Nuestra Señora de Malvinas

martes, 8 de julio de 2014

El Cristo de los Congresales y la firma de la Declaración de la Independencia


         El Cristo de los Congresales y la firma de la Declaración de la Independencia
         Cuando se lee acerca de la historia de la redacción de los documentos oficiales españoles y del Río de la Plata del año 1816, el año de la Independencia de nuestra Nación Argentina, se observa que se colocaban “membretes y escudos para dotar de la mayor solemnidad posible a los procedimientos cuya instrucción y resolución se consideraban extremadamente importantes”[1].
         En el caso del Acta de la Independencia de la Nación Argentina, puesto que se trataba verdaderamente de “una instrucción y una resolución extremadamente importante”, era necesario que fuera el Acta fuera sellada con un sello real, lo cual, paradójicamente, era imposible, porque la Independencia era, precisamente, de la Casa Real de España. Sin embargo, el Acta de Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata lleva un Sello Real, indeleble, invisible a los ojos humanos, y ese Sello Real es la Sangre del Cordero de Dios, porque la Independencia de la Nación Argentina es, según Fray Castañeda, “obra de Dios”[2] y no de los hombres y fue firmada a los pies del “Cristo de los Congresales”, una talla de madera donada por los Franciscanos para la ocasión[3] y que presidió la Jura solemne de la Independencia y posterior firma del Acta.
         Por lo tanto, en estos días oscuros en los que vivimos, días en los que siniestras sombras se mueven detrás de los telones de los acontecimientos históricos, para encaminar no solo a nuestra Nación, sino a la Humanidad entera, por coloridos, espaciosos, bulliciosos, pero falsos caminos que conducen al Abismo eterno, en donde no hay redención, por medio de leyes inicuas que contradicen a la Divina Sabiduría y al Divino Amor, porque son leyes contrarias a la naturaleza humana, debemos los argentinos, al festejar un nuevo Aniversario de nuestra Independencia –mera independencia política y económica, y no cultural ni religiosa de nuestra Madre Patria España-, elevar nuestros ojos hacia el Cristo de los Congresales y, con el espíritu que animó a los Patriotas del 9 de Julio, envueltos en el Manto de la Inmaculada, nuestra Enseña Patria, arrodillados a los pies de Jesús crucificado, implorar piedad, misericordia y luz divina para nuestra amada Patria, para que jamás perdamos el rumbo impreso el Día de nuestro Nacimiento como Nación, Día Feliz querido por el mismo Dios Trino, al decir de los patriotas; pidamos también que, por la Sangre del Cordero, sobre nuestra Patria derramada, todos los argentinos lleguemos, un día, guiados por Santa María, la Madre de Dios, a la Patria Eterna, la Ciudad de la Santísima Trinidad, en el Reino de los cielos.


[1] http://www.minhap.gob.es/Documentacion/Publico/SGT/LOS%20SIMBOLOS%20DE%20LA%20HACIENDA%20PUBLICA/capitulo%20IV.pdf
[2] Guillermo Furlong, Vida y obra de Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la naciente Patria Argentina. 1810-1830, Ediciones Castañeda, Argentina 1994, 381.
[3] http://franciscanostucuman.blogspot.com.ar/2007/02/reliquias-historicas-muebles-y-cristo.html

