Nuestra Señora de Malvinas
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lunes, 28 de enero de 2019

La Patria tiene una sola Bandera: la Azul y Blanca y no vamos a permitir que nadie pretenda reemplazarla por un trapo rojo


En Tucumán se declaró la Independencia y en Tucumán se derrotó militarmente al marxismo castrista, que pretendía separar a nuestra provincia del resto del País. El glorioso Ejército Argentino derrotó a la subversión marxista. Ahora nos toca combatir al neo-marxismo cultural, que está más vivo y fuerte que nunca. Lo haremos con la ayuda de nuestra celestial protectora, la Patrona y Dueña de la Argentina, Nuestra Señora de Luján, que aplastó la cabeza de la serpiente.

OPERATIVO INDEPENDENCIA

"...a sangre y fuego, por Dios y por la Patria" 

La noche al acecho en el monte tucumano se hizo larga y fatigosa. Ya el calor de noviembre comienza a hacerse sentir pese a lo temprano de la hora. Por la senda estrecha se desplaza la sección al paso largo, de regreso a la base táctica. Adelantado y como punta de infantería, marcha el grupo de tiradores del Cabo Primero Wilfredo N. Mendez.

Son montañeses. Con gran orgullo dicen que "son del Regimiento de Infantería 22 y han venido desde San Juan a demostrarles a esos delincuentes que la Patria tiene una sola Bandera: la Azul y Blanca y que ellos no van a permitir que nadie pretenda reemplazarla por un trapo rojo".

De pronto, un claro en la espesura. No muy amplio pero peligroso para su cruce. El delincuente subversivo, que no da la cara, suele aprovechar esos lugares para, desde seguro escondite como la alimaña, sorprender con el fuego, producir alguna baja y luego huir cobardemente. Hay que adoptar alguna medida de seguridad, pero sin demorarse mucho porque el resto de la Sección está cerca y no hay tiempo que perder. Ademas, el Cabo Primero Mendez no es de los que esperan mucho. Siempre va al frente y no ha venido desde San Juan para "andar achicandose". Ordena efectuar unos disparos en dirección a los posibles escondites del monte y luego dice:

-Adelante el Grupo, seguirme !

Pero la sospecha del Cabo Primero no impidió la emboscada. Ya en el claro, un nutrido fuego proveniente de la espesa vegetación se centraliza sobre el cuerpo del bravo suboficial y sus nueve soldados.

Los heridos propios son varios. Cinco en total. Dos de ellos de muerte. Hay tres que, aun heridos, siguen empuñando con fuerza su fusil. Los otros dos estan por expirar. Uno de ellos, el que iba como siempre a la cabeza, el que estaba más cerca del lugar de donde provenían los disparos, es el Cabo Primero Mendez. Todavía le queda un tenue hilo de vida, que se cortará en breves segundos. En ese pequeñísimo lapso entre la vida y la muerte, en esa fracción previa al pasaje a la eternidad habrá ocupado su mente lo que siempre fue el norte de su existencia: Dios, que ya lo va a recibir por bueno y por leal a las virtudes humanas, su Patria y su Familia. Por esa trilogía está a punto de morir.

La habrá ocupado también su vocación de soldado cabal; de soldado "hasta la muerte" en el más fiel reflejo de la expresión; de soldado que piensa, aun en ese trance, en su Grupo que queda sin Jefe y que eso suele ser grave en el combate. Por todo eso y como un último acto de servicio empuja valientemente a sus hombres hacia la decisión y la victoria con un grito:

-VIVA LA PATRIA !

Inmediatamente despues, un segundo disparo lo alcanza y le quita definitivamente la vida. Pero aquel grito del Jefe ya inerte, ha llegado al oído y al corazón de sus soldados, algunos heridos y otros aplastados contra el suelo para evitar el fuego que no cesa. Tambien escuchan ahora, la voz de los delincuentes que intiman a la rendición. La ven facil. El jefe muerto, varios heridos. Es la oportunidad de hacerse de unos cuantos fusiles y rematar a lo que quedan vivos.

