Nuestra Señora de Malvinas
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viernes, 20 de enero de 2023

Coronel Ibarzábal, Héroe de la Patria, guerrero contra el marxismo subversivo

 


Durante su cautiverio de 10 meses en las "cárceles del pueblo" del ERP, el Cnl Ibarzábal dibujó este Cristo que fue su única compañía.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Un Nuevo Combate de Obligado


         ¿Cuál es el significado del Combate de Obligado? ¿Por qué se elige a esta batalla como símbolo de la Soberanía Nacional? ¿Qué relación tiene este hecho con nosotros, argentinos del siglo XXI? Trataremos de responder a estas preguntas mediante la siguiente reflexión.
         Ante todo, debemos decir que el Combate de Obligado representa el paradigma de la lucha de los patriotas que dan sus vidas por la defensa de la Patria y su soberanía nacional porque lo que defendían los Patriotas de Obligado no era un paso de un río, sino a la Patria misma, porque estaba en juego su soberanía. La soberanía de una Nación es la autonomía de esa Nación no solo en sus asuntos terrenos, sino ante todo en relación a su destino de trascendencia eterna y esto es lo que fundamenta el hecho de que la soberanía no puede nunca resignarse ante poderes extra-nacionales o supra-nacionales, porque resignarla implica de modo automático la pérdida de la libertad de la Nación y la conversión en un pueblo de esclavos. Al perder la soberanía, una Nación deja de guiarse autonómamente para ser guiada por otra nación cuyos intereses son contrarios a los propios, además de implicar un riesgo seguro de muerte, porque la Nación esclavizante se apodera de los recursos vitales de la Nación esclavizada, condenándola a una muerte segura (esto, sin considerar además la humillación que significa el ser dominados por otros pueblos).
         Es por esto que el Combate de Obligado representa el modelo paradigmático de la lucha de una Nación por su libertad y su dignidad, porque combatir al agresor extranjero, tal como lo hicieron los Patriotas de Obligado al luchar contra el invasor anglo-francés, significa no solo la oposición a un destino seguro de esclavitud y muerte, sino ante todo, significa la elección de un destino trascendente, en la eternidad, al cual se llega sólo guiados por la Verdad Encarnada, Jesucristo, porque la sumisión al extranjero que trae esclavitud y muerte es un error, mientras que la lucha por liberarse de él y dirigirse libremente al destino de eternidad, es una verdad que, como toda verdad, participa de la Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6).
         En otras palabras, si los Patriotas de Obligado se hubieran rendido sin combatir, permitiendo el paso del invasor anglo-francés, hubieran cometido un doble error: desde el punto de vista natural, porque estarían entregando la soberanía y los recursos vitales de la Nación, hecho que conduce a la muerte y contraría el instinto de supervivencia; desde el punto de vista sobrenatural también habrían cometido un error, porque la entrega sin lucha de la Patria a sus enemigos, contraría el deber del cristiano de defender la Patria ante una amenaza mortal. Si no hubieran combatido, los Patriotas de Obligado habrían cometido un doble error, y todo error es contrario a la verdad y la verdad, cualquiera sea, es una participación a la Verdad Encarnada, Jesucristo, que es el Único que nos hace libres -"la Verdad os hará libres" (Jn 8, 31-36)-, mientras que el error esclaviza. 
        Dicho de otra manera, el hecho de luchar contra el agresor e invasor de la Patria, como lo hicieron los Patriotas de Obligado, implica la determinación interior de ser guiados por la luz de la Verdad de Cristo -Verdad que nos libera y que por esto mismo nos quiere libres y no esclavos-, lo cual implica a su vez aceptar libremente el destino de eternidad al cual Cristo nos quiere conducir, tanto individual como colectivamente, es decir, como Nación, puesto que “Dios quiere que todos se salven” (1 Tim 2, 3-4).
         Lejos de pertenecer al pasado, el ejemplo de los Patriotas de Obligado es válido para nosotros, argentinos del siglo XXI, puesto que hoy acechan a la Patria numerosos enemigos que pretenden invadirla y profanarla, esclavizando a la Nación. No se trata de una invasión física y con armas de fuego, como en el pasado, sino de una invasión cultural y religiosa, mucho más insidiosa y peligrosa y mucho más difícil de combatir, porque lo que busca esta nueva invasión es anular la soberanía económica, cultural, política, de la Nación para integrar a nuestra Patria, así devastada, al globalismo del Nuevo Orden Mundial, globalismo en el que se pretenden unificar los gobiernos, las economías y las religiones en un engendro sincretista, neo-pagano y anti-cristiano.1
         La conmemoración del Combate de Obligado no puede quedar en el mero recuerdo nostálgico; por el contrario, dados los peligros mortales que acechan a nuestra Patria -peligros que, como dijimos, son de orden cultural y religioso-, el ejemplo de los Patriotas de Obligado debe conducirnos a la determinación de luchar, con las armas espirituales a nuestro alcance –oración, Santo Rosario, Misa, penitencia, sacramentos, misericordia-, contra el moderno  invasor globalista, que pretende arrebatarnos lo más valioso que tenemos como Nación y es nuestra Santa Religión Católica, Apostólica y Romana.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cristo en la cruz ha derribado para siempre el odio que enfrentaba a los hermanos

Que la Sangre del Cristo de la Jura de la Independencia
selle la paz de Dios en los corazones de los argentinos

Ante un nuevo aniversario del golpe militar de 1976, que diera origen al engendro nefasto llamado “Proceso militar”, y frente a la percepción de que las causas ideológicas que lo generaron siguen aún vigentes, con el consiguiente daño que se produce a la Patria, cabe reflexionar atentamente, para detener la vorágine de odio y de rencor, de enemistad y de enfrentamiento que cada día envuelve más y más a los argentinos.