viernes, 20 de junio de 2014

El origen sobrenatural y mariano de la Bandera Nacional Argentina


         Las banderas nacionales se caracterizan por poseer en sus diseños ya sea diversos hechos históricos de los pueblos a los que representan, o bien características geográficas distintivas del pueblo, o animales, o árboles, o plantas, o cualquier elemento tomado del cosmos, de la historia, de la geografía, o puede ser simplemente una combinación de colores que sea significativa para un pueblo determinado, que permita al integrante de la nación en cuestión, identificarse con la bandera y entregarle a la nación, por intermedio de la bandera que ésta representa, todo su ser. En definitiva, esta es la función de una bandera nacional: el ser el aglutinante de lo mejor y más noble que posee una persona, para que esta persona lo ponga al servicio del Bien Común de la nación a la que pertenece, haciéndolo salir del egoísmo, del amor de sí mismo, para donarse a sí mismo, con todo su ser, hacia los demás, hacia sus compatriotas, representados en la bandera nacional.
         Otra característica de las banderas nacionales es su origen, que es meramente humano: sus creadores se inspiraron en hechos históricos significativos, o en accidentes geográficos, o en colores cuya  combinación despierta un significado para los habitantes de determinado pueblo, etc. Sin embargo, pocas naciones poseen una bandera nacional cuyo origen es sobrenatural, puesto que se debe a una gracia concedida por el cielo, y la prueba está en que el acto de creación de la Bandera Nacional Argentina por parte del General Manuel Belgrano fue un acto de devoción mariana y no un simple acto humano. Tal como lo declaró su hermano, el Sargento Belgrano, el General Belgrano, al crear la Bandera Argentina con los colores celeste y blanco, tuvo la intención explícita y declarada de homenajear a la Virgen de Luján, que es la Inmaculada Concepción. Puesto que el homenaje a la Madre de Dios no es un acto que se derive de la razón humana, sino una gracia divina, el acto de la creación de la Bandera Nacional Argentina se califica como un acto de devoción mariana, es decir, una respuesta a la gracia y como tal, una inspiración proveniente del cielo. En otras palabras, fue Dios mismo quien quiso que el Pueblo Argentino tuviera como Enseña Nacional al Manto de la Inmaculada Concepción de Luján. ¿Y el sol de la Bandera? Representa a Jesucristo, porque uno de sus nombres es: "Sol de justicia".
         Este es el origen celestial, sobrenatural, de la Bandera Nacional Argentina.

         Como dice el Salmo 32: “Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor”.

sábado, 24 de mayo de 2014

El 25 de Mayo es un día sagrado para los argentinos, porque es obra de Dios y no de los hombres


         En un momento de la historia de la Nación Argentina en el que reinan por doquier la confusión, el enfrentamiento, la violencia, la sed de poder, el materialismo, como consecuencia de la difusión de una mentalidad carente de valores morales, mentalidad causada a su vez por la pérdida absoluta de valores espirituales trascendentales, la celebración de una fecha como la del veinticinco de Mayo pierde su sentido original, para ser aprovechada por mezquinos intereses partidistas a los que solo les interesa conservar su pequeña parcela de poder para acrecentar su fortuna, sin importarles el Bien Común de la Nación ni el destino de eternidad de sus compatriotas, ni mucho menos el significado primigenio de la fecha patria que se celebra.
Precisamente, para recuperar ese sentido primigenio y sobre todo para que la Patria y los argentinos que amamos a la Patria seamos capaces de salir de este estado actual en el que nos encontramos, es necesario recurrir a las fuentes históricas y presenciales de los hechos de Mayo de 1810, como Fray Francisco de Paula Castañeda, un patriota y fraile franciscano, testigo de los sucesos históricos que dieron origen a nuestra Patria. Tomando como punto de referencia este testimonio del pasado, podemos reconstruir el presente, con miras a consolidar el futuro; de otra manera, corremos el peligro de que los actuales falsificadores de la historia, que ya han falsificado el pasado, y han logrado provocar la confusión del presente, logren lo que se proponen como fin último: la destrucción final de la Patria en un futuro, tal vez no muy lejano.
Partiendo de esta premisa, revisemos, brevemente, qué es lo que decía Fray Francisco de Paula Castañeda acerca del Veinticinco de Mayo de 1810. Decía que debía amanecer como un día “sagrado, solemne, augusto y patrio”[1] y que debíamos “postrarnos ante los altares con entusiasmo divino” porque “no era obra nuestra”, sino “de Dios”: “…en este día todos, todos con entusiasmo divino, llenos de piedad, humanidad y religión, debemos postrarnos delante de los altares, confesando a voces el ningún mérito que ha precedido en nosotros a tanta misericordia. (…) la obra del Veinticinco de Mayo no es obra nuestra, sino de Dios…”[2].
En otra parte afirma que el Veinticinco de Mayo, lejos de ser un día de traición a la Madre Patria, o un día de rebelión contra las raíces culturales o religiosas, es, por el contrario, el galardón eterno de nobleza y de fidelidad heroica, precisamente, a la cultura hispana y a la religión católica, porque mientras los patriotas son fieles a la Madre Patria, en su cultura y en su religión, en la persona del rey, se independizan, porque así lo exigen las gravísimas circunstancias históricas, solo desde el punto de vista político: “…el Veinticinco de Mayo es el padrón y monumento eterno de nuestra heroica fidelidad a Fernando VII (…) El día Veinticinco de Mayo es también el origen y el principio y causa de nuestra absoluta independencia política (…) es el non plus ultra, el finiquito de nuestra servidumbre”[3].
Entonces, esto es el Veinticinco de Mayo para un patriota como Fray Francisco de Paula Castañeda: un día que debe amanecer no como un día cualquiera, como un día más, sino como un día sagrado, solemne, augusto, patrio, en el que debemos postrarnos, llenos de sentimientos de piedad y de religión, ante los altares de Dios Nuestro Señor Jesucristo, reconociendo que nuestra Independencia, que fue política y no religiosa ni cultural, fue obra divina, fue obra de Dios y no obra nuestra, y por eso darle gracias, pero también comprometiéndonos, postrados ante la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y besando el Manto de Nuestra Señora de Luján, Patrona de Nuestra Patria Argentina, a continuar la obra que Dios mismo comenzó en 1810: Dios Uno y Trino quiso que entre las naciones hubiera una Nación independiente llamada Argentina, que fuera de religión Católica, de cultura Hispana, con población amerindia, que hablara español y rezara a Jesucristo, que tuviera la Cruz por cuna, que se alimentara con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que tuviera al Manto de la Inmaculada Concepción de Luján como Enseña Nacional, que tuviera el Reino de los cielos por destino eterno, y al Amor de Dios en los corazones de todos sus hijos.
Es en esto en lo que consiste el verdadero Veinticinco de Mayo.