De pronto, una voz firme y una orden:

-CALLENSE, HIJOS DE P....! VIVA LA PATRIA ! El grupo fuego y al frente, carrera...mar !

De dónde surgió ese nuevo Jefe? Es un bravo soldado. Fiel exponente de esa valerosa clase 1954, que viendo a su Jefe muerto, toma el mando del Grupo y hasta con los heridos pasa al ataque, poniendo rápidamente en fuga a los autores de la agresión artera. El Grupo perdió a su Jefe, el Cabo Primero Wilfredo N. Mendez y al Soldado Benito E. Perez que, herido en la acción, muere durante la evacuación.

El Regimiento 22 de Infantería de Montaña engrosó la lista de sus héroes. El cuadro de suboficial revivió, una vez más, los laureles que le legó el Sargento Cabral y confirmó sus virtudes más salientes: valor, lealtad, patriotismo y fe en la victoria final.

La Patria, se enorgulleció una vez más de la juventud que anualmente se incorpora a las filas de las Fuerzas Armadas para cumplir con la sublime obligación de aprender a defenderla. Está segura que entre esos jóvenes, siempre habra quien en las situaciones más difíciles, tomará la Bandera Azul y Blanca y dira al resto: Adelante ! y será seguido sin vacilaciones y con valentía en el camino hacia la gloria.


"...y demostrarles a esos delincuentes que la Patria tiene una sola Bandera: la Azul y Blanca y no vamos a permitir que nadie pretenda reemplazarla por un trapo rojo".
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lunes, 20 de junio de 2011

