Nuestra Señora de Malvinas

viernes, 30 de agosto de 2019

Carta a los pilotos argentinos del Coronel Pierre Clostermann

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A LOS PILOTOS ARGENTINOS
Carta del coronel Pierre Clostermann a los pilotos argentinos.

Durante la guerra de Malvinas embroncado por las declaraciones despectivas, tontas y falsas de los medios anglosajones sobre la FuerzaAérea argentina, Pierre Clostermann envía una carta de apoyo, de gran resonancia, a Lami Dozo, jefe de estado mayor de la FAA.

En la revista Paris-Match del 10 de diciembre de 1982, Pierre Clostermann escribe un artículo llamado “Le Grand Cirque des Malouines” haciendo alusión a su libro “Le Grand Cirque” Memorias de un piloto de los franceses libres en la RAF.

Él describe los aviones en presente (aceleración y velocidad de la veintena de Mirage no reabastecibles en vuelo, maniobrabilidad y baja velocidad de los Harrier) y recuerda las dificultades de volar por debajo de los aulladores 50 metros a nivel del mar en otoño.
Este artículo suscitó el enojo de sus camaradas de la RAF y tuvo una respuesta furiosa y misógina del embajador de Inglaterra en París.

Aunque le valió una “desinvitación” del attaché militar británico en París, que luego fue desautorizada por el comandante en jefe de la RAF en el Reino Unido, Pierre Clostermann presidió la fiesta de aniversario de la Batalla de Inglaterra.

El texto de la carta de Pierre Clostermann:

A ustedes, jóvenes argentinos compañeros pilotos de combate quisiera expresarles toda mi admiración. A la electrónica más perfeccionada, a los misiles antiaéreos, a los objetivos más peligrosos que existen, es decir los buques, hiciste frente con éxito.

A pesar de las condiciones meteorológicas más terribles que puedan encontrarse en el planeta, con una reserva de apenas pocos minutos de combustible en los tanques de nafta, al límite extremo de vuestros aparatos, habéis partido en medio de la tempestad en vuestros "Mirage", vuestros "Etendard", vuestros "A-4", vuestros "Pucará" con escarapelas azules y blancas.

A pesar de los dispositivos de defensa antiaérea y del los SAM de buques de guerra poderosos, alertados con mucha anticipación por los "AWACS" y los satélites norteamericanos, habéis arremetido sin vacilar.

Nunca en la historia de las guerras desde 1914, tuvieron los aviadores que enfrentar una combinación tan terrorífica de obstáculos mortales, ni aun los de la RAF sobre Londres en 1940 o los de la Luftwaffe en 1945.

No sólo vuestro coraje ha deslumbrado al pueblo argentino sino que somos muchos los que en el mundo estamos orgullosos que seáis nuestros hermanos pilotos.

A los padres y a las madres, a los hermanos y a las hermanas, a las esposas y a los hijos de los pilotos argentinos que fueron a la muerte con el coraje más fantástico y más asombroso, les digo que ellos honran a la Argentina y al mundo latino.

Ay!: la verdad vale únicamente por la sangre derramada y el mundo cree solamente en las causas cuyos testigos se hacen matar por ella.

Coronel Pierre Clostermann

Armée de l'Air
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viernes, 16 de agosto de 2019

Todos los caminos de la Bandera Nacional Argentina conducen a la Inmaculada Concepción


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         ¿Dónde se originaron los colores de la Bandera Nacional Argentina? Antes de responder a la pregunta, hay que descartar, de plano, la teoría liberal-masónica de que el cielo, con su celeste y blanco naturales, fueron los que inspiraron a Belgrano para su creación. Esta teoría no tiene más sustento que la intención de aquellos que quieren desterrar a Dios de todo lo humano, especialmente de nuestra insignia nacional, en este caso.
         Cuando se investiga, con seriedad científica, el origen de los colores de la Bandera Nacional Argentina, se puede decir, parodiando al dicho que dice que “todos los caminos conducen a Roma” que “todos los caminos de la Bandera Nacional conducen a la Inmaculada Concepción”. En efecto, una primera señal está dada por el testimonio del hermano de Belgrano, el Sargento Carlos Belgrano, quien afirmó que “los colores de la Bandera Nacional fueron tomados por mi hermano del manto de la Inmaculada Concepción, de la cual era ferviente devoto”. Es decir, fue un acto de devoción mariana, pues quiso honrar el General Belgrano a la Santísima Virgen, dándole a la insignia nacional argentina los colores de su manto. Esto es sumamente importante, porque significa que Dios mismo quería que nuestra Bandera Nacional llevara los colores de la Virgen, porque si fue un acto de devoción mariana, fue un acto mediado por la gracia y es de Dios de quien proviene toda gracia, siendo la Virgen la Mediadora de toda gracia.