[1] Guillermo Furlong, Vida y obra de Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la naciente Patria Argentina. 1810-1830, Ediciones Castañeda, Argentina 1994, 381.
[2] Cfr. ibidem, 382.
[3] Cfr. ibidem, 381.

miércoles, 7 de mayo de 2014

La Virgen de Luján y la actual encrucijada de la Nación Argentina


         La Madre de Dios, la Virgen Santísima, quiso quedarse en nuestras tierras argentinas y lo hizo mediante el conocido milagro de la carreta tirada por los bueyes la cual, llegada a un cierto punto, no avanzó más, hasta que el bulto que transportaba la imagen de la Inmaculada Concepción fue retirada de la carreta y depositada en el suelo. Con este milagro, ocurrido en el mes de Mayo del año 1630, la Virgen daba a entender que quería quedarse en lo que luego sería el Santuario Nacional y Basílica de Luján, para presidir nuestra Nación Argentina como su Dueña, Patrona y Señora. Nuestra Patria nació literalmente a la sombra de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo y fue regada con su Sangre, porque el 1º de abril de 1520 se celebró la primera Santa Misa en el puerto de San Julián, en lo que luego sería la provincia de Santa Cruz. Ya Nuestro Señor Jesucristo, años antes del milagro de la Virgen de Luján, había regado con su Sangre nuestra Patria; por lo tanto, la Virgen, lo único que venía a hacer, con su milagro de la carreta, era venir a reclamar un territorio, el territorio de la Argentina, que pertenecía a su Hijo Jesucristo, Rey de las naciones. Y puesto que todo lo que pertenece a Jesucristo, le pertenece a la Virgen, la Virgen venía a reclamar lo que le pertenecía a Ella, Reina de las naciones.
         La Nación Argentina le pertenece a la Virgen de Luján desde antes  de su nacimiento, y esto se comprueba en su historia, como acabamos de ver, y se ve reflejado en su manto, pues su manto es de color celeste y blanco, como los colores de la Bandera Argentina, y esto no es casualidad, puesto que el creador de la Bandera Argentina, el General Don Manuel Belgrano, quiso explícitamente que la Enseña Nacional Argentina llevara los colores de la Inmaculada de Luján, como modo de honrar a su Purísima Concepción. Así lo testifica, bajo juramento, su hermano, el cabo Belgrano. Es decir, el acto de creación de la Bandera Nacional fue un acto de devoción mariana y, como tal, fue una gracia de Dios, un acto querido por el cielo mismo; en otras palabras, los argentinos llevamos en nuestra Bandera Nacional los colores de la Inmaculada de Luján por voluntad explícita del cielo.
         Pero aquí debemos detenernos: Nuestro Señor Jesucristo, Rey de las Naciones, bañó con su Preciosísima Sangre nuestra tierra, bendiciéndola y santificándola y sellándola con su Sangre; la Virgen Santísima eligió nuestra Patria Argentina para constituirse en su Dueña, Patrona y Señora, y nos concedió el privilegio inmerecido de que nuestra Bandera Nacional sea su mismo Manto celestial, además de concedernos numerosísimos milagros; ¿puede decirse que los argentinos, a la luz de los últimos acontecimientos, hemos correspondido a estos inmerecidos privilegios celestiales? La violencia, el materialismo, las leyes contra natura, el avance de la droga en amplias capas de la población, la mentira como forma de comunicación, el engaño, la aceptación de la violación de los Mandamientos de Dios a diario, ¿no nos hacen indignos, a los argentinos, de tantos beneficios concedidos por el cielo? ¿No corremos el riesgo de que Jesucristo, Nuestro Señor, y de que la Virgen, Nuestra Reina del cielo, se arrepientan de haber elegido a nuestra Patria y de haberla colmado de tantos beneficios y privilegios?
         No permitamos que Jesús derrame en vano su Preciosísima Sangre por nosotros y le roguemos a la Virgen de Luján que nos alcance de su Hijo Jesús la gracia de la contrición del corazón y así, arrodillados los argentinos ante el crucifijo, besando los pies de Nuestro Señor, cubiertos con el Manto de la Virgen de Luján, con el corazón contrito y humillado, pidamos perdón por nuestros pecados como argentinos y hagamos el propósito de construir una Patria Santa, una Patria Católica, una Patria en la que, santificada por la Sangre del Cordero, y protegida por el maternal Manto celeste y blanco  de la Virgen de Luján, florezcan generaciones de héroes y santos argentinos para el cielo, para la eternidad, que alaben y adoren al Cordero que reina en los cielos por los siglos sin fin.