La Bandera Argentina es el Manto de la Inmaculada Virgen de Luján



Ven, Purísima Concepción, Señora Dueña de la Argentina, y Defiende a tus hijos de los ataques del maligno, cubriéndolos con tu Manto celeste y blanco.
Ven, Madre nuestra, Reconquista los corazones de los habitantes de esta tierra Argentina, que te pertenece desde sus inicios.
Ven, Virgen Santísima, Inmaculada Concepción, y planta tu real insignia, tu Manto celeste y blanco, en las almas de tus hijos argentinos.
Ven, Madre de Dios, Virgen de Luján, y derriba las banderas idolátricas que ensombrecen el horizonte de la Nación, y enarbola los colores celeste y blanco de tu Manto de Purísima Concepción.
Ven Estrella Purísima de la mañana, Tú que anuncias la llegada del Nuevo Día y del Sol de justicia, Tu Hijo Jesucristo, y disipa las tinieblas que cubren nuestra Patria.
Ven, Virgen Purísima de Luján, defiéndenos del Maligno, cubre a tus hijos con tu Manto celeste y blanco, y condúcenos a la Patria celestial, el seno de Dios Trinidad.
Las banderas nacionales son un reflejo del pensamiento y del sentimiento de un pueblo, pero también representan lo más característico de una nación. En la bandera nacional está representado y simbolizado el ser más auténtico y profundo de toda una nación, y por esto mismo, porque representa al ser nacional, todo el pueblo se siente representado y reflejado en esa bandera. En la bandera nacional se aglutinan y condensan las vivencias más significativas e importantes de la nación, aquellas que dieron origen a su ser nacional, las que forjaron y fraguaron el ser de la nación, en los inicios históricos de la existencia de un pueblo.
Todas las naciones surgieron por un hecho histórico trascendente –o también, por una serie de hechos históricos-, el cual queda plasmado en la insignia nacional, de modo tal que las generaciones sucesivas, al contemplarla, traigan a la memoria la gesta del pasado, de la cual nacieron, y con sus corazones honren y veneren en el presente a la Patria a la que pertenecen, y juren defenderla con sus vidas hasta el fin.
Una bandera nacional, entonces, no es nunca un símbolo vacío, sino un símbolo cargado de riqueza histórica y de valores trascendentes, que despiertan en el hombre sus sentimientos más nobles y profundos.
Muchos han dado sus vidas por sus banderas, no por el lienzo, obviamente, sino porque sus colores y sus figuras representan la génesis, el presente y el futuro del ser nacional, y en ellos están representados elevados valores humanos y los hechos históricos que originaron a la nación.
Así, en la bandera de EE.UU., por ejemplo, “el blanco simboliza su color de piel e inocencia, el rojo sangre y valor, y el azul el cielo, perseverancia y justicia” (…) La bandera de Estados Unidos de América consta de trece barras horizontales, siete rojas y seis blancas, y un rectángulo azul en el cantón con cincuenta estrellas blancas. Las barras representan a las trece colonias originales que se independizaron del Reino Unido y las estrellas a los estados que forman la Unión”[1].
Cuando leemos acerca de la bandera de México, se lee lo siguiente: “El Escudo Nacional de México (…) consiste en un águila real devorando a una serpiente (…) está basado en la leyenda azteca que cuenta cómo su pueblo vagó por cientos de años en el territorio mexicano buscando la señal indicada por sus dioses para fundar la ciudad de Tenochtitlán (la actual Ciudad de México), donde vieran a un águila devorando a una serpiente”[2].
En el primer caso, la bandera destaca las virtudes, además del cielo cosmológico, y están representadas las colonias que iniciaron la independencia; en el segundo caso, una leyenda inmemorial, según la cual los dioses señalarían el lugar de la fundación de la ciudad emblemática de la nación, que debía ser en donde encontraran a un águila devorando una serpiente.
Virtudes humanas en un caso, leyenda mitológica pre-hispana, en el segundo.
En el caso de la Bandera Argentina, no hay nada de esto, sino algo infinitamente más sublime.
Abundantes pruebas historiográficas, demuestran que la Bandera Argentina, creada por el General Manuel Belgrano, lleva los colores del manto de la Inmaculada Virgen de Luján, de quien Belgrano era ferviente devoto.
Como antecedente a la creación mariana de la Bandera Nacional, existen una serie de datos históricos que avalan esta tesis, según el historiador Vicente Sierra[3], de quien tomamos la siguiente recopilación:
“Cuando el rey Carlos III consagró España y las Indias a la Inmaculada en 1761, y proclamó a la Virgen principal Patrona de sus reinos; creó también la Orden Real de su nombre, cuyos caballeros recibían, como condecoración, el medallón esmaltado con la imagen azul y blanca de la Inmaculada, pendiente al cuello de una cinta de tres franjas: blanca en el medio, y azules a los costados.
