Nuestra Señora de Malvinas
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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Al Ángel Custodio de la Patria Argentina


         
         Amado Ángel Custodio de Argentina, nos dirigimos a Ti, a quien la Divina Providencia ha puesto para que veles sobre nuestra Patria, para que, intercediendo ante Dios Uno y Trino, a quien tú adoras, amas y sirves, y por la mediación de María Santísima, nos concedas a los argentinos la paz del Señor Jesús, la única paz verdadera que puede dar reposo al alma. Pero para obtener esta paz celestial, que inunda al alma desde lo más profundo del ser, es necesario que los argentinos elevemos la mirada para contemplar a Jesús Misericordioso y clamar su misericordia, según sus propias palabras: “La humanidad no encontrará la paz, hasta que no se vuelva con confianza a mi Misericordia”[1]. No encontraremos la paz, hasta que no elevemos la mirada a Jesús Misericordioso.
         Santo Ángel Custodio de Argentina, vela sobre nuestra amada Patria, nacida bajo la Santa Cruz del Salvador y cobijada por el Manto celeste y blanco de la Patrona y Dueña de la Patria, Nuestra Señora de Luján.
         En nuestros días los argentinos necesitamos, hoy más que nunca, arrodillarnos ante Jesús crucificado, el mismo Jesús que, desde la cruz, presidió en el Congreso de Tucumán la Declaración de la Independencia. Los argentinos nacimos bajo la cruz de Cristo, porque fue ante Él, el Cristo de los congresales, que se declaró el nacimiento de la Patria Argentina en la Casa Historica. Los argentinos también nacimos bajo el manto de María, porque el General Belgrano le dio los colores celeste y blanco a la Bandera Nacional, como homenaje a la Inmaculada Concepción de Luján, de manera que al contemplar nuestra Enseña Patria, contemplamos, al mismo tiempo, el Manto de la Virgen.
         Como Patria y como Nación, los argentinos vivimos días oscuros, días de confrontación, división y discordia, que lleva a mirar al hermano como a un enemigo, lo cual es aborrecible a los ojos de Dios -"la discordia es peor que la hechicería" (cfr. 1 Sam 15, 23)- y esto nos sucede porque nuestras leyes, la gran mayoría de nuestras leyes humanas, no se basan en la Ley de Dios. Los argentinos vivimos días turbulentos porque nos hemos alejado, voluntariamente, del Único que puede darnos la paz, Jesucristo, el Hombre-Dios.
         Oh Santo Ángel Custodio de Argentina, tú que estás delante de Dios, adorándolo día y noche en los cielos; tú que te postras ante el Cordero de Dios; tú que te gozas y alegras por la contemplación de Dios Uno y Trino; tú que estás a las órdenes de la Madre de Dios, Reina de los ángeles, te pedimos que veles sobre nuestra Amada Patria Argentina, para que en ella reine la paz de Dios, para que los argentinos elevemos la mirada al Dador de toda paz verdadera, Cristo Jesús. Ruega también a la Dueña y Patrona de la Patria, la Virgen Inmaculada, Nuestra Señora de Luján, para que su Manto celeste y blanco se extienda sobre nuestra amada Argentina, para que la proteja y libere de sus enemigos -que no son el hermano argentino, el compatriota, sino “las potestades oscuras de los aires” (cfr. Ef 6, 12)-, para que así, protegidos por María Santísima, el amor de Dios sea infundido en los corazones de todos los argentinos.
Sólo así, arrodillados ante la Santa Cruz, abrazando y besando los pies llagados de Jesús Crucificado, y cubiertos por el Manto celeste y blanco de Nuestra Señora de Luján, los argentinos tendremos paz, no la paz “como la da el mundo” (cfr. Jn 14, 27), sino la paz que sobreviene al alma por la gracia del Dador de la paz verdadera, el Hombre-Dios Jesucristo.



[1] Diario de Sor Faustina, 300.

jueves, 5 de mayo de 2011

Carlos Saavedra Lamas, Premio Nobel de la Paz argentino

En un mundo en donde
la guerra, el odio y el enfrentamiento
entre hermanos
es cosa de todos los días,
este insigne argentino
trabajó por la paz,
haciéndose acreedor
de las bienaventuranzas de Nuestro Señor:
"Bienaventurados los que trabajan por la paz" (cfr. Mt 5, 1-12).

El 5 de Mayo de 1959, muere en Buenos Aires Carlos Saavedra Lamas, el primer premio Nobel argentino. Había nacido en 1878 ; jurisconsulto e internacionalista de renombre Ministro de Justicia e Instrucción Pública y luego Canciller (1932-1938). Presidió la Conferencia Internacional del Trabajo en Ginebra (1928); miembro de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya; presidió la Conferencia de la Paz del Chaco (1936) entre Bolivia y Paraguay; rector de la Universidad de Buenos Aires (1941-1943).