         

martes, 1 de abril de 2014

¡Las Islas Malvinas fueron, son y serán argentinas!


Las Islas Malvinas fueron, son y serán argentinas, y eso lo decimos nosotros, quienes tenemos conciencia de que las Islas nos pertenecen desde siempre, desde que la Patria es Patria, pero también lo proclaman, ante la historia y ante Dios, los cuerpos de los Héroes de Malvinas que yacen sepultados en el suelo de las Islas y en el fondo del Mar Argentino. Sus cuerpos sepultados en la turba malvinense y en el fondo del océano son mudos testigos de que las Islas Malvinas pertenecieron, pertenecen y pertenecerán a la Nación Argentina, y de que ellos, en nombre del Pueblo Argentino, son sus legítimos dueños y están ahí para lavar y reparar la afrenta de quienes, por la violencia, la irracionalidad y la soberbia, se apropiaron de lo que no les pertenecía[1]. Pero si los cuerpos de los Héroes de la Nación, que yacen en la turba malvinense y en el fondo del mar son testimonio, son mudos testigos, no son mudos testigos sus almas, porque sus almas viven en el cielo, más alto que las estrellas; sus almas viven y están ante la presencia del Cordero, alabándolo y cantando sus alabanzas, porque si son héroes son también Santos,  puesto que quien da su vida por la Patria, la da también por Dios, porque la Patria es un don de Dios y es así que amar a la Patria es amar a Dios y dar la vida por la Patria es también dar la vida por Dios que nos la regaló, y quien da la vida por la Patria y por Dios, da la vida por los padres y por los compatriotas, que en la Patria habitan por mandato de Dios. El que esto hace, el que da la vida por la Patria y por Dios, se gana el cielo, y es así que los Héroes combatientes de Malvinas, además de Héroes, son Santos y están ante el Cordero, adorándolo por los siglos sin fin y testimoniando, con su adoración, que dieron sus vidas por una causa justa: por Dios y por la Patria.
Por todo esto, y aunque nosotros nos calláramos, los Héroes y Santos de Malvinas, cuyos cuerpos descansan en las turbas de las Islas y en el fondo del océano, nos repiten sin cesar, no un día, sino todos los días, desde más allá de las estrellas: “¡Las Islas Malvinas fueron, son y serán Argentinas!”.