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         Según otra teoría, los colores de la Bandera Nacional habrían sido dados por el General Belgrano por ser estos colores los distintivos de la “Real y Distinguida Orden Española de Carlos III”, establecida por Carlos III, rey de España –creador del Virreinato del Río de la Plata, con su capital en Buenos Aires-, mediante real cédula de 19 de septiembre de 1771. Puesto que el rey Carlos III era muy devoto de la virgen María, eligió el azul celeste y el blanco como los colores de la Orden, que son a su vez los colores de la Inmaculada Concepción. Es decir, Carlos III hizo lo mismo que Belgrano: por devoción a la Virgen y en un acto de devoción mariano, dio a su Orden los colores de la Inmaculada Concepción[1].
Entonces, según esta teoría, fue de esta Orden de Carlos III de donde el General Manuel Belgrano tomó los colores de la Bandera Nacional. Esta teoría coincide con lo declarado por el Sargento Carlos Belgrano, puesto que también en este caso, la intención de Belgrano era honrar a la Inmaculada Concepción, cuyos colores llevaba la Orden del rey Carlos III.
De esto se deduce que, por un camino u otro, al investigar el origen de los colores de la Bandera Nacional Argentina, se llega siempre al mismo punto: el origen es el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción. Por esta razón, como decía Liniers a los soldados que combatían contra los invasores ingleses, “besar la Bandera Nacional es besar el manto de la Inmaculada Concepción”.






[1] Por esta razón solemos ver a los Reyes de España con condecoraciones celeste y blanco, los mismos colores de la bandera argentina; pues se trata precisamente de la Real Orden de Carlos III, de la cual provienen los colores de la insignia nacional del país americano.

lunes, 8 de julio de 2019

Argentina debe regresar al 9 de Julio de 1816


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          En un mundo globalizado como en el que vivimos, las naciones tienden a unificar su gobierno, su comercio, sus relaciones exteriores, para acomodarse a un no muy lejano gobierno mundial, en el que todas las naciones del mundo se encontrarán bajo su dominio. Sin embargo, este proceso de asimilación global no es inocuo, porque implica, para las naciones, dejar de lado sus orígenes fundacionales, en aras de esta integración global. Lo negativo de este gobierno mundial en ciernes es que se trata de un gobierno tecnocrático, eficientista, en el que solo importan los datos macro y microeconómicos y en donde las personas son dejadas de lado en aras de la eficiencia económica. La integración en un gobierno mundial implica también dejar de lado los nacionalismos y los orígenes fundacionales de las naciones, los cuales son vistos como obstáculos en la integración global. En nuestro caso, no fue por casualidad que la Independencia de la Nación argentina se firmara a los pies de Cristo crucificado, puesto que se aceptaba a la religión católica como la religión de la Nueva Nación que surgía sobre la faz de la tierra.
          La integración global supone, para nuestra Patria, dejar de lado aquello que nos constituyó como Nación y es la creencia en un Dios que se hizo carne y que murió en la Cruz para redimirnos y en una Madre celestial que nos dio su manto celeste y blanco como Bandera Nacional. Integrarnos a un gobierno global significa dejar de lado nuestra religión católica, que es la religión fundante de nuestra Nación. En efecto, el Acta de la Independencia se firmó a los pies del llamado “Cristo de los Congresales”, un crucifijo donado para la ocasión por los franciscanos por lo que podemos decir, con toda razón, que el Acta de la Independencia fue empapada con la Sangre del Redentor Jesucristo.
          Sólo si Argentina vuelve a sus orígenes fundacionales, esto es, la firma del Acta de la Independencia a los pies del crucifijo y sólo si la Nación Argentina se postra ante los pies de Jesús crucificado, cubierta la Nación por el manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción, será capaz de resistir los embates globalistas y salir airosa de sus pretensiones ateas. De otra manera, si no regresamos a nuestros orígenes fundacionales -Cristo crucificado y la Inmaculada Concepción-, sucumbiremos presa de los globalistas materialistas y ateos que buscan destronar a Dios y su Cristo del corazón de los argentinos.