El artículo 40 de los estatutos de la Orden, retomados en 1804, dice: ‘Las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales de color azul celeste”[4].
Según este dato, entonces, ya desde la época del rey Carlos III, tanto España como las Indias, estaban consagradas a la Virgen, en cuyo honor se crea la Orden Real de la Inmaculada, que lleva los colores azul y blanco.
Avanzando un poco más en el tiempo, Sierra trae un dato tomado de Bartolomé Mitre: “Mitre dijo que los colores nacionales blanco y azul celeste pudieron ser adoptados ‘en señal de fidelidad al rey de España, Carlos IV, que usaba la banda celeste de la Orden de Carlos III, como puede verse en sus retratos al óleo… La cruz de esta orden es esmaltada de blanco y celeste, colores de la Inmaculada Concepción de la Virgen, según el simbolismo de la Iglesia’. El artículo IV de los estatutos de dicha orden, decretados en 1804, dice: ‘Las insignias… serán una banda de seda ancha dividida en tres fajas iguales, la del centro blanca, y las dos laterales de color azul celeste’. Augusto Fernández Díaz recuerda que, cuando en el último ensayo de gobierno republicano en España, se acordó cambiar la bandera rojo y gualda por otra de tres franjas: rojo, gualda y morado, Miguel de Unamuno, entonces diputado, dijo: ‘…Bandera monárquica podríais acaso llamar a la celeste y blanca de los Borbones de la casa española, cuyos colores son también los de la República Argentina y los de la Purísima Concepción”[5].
Otro antecedente mariano de la Bandera Nacional como signo distintivo de Argentina, aparece en la Reconquista de Buenos Aires, en donde las tropas patriotas se identifican con la imagen de la Inmaculada Concepción. Dice así otro historiador, Aníbal Rottjer:
“Si bien la escarapela azul y blanca no se usó en 1810, y sólo aparece al año siguiente, como distintivo de la Sociedad Patriótica; sus colores habían adquirido una especial significación, por haberlos usado los voluntarios que prepararon la Reconquista, y que, reunidos en Luján, combatieron luego en la Chacra de Perdriel. Las crónicas de Luján nos hablan del ‘Real pendón de la Villa de Nuestra Señora, bordado en 1760 por las monjas catalinas de Buenos Aires. En él había dos escudos: uno con las armas del rey y otro con la imagen de la Pura y Limpia Concepción de María Santísima, singular patrona y fundadora de la villa’. El Cabildo de Luján entregó este estandarte a las tropas de Pueyrredón, ‘como su mejor contribución para el servicio y la defensa de la Patria’. Después de implorar el auxilio de la Virgen, y usando, como distintivo de reconocimiento, los colores de su imagen, por medio de dos cintas anudadas al cuello, una azul y otra blanca, y que llaman de la medida de la Virgen, porque cada una medía 38 centímetros, que era la altura de la imagen de la Virgen de Luján; los 300 soldados improvisados se lanzan al ataque contra 700 veteranos de Beresford, y mueren en la acción tres argentinos y veinte británicos.
Los dispersos se unen más tarde a las fuerzas de Liniers, y obtienen, días después, la victoria definitiva, que se atribuyó oficialmente a la intervención de la Virgen María, como consta en las actas del Cabildo de 1806.
Estos colores los conservaron los húsares de Pueyrredón en la Defensa, durante las jornadas de julio de 1807”[6].
Como se puede ver claramente, los patriotas argentinos, que se levantan en armas para combatir al invasor inglés, se identifican con los colores celeste y blanco y con la imagen de la Inmaculada Concepción.
Tal es la identificación de con la Madre de Dios, y con los colores de su manto, que el Coronel Domingo French, en una proclama en Luján, el 25 de septiembre de 1812, dice así: “¡Soldados! Somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen. Jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. …Al que faltare a su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden”[7].
Continúa aportando datos históricos Aníbal Rottjer, relativos a los reyes de España, y también al General Belgrano, que muestran la devoción a la Inmaculada Concepción: “Carlos III, Carlos IV y Fernando VII vestían sobre el pecho la banda azul y blanca con el camafeo de la Inmaculada, y el manto real lucía estos mismos colores, como puede observarse en los retratos que adornan los salones del escorial y el palacio de Oriente en Madrid, donde se custodian también las condecoraciones con la cruz esmaltada en blanco y celeste.