[1] Que las Malvinas sean argentinas, lo sostiene también el Santo Padre Francisco quien, siendo aún cardenal, se refirió inequívocamente a los ingleses como “usurpadores”, a las Malvinas como “suelo argentino”, y a los combatientes en Malvinas como “caídos durante la guerra que han derramado su sangre en suelo argentino”: cfr: http://patriasanta.blogspot.com.ar/2013/04/malvinas-argentinas-por-siempre.html;  http://tn.com.ar/politica/malvinas-bergoglio-reclamo-una-reinvindicacion-a-los-que-hayan-estado-o-no-en-la-g_087839

lunes, 25 de noviembre de 2013

Un Nuevo Combate de Obligado


         ¿Cuál es el significado del Combate de Obligado? ¿Por qué se elige a esta batalla como símbolo de la Soberanía Nacional? ¿Qué relación tiene este hecho con nosotros, argentinos del siglo XXI? Trataremos de responder a estas preguntas mediante la siguiente reflexión.
         Ante todo, debemos decir que el Combate de Obligado representa el paradigma de la lucha de los patriotas que dan sus vidas por la defensa de la Patria y su soberanía nacional porque lo que defendían los Patriotas de Obligado no era un paso de un río, sino a la Patria misma, porque estaba en juego su soberanía. La soberanía de una Nación es la autonomía de esa Nación no solo en sus asuntos terrenos, sino ante todo en relación a su destino de trascendencia eterna y esto es lo que fundamenta el hecho de que la soberanía no puede nunca resignarse ante poderes extra-nacionales o supra-nacionales, porque resignarla implica de modo automático la pérdida de la libertad de la Nación y la conversión en un pueblo de esclavos. Al perder la soberanía, una Nación deja de guiarse autonómamente para ser guiada por otra nación cuyos intereses son contrarios a los propios, además de implicar un riesgo seguro de muerte, porque la Nación esclavizante se apodera de los recursos vitales de la Nación esclavizada, condenándola a una muerte segura (esto, sin considerar además la humillación que significa el ser dominados por otros pueblos).
         Es por esto que el Combate de Obligado representa el modelo paradigmático de la lucha de una Nación por su libertad y su dignidad, porque combatir al agresor extranjero, tal como lo hicieron los Patriotas de Obligado al luchar contra el invasor anglo-francés, significa no solo la oposición a un destino seguro de esclavitud y muerte, sino ante todo, significa la elección de un destino trascendente, en la eternidad, al cual se llega sólo guiados por la Verdad Encarnada, Jesucristo, porque la sumisión al extranjero que trae esclavitud y muerte es un error, mientras que la lucha por liberarse de él y dirigirse libremente al destino de eternidad, es una verdad que, como toda verdad, participa de la Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6).
         En otras palabras, si los Patriotas de Obligado se hubieran rendido sin combatir, permitiendo el paso del invasor anglo-francés, hubieran cometido un doble error: desde el punto de vista natural, porque estarían entregando la soberanía y los recursos vitales de la Nación, hecho que conduce a la muerte y contraría el instinto de supervivencia; desde el punto de vista sobrenatural también habrían cometido un error, porque la entrega sin lucha de la Patria a sus enemigos, contraría el deber del cristiano de defender la Patria ante una amenaza mortal. Si no hubieran combatido, los Patriotas de Obligado habrían cometido un doble error, y todo error es contrario a la verdad y la verdad, cualquiera sea, es una participación a la Verdad Encarnada, Jesucristo, que es el Único que nos hace libres -"la Verdad os hará libres" (Jn 8, 31-36)-, mientras que el error esclaviza. 
        Dicho de otra manera, el hecho de luchar contra el agresor e invasor de la Patria, como lo hicieron los Patriotas de Obligado, implica la determinación interior de ser guiados por la luz de la Verdad de Cristo -Verdad que nos libera y que por esto mismo nos quiere libres y no esclavos-, lo cual implica a su vez aceptar libremente el destino de eternidad al cual Cristo nos quiere conducir, tanto individual como colectivamente, es decir, como Nación, puesto que “Dios quiere que todos se salven” (1 Tim 2, 3-4).
         Lejos de pertenecer al pasado, el ejemplo de los Patriotas de Obligado es válido para nosotros, argentinos del siglo XXI, puesto que hoy acechan a la Patria numerosos enemigos que pretenden invadirla y profanarla, esclavizando a la Nación. No se trata de una invasión física y con armas de fuego, como en el pasado, sino de una invasión cultural y religiosa, mucho más insidiosa y peligrosa y mucho más difícil de combatir, porque lo que busca esta nueva invasión es anular la soberanía económica, cultural, política, de la Nación para integrar a nuestra Patria, así devastada, al globalismo del Nuevo Orden Mundial, globalismo en el que se pretenden unificar los gobiernos, las economías y las religiones en un engendro sincretista, neo-pagano y anti-cristiano.1
         La conmemoración del Combate de Obligado no puede quedar en el mero recuerdo nostálgico; por el contrario, dados los peligros mortales que acechan a nuestra Patria -peligros que, como dijimos, son de orden cultural y religioso-, el ejemplo de los Patriotas de Obligado debe conducirnos a la determinación de luchar, con las armas espirituales a nuestro alcance –oración, Santo Rosario, Misa, penitencia, sacramentos, misericordia-, contra el moderno  invasor globalista, que pretende arrebatarnos lo más valioso que tenemos como Nación y es nuestra Santa Religión Católica, Apostólica y Romana.