lunes, 17 de junio de 2019

La Bandera Argentina tiene los colores de la Virgen por deseo de Dios


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          La Bandera Argentina lleva los colores celeste y blanco y la razón es que el General Belgrano, su creador, quiso explícitamente que llevara los colores del manto de la Virgen. No es verdad, como enseña el mito liberal y masónico, que los colores se deben al cielo y las nubes. Está comprobado, históricamente, que el General Belgrano, quien era devoto de la Inmaculada Concepción, quiso honrar a la Virgen, dándole a la Bandera los colores de su manto. El dato es histórico y lo da el hermano del General, el Sargento Belgrano, quien declaró: “Mi hermano quiso honrar a la Inmaculada Concepción dándole a la Bandera los colores de su manto”. Es decir, lo que hizo el general Belgrano, fue un acto de devoción a la Virgen, un acto de devoción mariana. Esto es de suma importancia para la consideración del origen de los colores de la Bandera Argentina, porque si fue un acto de devoción mariana, esto implica una intervención directa de Dios, quien fue el que puso en la mente y en el corazón de Belgrano la intención y el deseo de que la Bandera de la nueva Nación llevara los colores de la Virgen Inmaculada. Esta intervención de Dios no es intrascendente, porque cambia radicalmente el origen de los colores: si la elección de los colores del manto de la Inmaculada para que fueran los colores de la nueva bandera no vino de Belgrano, sino de Dios, es porque esto fue una gracia de Dios y si fue una gracia, la idea y el deseo vinieron de Dios y no de Belgrano. Es decir, debido a que lo que hizo Belgrano fue un acto de devoción mariana, esto quiere decir que fue necesaria la gracia para ello y si fue una gracia, vino de Dios, que es la Gracia Increada y Fuente de toda gracia. Esto significa, en pocas palabras, que el gesto de Belgrano no se originó en él, sino que fue solo una respuesta a la intervención divina, por lo que fue Dios y no Belgrano, quien quiso que la Argentina llevara los colores del manto de la Inmaculada Concepción.
          Cuando besemos el manto de la Inmaculada, nos parecerá estar besando a la Bandera Nacional y cuando besemos a la Bandera Nacional, nos parecerá estar besando el manto de la Virgen Inmaculada. ¡Dichosa nuestra Patria, cuya Bandera Nacional es el manto celeste y blanco de la Virgen Inmaculada de Luján!

viernes, 14 de junio de 2019

Luis Cervera, piloto de A-4B Skyhawk: "Los ingleses en Malvinas van a vivir siempre amenazados, porque están en un lugar que no les corresponde"

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Luis Cervera piloto argentino de A-4B Skyhawk VGM: "Siempre se van a sentir amenazados, siempre.

Van a vivir con el fantasma detrás de ellos que van a ser atacados en cualquier momento.
Porque están en un territorio que no les corresponde.

Si estuvieran en su casa, estarían muy tranquilos sin reforzar nada. Siempre se van a vivir amenazados.
Tenga o no tenga posibilidades de atacar Argentina, porque no la pasaron bien.
La pasaron muy mal.

Era la tercera flota del mundo, y, sin embargo, perdió siete barcos.

Hundir siete barcos de una flota como la era la de Inglaterra, no se la comió nadie en el mundo todavía.

Siete hundidos, 11 totalmente destruidos, que no se hundieron pero quedaron inservibles, flotando como cáscaras de nuez en el Atlántico.

Ocho que volvieron hechos pedazos. Entonces no es para que vivan tranquilos.

Van a vivir asustados. Porque nosotros, con muy poco, con muy poco equipamiento, con nuestras limitaciones, le hicimos un daño tremendo a Inglaterra que todavía no lo digirió, no logra entender qué es lo que le pasó en Malvinas".
(https://www.facebook.com/vuelebajo/photos/a.657175514414303/1596988000433045/?type=3&theater)

viernes, 7 de junio de 2019

2 de Abril: los eventos de una recuperación perfecta


La recuperación de las Islas Malvinas para su incorporación definitiva a la soberanía nacional ya había sido decidida. La precipitó lo que los ingleses consideraron un incidente con operarios de una empresa argentina que izaron en la punta de un remo una bandera argentina. La mecha estaba encendida. Se haría un asalto directo y sorpresivo a la capital, Puerto Argentino, para provocar una repercusión política internacional tal que obligara a Gran Bretaña a negociar seriamente la soberanía de las islas de acuerdo a las resoluciones de Naciones Unidas. 

