigos.” (1)

De este temple son los soldados argentinos. Con ése valor llevaron la libertad a la América del Sur. Con ésa voluntad de servicio y ésa entrega forjaron esta Patria. Por eso podían cantar a toda voz ¡Oh juremos con gloria morir! Somos los herederos de tanta nobleza y valentía. No reneguemos de ése legado.

(1) “Historia de los Granaderos a Caballo”- Isidoro Ruiz Moreno

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cristo en la cruz ha derribado para siempre el odio que enfrentaba a los hermanos

Que la Sangre del Cristo de la Jura de la Independencia
selle la paz de Dios en los corazones de los argentinos

Ante un nuevo aniversario del golpe militar de 1976, que diera origen al engendro nefasto llamado “Proceso militar”, y frente a la percepción de que las causas ideológicas que lo generaron siguen aún vigentes, con el consiguiente daño que se produce a la Patria, cabe reflexionar atentamente, para detener la vorágine de odio y de rencor, de enemistad y de enfrentamiento que cada día envuelve más y más a los argentinos.

Considerando el tema que nos preocupa, es necesario dejar en claro nuestra consigna, que refleja nuestra posición, y nuestra consigna es que no queremos: ni militares golpistas, ni subversivos marxistas; ni triple A, ni Montoneros; ni gobierno democrático corrupto, ni gobierno por golpe militar aún más corrupto; ni izquierda, ni derecha; ni comunismo, ni liberalismo; ni Marx, ni Adam Smith; ni olvido, sin pedir perdón, ni memoria, sin perdonar.

No más golpes de Estado, nunca más; no más guerrilla subversiva, nunca más; no más divisiones entre los argentinos, nunca más; no más enfrentamientos, nunca más; no más rencor, no más odio, nunca, nunca, nunca más.

Queremos una Argentina justa, solidaria, fraterna, sin divisiones ideológicas, sin enfrentamientos, producto de los fantasmas ideológicos maniqueos que consideran, al que no piensa como uno, que el otro es un enemigo al cual hay que eliminar.

No es una utopía pensar que los argentinos podemos dedicarnos, todos juntos, unidos bajo una misma hermandad nacional, a solucionar los graves problemas -de orden económico, moral, espiritual- que aquejan a nuestra Patria, que no son de hoy ni de ayer, sino de siempre.

No es una utopía, pero también es cierto que ninguna ideología, de ningún signo, ni de derecha, ni de izquierda, ni de centro, habrá de traer paz, tranquilidad, prosperidad y unidad a la Nación Argentina.

Ninguna ideología, del signo que sea, unirá en una misma hermandad a los argentinos, porque la ideología, por definición -sea de derecha, de izquierda o de centro-, es sectaria, cainita, disolvente, generadora y perpetuadota de enfrentamientos, puesto que su misma naturaleza maniquea le exige, para sobrevivir, una contraparte “negativa”, a la cual hay que destruir para progresar. Pero, al mismo tiempo que destruye a su contraparte, la ideología debe reconstruirla nuevamente, so pena de quedarse inmóvil y petrificada, y la reconstruye para destruirla nuevamente, repitiendo el proceso hasta el infinito.

La ideología funciona con un perverso mecanismo de tesis-antítesis-síntesis, ya que de lo contrario desaparece, y es por este motivo que es incapaz de traer paz y orden.

La paz volverá a la Argentina, y a todos sus habitantes, no por las ideologías, del signo que sean, sino cuando sea Cristo Dios, Rey pacífico, quien reine en los corazones de los argentinos; la paz llegará a los argentinos cuando sea su gracia la que ilumine nuestras mentes, cuando sea su Ley, la Ley Nueva, la ley de la caridad, la que guíe nuestro obrar.

Esto es posible, porque en Cristo desaparece la Enemistad; en su cruz se da muerte al enfrentamiento entre los hombres; con su cruz y con su Sangre, Cristo derriba el muro de odio que se levanta entre los hombres, impidiendo ver que uno es el hermano del otro, y que los dos son hijos de un mismo Dios.

Al contemplar a Cristo crucificado y resucitado, desaparece del horizonte del hombre el muro de enemistad y de odio cainita que lo enfrentaba a su hermano, a su prójimo, y en Cristo se reconcilia y se hermana, con una fraternidad infinitamente más fuerte que la biológica, porque queda unido a su hermano por la Sangre y el Espíritu de Cristo.

En Cristo, muerto en cruz y resucitado, el hombre encuentra la paz, no la que da el mundo (cfr. Jn 14, 27), que es una paz basada en meros factores externos, sin transformación interior, sino la paz de Dios, una paz que originándose en el Corazón mismo de Cristo Dios se derrama sobre los hombres, en su ser más profundo e interior, disolviendo para siempre, en la beata alegría y en el perdón del Ser divino, el odio ciego que desde Caín se transmite a los hombres.

Que Cristo sea nuestra paz, que Él ha derribado de una vez para siempre al muro de odio que separaba a los hombres, y que ha destruido, con el poder de su Sangre, a la Enemistad, lo dice San Pablo: “Cristo es nuestra paz; Él derribó con la cruz el muro de odio que enfrentaba a los pueblos y dio muerte a la Enemistad” (cfr. Ef 2, 13-14).

Es esta paz, la que brota de Cristo crucificado, el Cristo que gloriosamente preside el Congreso de Tucumán, que nos hizo nacer como Nación, la que queremos para nuestra Patria.

En los orígenes fundacionales del Ser nacional, sobre las entrañas mismas de la Patria Naciente en Tucumán, se derrama la gloriosa Sangre del Hombre-Dios, la Sangre que sella en la paz de Dios los corazones de los hombres.

Es esta paz la que imploramos a la Trinidad, por la intercesión de la Madre de Nuestra Patria, la Virgen de Luján, y por la intercesión del Ángel Custodio de Argentina.