Pueyrredón y Azcuénaga los usaron, como caballeros de esa Orden, y Belgrano, como congregante mariano en las universidades de Salamanca y de Valladolid. Ya hemos referido en otro lugar que Belgrano, al recibirse de abogado, juró ‘defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas’, y que, al ser nombrado secretario del Consulado, declaró en el acta fundamental de la institución que la ponía ‘bajo la protección de Dios’ y elegía ‘como Patrona a la Inmaculada Virgen María’, cuyos colores, azul y blanco, colocó en el escudo que ostentaba el frente del edificio”[8].
Otro historiador, el P. Guillermo Furlong, profundiza en la devoción mariana del General Belgrano, y la relaciona con la creación de la insignia nacional: “…al fundarse el Consulado en 1794, q1uiso Belgrano que su patrona fuese la Inmaculada Concepción y que, por esta causa, la bandera de dicha institución monárquica constara de los colores azul y blanco. Al fundar Belgrano en 1812 el pabellón nacional, ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones diversas de las que tuvo en 1794? El Padre Salvaire no conocía estos curiosos datos y, sin embargo, confirma nuestra opinión al afirmar que ‘con indecible emoción cuentan no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria, los colores blanco y azul celeste, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto’”[9].
El P. Salvaire también da testimonio de la devoción mariana del General Belgrano, en particular a la advocación de la Virgen de Luján, como antecedentes inmediatos a su particular elección de los colores de la Bandera Nacional: “Al emprender la marcha (hacia el Paraguay) pasa (Belgrano) por la Villa de Nuestra Señora de Luján donde se detiene para satisfacer el deseo que le anima de poner su nueva carrera y las grandes empresas que idea su mente, bajo la protección de la milagrosa Virgen de Luján. Manda, al efecto, celebrar en ese Santuario una solemne misa en honor de la Virgen a la que asiste personalmente, a la cabeza del Ejército de su mando, y robusteciendo su corazón con el cumplimiento de este acto religioso, prosigue lleno de fe y de esperanza el camino que le trazara el deber y el honor”[10].
El historiador Eizaguirre nos brinda los testimonios de un cabildante de Luján, y del hermano de Belgrano, que confirman que la creación de la Bandera Nacional fue un acto de devoción mariana y de amor a la Purísima Concepción de la Virgen: “José Lino Gamboa, antiguo cabildante de Luján, juntamente con Carlos Belgrano, hermano del General, afirmó que: ‘Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la bandera patria, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto por haberse amparado a su Santuario de Luján’”[11].
Por último, en el mismo sentido, Aníbal Rottjer: “El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante militar de Luján y presidente de su Cabildo, dijo: ‘Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto’. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según lo aseveran afamados historiadores”[12].
De esta manera, vemos cómo nuestra enseña nacional, al llevar los colores de la Inmaculada Concepción, representa mucho más que valores humanos, o que leyendas mitológicas: representa nuestro ser nacional, cristiano y mariano. Al ver la Bandera, vemos el Manto de la Inmaculada de Luján, y así, ser argentinos y ser marianos, ser patriotas y ser hijos de la Virgen, es para nosotros una misma y única cosa.
Debido entonces a que la Virgen María, en su advocación de Inmaculada Concepción, y de Virgen de Luján es, comprobadamente, la Patrona y Dueña de estas tierras argentinas, ya que nuestra Nación se identifica con los colores de su Manto, a Ella, la Virgen de Luján, nuestra Madre del cielo, de quien orgullosos llevamos su Manto, que hemos tomado como enseña Patria, le decimos:
Ven, Purísima Concepción, Señora Dueña de la Argentina, y Defiende a tus hijos de los ataques del maligno, cubriéndolos con tu Manto celeste y blanco.
Ven, Madre nuestra, Reconquista los corazones de los habitantes de esta tierra Argentina, que te pertenece desde sus inicios.
Ven, Virgen Santísima, Inmaculada Concepción, y planta tu real insignia, tu Manto celeste y blanco, en las almas de tus hijos argentinos.
Ven, Madre de Dios, Virgen de Luján, y derriba las banderas idolátricas que ensombrecen el horizonte de la Nación, y enarbola los colores celeste y blanco de tu Manto de Purísima Concepción.
Ven Estrella Purísima de la mañana, Tú que anuncias la llegada del Nuevo Día y del Sol de justicia, Tu Hijo Jesucristo, y disipa las tinieblas que cubren nuestra Patria.
Ven, Virgen Purísima de Luján, defiéndenos del Maligno, cubre a tus hijos con tu Manto celeste y blanco, y condúcenos a la Patria celestial, el seno de Dios Trinidad.