Debían evitarse bajas enemigas, instalar un gobierno argentino en las islas y retirar las fuerzas de recuperación, dejando sólo los efectivos indispensables para la seguridad. Cada Comandante y Jefe de Batallón o Regimiento recibió cinco sobres lacrados que se abrirían al recibir la orden.

Con un sol radiante del 28 de marzo, como todavía acostumbra regalar marzo en la zona de Puerto Belgrano, zarparon de la base naval el buque de desembarco ARA “Cabo San Antonio” con todo el Batallón de Infantería de Marina Nº 2 (BIM2) a bordo, unos 750 hombres. También 20 VAOS (vehículos anfibios a oruga) y un VAR (a rueda); 30 vehículos de la Infantería de Marina y parte del Regimiento de Infantería Nº 25 del Ejército; en total una carga de combate de 8 mil toneladas.

De la misma dársena soltó amarras el buque insignia de la Flota de Mar, destructor misilístico ARA “Santísima Trinidad”, con las tropas de Fuerzas Especiales de la Armada que tomarían el cuartel de los Royal Marines, más los hombres (16 entre buzos tácticos y comandos anfibios) quienes bajo órdenes del Capitán de Corbeta Pedro Edgardo Giacchino tomarían la casa del Gobernador para lograr su rendición.

A esas alturas el submarino ARA “Santa Fe”, que la noche anterior había bajado su periscopio mientras abandonaba aguas marplatenses haciéndose invisible, navegaba hacia el sur para sumarse a la operación. A bordo iba la Agrupación Buzos Tácticos encargados de marcar la playa para el desembarco del BIM2. Mientras que en el rompehielos ARA “Almirante Irizar” iba el personal de reserva y un helicóptero Puma del Ejército.

El resto de la Fuerza de Tareas N° 40 estaba integrado por el destructor misilístico ARA “Hércules”, el portaaviones ARA “25 de Mayo”; los destructores ARA “Py”, ARA “Seguí” y ARA “Piedrabuena”; las corbetas ARA “Drummond” y ARA “Granville”, y el transporte ARA “Isla de los Estados”. También, por ser una operación naval conjunta, incluyó a un avión C-130 Hércules de la Fuerza Aérea; unidades de la 1° y 2° Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros; aviones caza A 4-Q de la 3° Escuadrilla Aeronaval de Ataque; y aviones S2T-Tracker de la Escuadrilla Aeronaval Antisubmarina. El puño que daría el primer golpe no podía titubear.

Al poco tiempo de zarpar, se dio la orden de abrir los sobres. La operación sería la recuperación de las Islas Malvinas. Los buques navegaron a toda máquina, pero desde el 29 –y por tres días– los frenó un temporal capaz de sacudir hasta la mesoatlántica -cordillera bajo el mar–; tanto que un rolido alcanzó los 46°. Muchos hombres de las tripulaciones fueron afectados por mal de mar, por lo que el día “D” previsto originalmente para el primer día de abril debió retrasarse. Era preciso al menos un día de mar calmo para efectuar el desembarco.

La operación de recuperación de las Malvinas había sido bautizada inicialmente como “Operación Azul”, pero en medio del fuerte temporal el entonces Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldín, embarcado en el “Cabo San Antonio”, recordó que cuando ocurrieron las invasiones inglesas al Río de la Plata, el General Liniers había enfrentado inclemencias que cesaron cuando invocó a la Virgen del Rosario. 

Por esa sugerencia, el Contralmirante Büsser, Jefe de la Fuerza de Desembarco, rebautizó la operación como “Operación Rosario”: el cambio en las condiciones climáticas que posibilitó el inicio de las acciones el 2 de abril quedó para siempre adjudicado a la intercesión de la Virgen. Sin embargo, el factor sorpresa se había perdido.

“Habitantes de las Islas Falklands, les habla el Gobernador Hunt, tenemos información que una fuerza de tareas argentina zarpó del continente y viene navegando hacia las Islas (…)”; fue parte del mensaje que se escuchó la noche del 1° de abril en la radio del “Cabo San Antonio”.

Algunos planes cambiaron. Los desembarcos pensados hacia el Noreste de las islas se replanificaron hacia el Este. Sobre las frías aguas del Atlántico Sur emergió de las profundidades una silueta robusta. Primero el tubo periscopio, luego la torreta y finalmente el resto del submarino ARA “Santa Fe”. 