domingo, 18 de agosto de 2013

El General Don José de San Martín y las enseñanzas que nos dejó a los argentinos


         Los habitantes de una nación tienen el deber de no solo conocer su historia, sino de contemplar e imitar las virtudes humanas de los próceres que les dieron origen. La Patria es un don divino y como tal debe ser respetada y amada, y una forma de demostrar ese respeto y amor, es considerando y reflexionando acerca de sus orígenes y también sobre la vida y virtudes de aquellos a quienes la Divina Providencia puso en el origen y nacimiento de la patria, quienes son llamados por este motivo “padres de la patria”.
En el caso de la Nación Argentina, Dios puso, para nuestro orgullo nacional, a un hombre ejemplar, el General Don José de San Martín, en quien brillaron grandes virtudes humanas. Esto no significa que deba ser considerado como un “superhombre”, o como un “santo”, puesto que los superhombres no existen, y los santos son solo aquellos a quienes la Santa Madre Iglesia declara que están ya en los cielos. El General San Martín no fue un superhombre, y si fue un santo, lo sabremos cuando la Iglesia lo eleve a los altares. Mientras tanto, nuestra mirada sobre él debe ser equilibrada, sin exagerar pero tampoco sin disminuir sus cualidades y virtudes, además de señalar, si es que los hubiere, sus defectos, porque la grandeza de un hombre no estriba en no tener defectos, sino en vencerse a sí mismo, con la ayuda de la gracia de Dios, para superarlos.
Dicho esto, podemos considerar entonces los múltiples ejemplos que la vida del General San Martín nos brinda a los argentinos, todos ellos ejemplos de superación personal y de heroicidad de virtudes. Pero hay uno, de entre todos, que se destaca, y es el Cruce de la Cordillera, la gesta heroica por la cual liberó a medió continente, considerada como una de las más grandes hazañas militares; a esta hazaña se le agrega su profunda humildad, porque cuando quisieron premiarlo en el Perú, nombrándolo Jefe supremo de esa nación, declinó el halago, sabedor de que los honores mundanos son efímeros y que lo único que importa es salvar el alma.
Sin embargo, hay algo que es todavía más ejemplar en el General Don José de San Martín, y es el momento de su muerte: según los historiadores, murió con sus manos entrelazadas a un crucifijo, colocado en su pecho. Con esta muerte –aferrado a Cristo Jesús-, el General San Martín nos enseña a los argentinos que hay otro Gran Cruce que debemos emprender, y no se trata de una cadena montañosa, sino el paso de esta vida a la otra, guiados no por un general humano, un hombre, sino por el Hombre-Dios, Jesucristo, que lleva consigo el victorioso estandarte ensangrentado de la Cruz; paso que nos conduce a la vida eterna, vida en la cual recibiremos, del Gran Libertador y Salvador de la humanidad, Cristo Jesús, nuestra verdadera y definitiva libertad, la libertad de los hijos de Dios, y en donde recibiremos no premios humanos, sino el premio merecido por los méritos de Cristo, que se aplican a quien muere en gracia, premio por el cual es nombrado, por el mismo Dios Trino, Heredero del Reino de los cielos.

La vida y la muerte del General San Martín nos dejan, a los argentinos, grandes enseñanzas.