“Durante la gestión de Justo, el Ministro Saavedra Lamas contribuyó a romper el aislamiento al que habían llevado al país los gobiernos de Yrigoyen, cuando en nombres de principios morales, se habían obstaculizado alianzas provechosas.” “Esta apertura permitió a la Argentina desempeñar un papel determinante en la solución del conflicto bélico en el que se enfrentaban Bolivia y Paraguay por la posesión del Chaco boreal.” “Tras prolongadas negociaciones en 1935 (el 14 de junio) se firmó en la capital argentina el armisticio que terminó con las hostilidades. Por tal motivo se otorgó a Saavedra Lamas el premio Nobel de la Paz” (Félix Luna – “Historia Integral de la Argentina)

Estos hombres forjaron el prestigio nacional; con su pensamiento y con su acción contribuyeron a la unión latinoamericana colocando a la Argentina en el podio de los países respetados por el mundo

Hace poco se firmó en la Argentina, con bombos y platillos, el Tratado Definitivo a los 75 años, pero no hubo una palabra de reconocimiento para Saavedra Lamas.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cristo en la cruz ha derribado para siempre el odio que enfrentaba a los hermanos

Que la Sangre del Cristo de la Jura de la Independencia
selle la paz de Dios en los corazones de los argentinos

Ante un nuevo aniversario del golpe militar de 1976, que diera origen al engendro nefasto llamado “Proceso militar”, y frente a la percepción de que las causas ideológicas que lo generaron siguen aún vigentes, con el consiguiente daño que se produce a la Patria, cabe reflexionar atentamente, para detener la vorágine de odio y de rencor, de enemistad y de enfrentamiento que cada día envuelve más y más a los argentinos.

Considerando el tema que nos preocupa, es necesario dejar en claro nuestra consigna, que refleja nuestra posición, y nuestra consigna es que no queremos: ni militares golpistas, ni subversivos marxistas; ni triple A, ni Montoneros; ni gobierno democrático corrupto, ni gobierno por golpe militar aún más corrupto; ni izquierda, ni derecha; ni comunismo, ni liberalismo; ni Marx, ni Adam Smith; ni olvido, sin pedir perdón, ni memoria, sin perdonar.

No más golpes de Estado, nunca más; no más guerrilla subversiva, nunca más; no más divisiones entre los argentinos, nunca más; no más enfrentamientos, nunca más; no más rencor, no más odio, nunca, nunca, nunca más.

Queremos una Argentina justa, solidaria, fraterna, sin divisiones ideológicas, sin enfrentamientos, producto de los fantasmas ideológicos maniqueos que consideran, al que no piensa como uno, que el otro es un enemigo al cual hay que eliminar.

No es una utopía pensar que los argentinos podemos dedicarnos, todos juntos, unidos bajo una misma hermandad nacional, a solucionar los graves problemas -de orden económico, moral, espiritual- que aquejan a nuestra Patria, que no son de hoy ni de ayer, sino de siempre.

No es una utopía, pero también es cierto que ninguna ideología, de ningún signo, ni de derecha, ni de izquierda, ni de centro, habrá de traer paz, tranquilidad, prosperidad y unidad a la Nación Argentina.

Ninguna ideología, del signo que sea, unirá en una misma hermandad a los argentinos, porque la ideología, por definición -sea de derecha, de izquierda o de centro-, es sectaria, cainita, disolvente, generadora y perpetuadota de enfrentamientos, puesto que su misma naturaleza maniquea le exige, para sobrevivir, una contraparte “negativa”, a la cual hay que destruir para progresar. Pero, al mismo tiempo que destruye a su contraparte, la ideología debe reconstruirla nuevamente, so pena de quedarse inmóvil y petrificada, y la reconstruye para destruirla nuevamente, repitiendo el proceso hasta el infinito.

La ideología funciona con un perverso mecanismo de tesis-antítesis-síntesis, ya que de lo contrario desaparece, y es por este motivo que es incapaz de traer paz y orden.

La paz volverá a la Argentina, y a todos sus habitantes, no por las ideologías, del signo que sean, sino cuando sea Cristo Dios, Rey pacífico, quien reine en los corazones de los argentinos; la paz llegará a los argentinos cuando sea su gracia la que ilumine nuestras mentes, cuando sea su Ley, la Ley Nueva, la ley de la caridad, la que guíe nuestro obrar.

Esto es posible, porque en Cristo desaparece la Enemistad; en su cruz se da muerte al enfrentamiento entre los hombres; con su cruz y con su Sangre, Cristo derriba el muro de odio que se levanta entre los hombres, impidiendo ver que uno es el hermano del otro, y que los dos son hijos de un mismo Dios.

Al contemplar a Cristo crucificado y resucitado, desaparece del horizonte del hombre el muro de enemistad y de odio cainita que lo enfrentaba a su hermano, a su prójimo, y en Cristo se reconcilia y se hermana, con una fraternidad infinitamente más fuerte que la biológica, porque queda unido a su hermano por la Sangre y el Espíritu de Cristo.

En Cristo, muerto en cruz y resucitado, el hombre encuentra la paz, no la que da el mundo (cfr. Jn 14, 27), que es una paz basada en meros factores externos, sin transformación interior, sino la paz de Dios, una paz que originándose en el Corazón mismo de Cristo Dios se derrama sobre los hombres, en su ser más profundo e interior, disolviendo para siempre, en la beata alegría y en el perdón del Ser divino, el odio ciego que desde Caín se transmite a los hombres.

Que Cristo sea nuestra paz, que Él ha derribado de una vez para siempre al muro de odio que separaba a los hombres, y que ha destruido, con el poder de su Sangre, a la Enemistad, lo dice San Pablo: “Cristo es nuestra paz; Él derribó con la cruz el muro de odio que enfrentaba a los pueblos y dio muerte a la Enemistad” (cfr. Ef 2, 13-14).

Es esta paz, la que brota de Cristo crucificado, el Cristo que gloriosamente preside el Congreso de Tucumán, que nos hizo nacer como Nación, la que queremos para nuestra Patria.

En los orígenes fundacionales del Ser nacional, sobre las entrañas mismas de la Patria Naciente en Tucumán, se derrama la gloriosa Sangre del Hombre-Dios, la Sangre que sella en la paz de Dios los corazones de los hombres.

Es esta paz la que imploramos a la Trinidad, por la intercesión de la Madre de Nuestra Patria, la Virgen de Luján, y por la intercesión del Ángel Custodio de Argentina.