Esperaban la recepción de la que sin dudas sería la orden más importante de sus carreras. Regía el silencio absoluto de radio, por lo que el señalero se dirigió al reflector de señales y envió en Morse luminoso: “Operación Rosario: aguardo confirmación”.

Mil metros a babor del submarino, desde el ARA “Santísima Trinidad” que ya había ingresado a la Bahía Enriqueta, los parpadeos de luces fueron claros. “Hora y lugar confirmados”. El “Santa Fe” viró y se sumergió.

Recuperar las islas
A bordo del “Santísima Trinidad”, los comandos anfibios y buzos tácticos se prepararon concentrados en su objetivo. Repasaron en sus mentes la que debía ser su actitud durante el desplazamiento y en el objetivo mismo. Pondrían en práctica lo que tantas veces, en las peores condiciones climáticas y de mar grueso, habían entrenado. 

Por algún motivo sintieron que todo se aceleró; se impartieron las acciones a desarrollar y toda la secuencia de aproximación de buque a costa. Los kayaks serían los primeros y una vez asegurada la cabecera de playa, desembarcaría el resto de las Fuerzas Especiales.

Dibujaron la carta en sus cabezas: distancias, rumbos, obstáculos, alambradas, caminos, alturas, ríos, todo. Lo estudiaron al detalle para que ese mapa fuera parte suya. Probaron el armamento y lo limpiaron. Les dieron granadas, donde cada uno llevó las que creía que podía necesitar, y cargadores con alrededor de 1500 disparos a granel.

Esa noche se reunieron en equipos de combate y, con todas las luces apagadas, sobre las 21 del 1º de abril comenzó el movimiento buque a costa. El “Santísima Trinidad” paró motores. Se tendieron las redes de desembarco, se cargaron las mochilas y descendieron a toda velocidad.

La oscuridad de la nubosa noche sólo era interrumpida por una tenue luz de luna que parecía cómplice de la operación. Los cachiyuyos –similares a algas– se enredaban en los motores de los botes y complicaban el avance, que continuaba a fuerza de machetazos. Entrada la noche la oscuridad se cerró más y la delgada línea que hacía minutos representaba la costa, desapareció. 

La playa regalaba una sola rompiente que resonaba con fuerza y ocultaba los ruidos. Ni siquiera se oían los motores que llegaban más atrás. Cuando varó el primer kayak un silencio absoluto habitaba la costa y no se veía absolutamente nada. Hasta las luces de la ciudad y el faro San Felipe fueron apagadas.

Con una rápida técnica de barrido en flor de unos 150 mtrs., los primeros comandos aseguraron la zona y con el visor nocturno hicieron la marcación infrarroja a los otros botes, que desembarcaron y armaron la cabeza de playa unos 250 metros más adelante. Luego desembarcaron los 20 botes restantes.

Como un relámpago se encolumnaron y avanzaron a los objetivos. En el punto de disloque, la patrulla del Capitán Pedro Giachino se abrió hacia la Casa de Gobierno mientras el resto siguió avanzando con el Capitán Guillermo Sánchez Sabarots hacia el cuartel de los Royal Marines. 

Estaban marginales con el tiempo, por lo que debieron apretar la marcha. Faltando cuatro minutos para las 6 cruzaron el puente donde la avanzada ya había preparado las cargas de demolición para aislar el objetivo, de ser necesario. Nada entra, nada sale.

Iniciaron el asalto. Desde el cuartel comenzaron a tirar hacia la zona del Teniente Sergio Robles, abriendo una brecha por donde los ingleses se fugaron. Los comandos ingresaron al cuartel rompiendo puertas y ventanas. Cada uno tenía un lugar de ingreso específico. “Limpiaron” el cuartel recorriendo todo. Segundos después arriaron la bandera inglesa e izaron la argentina. Fue la primera bandera que volvió a flamear en Malvinas.

Mientras tanto en la casa del gobernador se solicitaba la rendición. “Mister Hunt, somos marinos argentinos, la isla está tomada, los vehículos anfibios han desembarcado y vienen hacia aquí, hemos cortado su teléfono y le rogamos que salga de la casa solo, desarmado y con las manos sobre la cabeza, a fin de prevenir mayores desgracias. Le aseguro que su rango y dignidad, así como la de toda su familia, serán debidamente respetados”, dijo el Teniente Diego García Quiroga, quien ya secundaba a Giachino.