[3] Sierra, V., Historia de la Argentina, Ediciones Garriga Argentina, Tomo V, 1962, L. III, cap. II.
[4] Cfr. Rottjer, A., El general Manuel Belgrano, Ediciones Don Bosco, Buenos Aires 1970, 62.
[5] Cfr. Sierra, o. c.
[6] Cfr. Rottjer, o. c., 61-62.
[7] Proclama del Coronel Domingo French, pronunciada en Luján el 25 de septiembre de 1812; en P. Salvaire, J. M., Historia de Nuestra Señora de Luján, Tomo II, 1885, 268ss.
[8] Cfr. Rottjer, o. c., 62-63.
[9] Furlong, G., Belgrano, el Santo de la espada y de la pluma, Club de Lectores, Buenos Aires 1974, 35-36.
[10] Salvaire, o. c., 262-263.
[11] Eizaguirre, J. M., La Bandera Argentina, Peuser, Buenos Aires 1900, 43.
[12] Rottjer, ibidem, 66.

jueves, 25 de febrero de 2010

La Bandera es imagen del Manto de la Inmaculada Concepción


La Patria es una unidad de destino en lo trascendente, dice un autor[1]. Si pensamos de esta manera a la Patria, como unidad en la trascendencia, la Patria designa algo más que un marco territorial o un límite geográfico; trasciende no solo las fronteras geográficas, sino también lo que constituye a una nación, como el lenguaje, la historia en común, las vivencias, las experiencias vividas en conjunto como grupo nacional. El concepto de Patria como unidad de destino en lo trascendente proyecta a la Patria más allá del tiempo y del espacio, para introducirla en la eternidad, en el infinito marco de la eternidad, por eso no se restringe a un espacio material, pero tampoco queda encerrada en los límites de la espiritualidad reflejada en la elaboración de una cultura nacional.
Si la Patria es el destino común en lo trascendente, en lo que supera el espacio y el tiempo, entonces la bandera de la nación, que representa a la nación y a su destino, debe reflejar este destino de trascendencia. Pocas banderas en el mundo señalan el destino común en la trascendencia, en la eternidad, como la Bandera Argentina. Hay banderas que se conforman con señalar ideales terrenos, y es así que portan imágenes terrenas –leones, águilas, caballos, o colores que indican elementos de la tierra, como el amarillo de las praderas, etc.-; otras, poseen imágenes que indican un destino un poco más elevado y así presentan, como símbolos que identifican a la nación, el sol, la luna, las estrellas. Todas tienen en común el hecho de representar a una nación por símbolos que señalan elementos terrenos o celestiales, pero ninguna sobrepasa los límites témporo-espaciales del mundo y de la historia humanos. Es decir, ninguna bandera realiza en sus imágenes y símbolos el concepto de unidad de destino en la trascendencia.
Solo la Bandera Argentina cumple esta misión de señalar la trascendencia, con sus colores celeste y blanco. Lejos de indicar realidades terrenas –el cielo material con sus nubes es lo que indicarían los colores según la versión laicista-, la Bandera Argentina es un símbolo de una realidad ultraterrena, sobrenatural, que trasciende infinitamente las fronteras del tiempo y del espacio. Los colores de la Bandera Nacional, puesto que fueron tomados del Manto de la Inmaculada Concepción[2], simbolizan a este manto, un manto que flamea en la eternidad, al dulce compás del viento del Espíritu Santo, porque es el Manto de la Madre de Dios.
Al contemplar la Bandera, contemplamos el símbolo de nuestra Patria, de nuestra historia, de nuestra lengua, de nuestras experiencias como nación; pero contemplamos también el destino común en lo trascendente, ya que contemplamos el Manto de la Inmaculada Concepción, que ondula en los cielos eternos, al compás del soplo del Espíritu de Dios que inhabita en María. Contemplamos nuestro destino, la meta final de nuestra historia personal y como Nación.
Si como decía French, arengando a la tropa, que besando la bandera nos parecería estar besando el Manto de la Inmaculada Concepción[3], también es al revés: al besar el Manto de la Inmaculada Concepción nos parecerá estar besando nuestra bandera.
El Manto de María y la Bandera Argentina, forman entonces una sola unidad, que nos indican el destino eterno al cual estamos llamados libremente a alcanzar por nuestras obras.
[1] Cfr. José Antonio Primo de Rivera.
[2] Cfr. José Manuel Eizaguirre, La bandera argentina, Peuser, Buenos Aires, 1900, 43.
[3] Proclama del Coronel Domingo French, pronunciada en Luján el 25 de septiembre de 1812; en P. Jorge María Salvaire, Historia de Nuestra Señora de Luján, T. II, 268ss.