Considerando el tema que nos preocupa, es necesario dejar en claro nuestra consigna, que refleja nuestra posición, y nuestra consigna es que no queremos: ni militares golpistas, ni subversivos marxistas; ni triple A, ni Montoneros; ni gobierno democrático corrupto, ni gobierno por golpe militar aún más corrupto; ni izquierda, ni derecha; ni comunismo, ni liberalismo; ni Marx, ni Adam Smith; ni olvido, sin pedir perdón, ni memoria, sin perdonar.

No más golpes de Estado, nunca más; no más guerrilla subversiva, nunca más; no más divisiones entre los argentinos, nunca más; no más enfrentamientos, nunca más; no más rencor, no más odio, nunca, nunca, nunca más.

Queremos una Argentina justa, solidaria, fraterna, sin divisiones ideológicas, sin enfrentamientos, producto de los fantasmas ideológicos maniqueos que consideran, al que no piensa como uno, que el otro es un enemigo al cual hay que eliminar.

No es una utopía pensar que los argentinos podemos dedicarnos, todos juntos, unidos bajo una misma hermandad nacional, a solucionar los graves problemas -de orden económico, moral, espiritual- que aquejan a nuestra Patria, que no son de hoy ni de ayer, sino de siempre.

No es una utopía, pero también es cierto que ninguna ideología, de ningún signo, ni de derecha, ni de izquierda, ni de centro, habrá de traer paz, tranquilidad, prosperidad y unidad a la Nación Argentina.

Ninguna ideología, del signo que sea, unirá en una misma hermandad a los argentinos, porque la ideología, por definición -sea de derecha, de izquierda o de centro-, es sectaria, cainita, disolvente, generadora y perpetuadota de enfrentamientos, puesto que su misma naturaleza maniquea le exige, para sobrevivir, una contraparte “negativa”, a la cual hay que destruir para progresar. Pero, al mismo tiempo que destruye a su contraparte, la ideología debe reconstruirla nuevamente, so pena de quedarse inmóvil y petrificada, y la reconstruye para destruirla nuevamente, repitiendo el proceso hasta el infinito.

La ideología funciona con un perverso mecanismo de tesis-antítesis-síntesis, ya que de lo contrario desaparece, y es por este motivo que es incapaz de traer paz y orden.

La paz volverá a la Argentina, y a todos sus habitantes, no por las ideologías, del signo que sean, sino cuando sea Cristo Dios, Rey pacífico, quien reine en los corazones de los argentinos; la paz llegará a los argentinos cuando sea su gracia la que ilumine nuestras mentes, cuando sea su Ley, la Ley Nueva, la ley de la caridad, la que guíe nuestro obrar.

Esto es posible, porque en Cristo desaparece la Enemistad; en su cruz se da muerte al enfrentamiento entre los hombres; con su cruz y con su Sangre, Cristo derriba el muro de odio que se levanta entre los hombres, impidiendo ver que uno es el hermano del otro, y que los dos son hijos de un mismo Dios.

Al contemplar a Cristo crucificado y resucitado, desaparece del horizonte del hombre el muro de enemistad y de odio cainita que lo enfrentaba a su hermano, a su prójimo, y en Cristo se reconcilia y se hermana, con una fraternidad infinitamente más fuerte que la biológica, porque queda unido a su hermano por la Sangre y el Espíritu de Cristo.

En Cristo, muerto en cruz y resucitado, el hombre encuentra la paz, no la que da el mundo (cfr. Jn 14, 27), que es una paz basada en meros factores externos, sin transformación interior, sino la paz de Dios, una paz que originándose en el Corazón mismo de Cristo Dios se derrama sobre los hombres, en su ser más profundo e interior, disolviendo para siempre, en la beata alegría y en el perdón del Ser divino, el odio ciego que desde Caín se transmite a los hombres.

Que Cristo sea nuestra paz, que Él ha derribado de una vez para siempre al muro de odio que separaba a los hombres, y que ha destruido, con el poder de su Sangre, a la Enemistad, lo dice San Pablo: “Cristo es nuestra paz; Él derribó con la cruz el muro de odio que enfrentaba a los pueblos y dio muerte a la Enemistad” (cfr. Ef 2, 13-14).

Es esta paz, la que brota de Cristo crucificado, el Cristo que gloriosamente preside el Congreso de Tucumán, que nos hizo nacer como Nación, la que queremos para nuestra Patria.

En los orígenes fundacionales del Ser nacional, sobre las entrañas mismas de la Patria Naciente en Tucumán, se derrama la gloriosa Sangre del Hombre-Dios, la Sangre que sella en la paz de Dios los corazones de los hombres.

Es esta paz la que imploramos a la Trinidad, por la intercesión de la Madre de Nuestra Patria, la Virgen de Luján, y por la intercesión del Ángel Custodio de Argentina.