No obtuvieron respuesta y por eso arrojaron una granada para disuadirlos. Una voz que provenía de la casa contestó: “Mr. Hunt is going to get out.” Pero no salió. García Quiroga reiteró el mensaje, pero la voz aseguró: “Don’t go (Mr. Hunt),” y esas palabras vinieron seguidas de un tiroteo.

Lo que siguió se inscribió para siempre en la historia de la recuperación de Malvinas y fue parte del precio de ver la bandera argentina en alto. Giachino y García Quiroga seguidos de tres hombres se lanzaron al interior de la casa. El primero rompió el vidrio de una puerta y abrió el picaporte. El resto fue cuestión de segundos: un feroz tiroteo, a Giachino lo alcanzan las balas británicas, cae y el segundo en resultar gravemente herido es García Quiroga, que iba detrás.

–Me dieron, Cristina, me dieron–dijo Giachino, como si desde el continente su mujer pudiese escucharlo–. García Quiroga sintió que le arrancaban el brazo, fue el primer tiro; el otro le dio en el abdomen. Hoy una navaja suiza exhibida en la Agrupación Buzos Tácticos es la muestra de suerte, que también es azar y destino, porque paró la bala que reclamaba su vida.

Giachino llamó al Cabo enfermero Urbina, pero éste también había sido batido. Ya en el suelo y anticipándose a la posible pérdida de conocimiento, el Capitán Giachino tomó la correa de sus binoculares y ató la granada –con la que rompió la ventana– para que no explote, evitando la muerte de todos los de la casa. A esas alturas ya estaba bañado en sangre.

La patrulla de Sánchez Sabarots escuchó los estruendos de la balacera que resonaron desde la Casa de Gobierno y corrieron a apoyar a Giachino que estaba a unos 7 kms. A unos 500 mtrs. de la Gobernación se separaron. Sabían que la fracción inglesa los superaba en número. Avanzaron desplegados de a cuatro viendo las cabezas y las antenas de comunicaciones enemigas. A pesar de llevar el arma cargada con el fuego abierto tenían la orden de no causar bajas enemigas.

A 50 mtrs. de la casa se levantaron todos juntos avanzando con las armas apuntadas y, cuando saltaron un ligustro espinoso listos a descargar, se escucharon las voces de alto el fuego en español y en inglés.

Tres horas antes, en un punto más al Noreste y ya promediando la madrugada los buzos tácticos del “Santa Fe”, enfundados en sus trajes secos y completamente camuflados, desembarcaron para cumplir con su misión. Doce hombres. Apenas tocaron la costa una bengala los iluminó como si fuera de día. Se prepararon para recibir fuego enemigo, pero nada. La misión era habilitar y proteger esa playa hasta que las tropas argentinas desembarcaran, y ese aviso tenía un tiempo límite: las 6:30. Esa bengala demoró en un minuto el cumplimiento de ese tiempo; 6:31, revisada toda esa playa, avisaron al “Cabo San Antonio” que estaba marcada, es decir libre.

Después de unos minutos agazapados, haciendo una especie de trinchera por si había que soportar un ataque, comenzaron a pasarles por al lado los VAO de la Infantería de Marina cuando el crepúsculo matutino empezaba a convertir las siluetas de las islas en certeza.

Se formaron a la derecha de un VAR y en ese momento se abrieron las tapas y en un acto espontáneo todos comenzaron a gritar “¡Viva la Patria!”.

Después de enfrentar las defensas inglesas que custodiaban el aeropuerto y de quitar los vehículos que habían sido atravesados en la pista, el VAO con el Coronel Seineldín llegó lleno de impactos de bala al hospital de Puerto Argentino. Ya sabían que el Capitán Giachino había sido herido. Seineldín entró al hospital y diez minutos después volvió a salir para darle el pésame a sus hombres, todos reunidos afuera. Giachino había muerto.

Para entonces en la isla ya había más de 800 soldados argentinos desplegados y se habían iniciado los vuelos que traían al resto de las tropas del Ejército, lo que motivó la rendición del Gobernador, quien pidió parlamentar con el Estado Mayor de la operación. Un jeep con bandera blanca condujo al Contralmirante Büsser a su casa. La Operación Rosario había sido ejecutada con precisión y sin bajas enemigas.

Una trompeta sonó poniendo a todos en firme para iniciar el saludo. Después de casi 150 años, la bandera argentina estaba izada en la Gobernación de Malvinas, y con ella comenzaban 74 días de guerra.

(GACETA MARINERA)
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