martes, 26 de enero de 2010

Besar la Bandera es como besar el Manto de la Virgen de Luján



Decía el coronel Domingo French a los soldados que debían jurar la Bandera nacional, en Luján, el 25 de Mayo de 1812: “(…) Somos el regimiento de la Virgen. Jurando nuestra bandera, os parecerá que besáis el Manto de la Virgen”[1].
Es decir, al jurar y besar la Bandera, los soldados del regimiento debían pensar y sentir que era, al mismo tiempo que la bandera, el Manto de la Virgen de Luján lo que besaban.
Contrariamente a lo que puede pensarse, no se trata de un exceso de retórica o de una metáfora poética, pronunciada con el objetivo de identificar el suelo patrio, simbolizado en la bandera, con la religión católica, representada en la Virgen María y de esa manera exaltar, aunque sea artificialmente, los sentimientos de los soldados hacia la patria y hacia la Virgen.
Si fuera así, si sólo se tratara de una expresión de deseos del coronel French, no habría relación real entre la patria y la Virgen; esa relación existiría solo en la mente y en el deseo del coronel, pero no en la realidad.
Pero el coronel French sabía bien lo que decía, porque sabía bien que la intención del General Manuel Belgrano, al crear la Bandera nacional con los colores celeste y blanco, no era hacer referencia al cielo celeste y blanco que observamos todos los días. Al darle los colores celeste y blanco a la Bandera nacional, estaba honrando, con un acto de profunda devoción mariana, a la Virgen María, más concretamente, a la Inmaculada Concepción, de quien era devoto.
La Virgen María, en su advocación de la Inmaculada Concepción, vino a nuestra patria traída por los españoles, y en esta devoción, se representaba su manto de azul celeste y blanco. Como la imagen de la Virgen de Luján era también la Inmaculada Concepción, fue vestida con esos mismos colores, y es por eso que la Virgen de Luján tenía los colores celeste y blanco.
Cuando Belgrano creó la Bandera nacional, como era devoto de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Luján, para honrar a María, le dio los colores de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Luján[2].
Inmaculada Concepción y Virgen de Luján, vestidas de celeste y blanco, forman una sola realidad con el celeste y blanco de nuestra Bandera nacional: la Bandera es casi como si fuera una prolongación del Manto de María Inmaculada.
Es por eso que el coronel French no estaba lejos de la realidad, cuando les decía a los soldados que cuando besaran la Bandera, les parecería estar besando el Manto de la Virgen de Luján, porque la Bandera lleva los colores de María, Madre de Dios, Inmaculada Concepción, Virgen de Luján.
También para nosotros, la Bandera debe evocar no sólo el origen mariano y católico de nuestra patria, sino a María y a su manto, y pensar que así como congregarnos bajo la Bandera, es como si estuviéramos congregados bajo el Manto de María Inmaculada, así, bajo el manto celeste y blanco de la Virgen de Luján, es como si estuviéramos bajo la Bandera nacional.
Del mismo modo, si besar la Bandera celeste y blanca es como besar el Manto de María, así contemplar el Manto celeste y blanco de María es como contemplar a nuestra amada y mariana Bandera patria.
[1] Cfr. Proclama del Coronel Domingo French, pronunciada en Luján el 25 de septiembre de 1812; en P. Jorge María Salvaire, Historia de Nuestra Señora de Luján, T. II, 1885, 268ss.
[2] José María Eizaguirre, La bandera argentina, Ediciones Peuser, Buenos Aires 1900, 43; cfr. Guillermo Furlong, S.J., Belgrano. El Santo de la espada y de la pluma, Club de Lectores, Buenos Aires 1974, 35-36; cfr. Aníbal Atilio Rottjer, El General Manuel Belgrano, Ediciones Don Bosco, Buenos Aires 1970, 66.