Nuestra Señora de Malvinas

viernes, 9 de julio de 2010

La Patria nació a la sombra de la cruz de Cristo y fue regada con su santa Sangre

Al celebrar un aniversario más de la independencia de nuestra Patria, es necesario mirar hacia atrás, hacia las raíces, para reconocer cuál era el espíritu que movía a los hombres patrios, tanto más, cuanto que sobre el destino de la Patria se ciernen oscuros nubarrones que nada bueno presagian.

Cuando se recurre a la historia para dilucidar cuál era el espíritu que movía a los patriotas, se descubre que era un espíritu profundamente cristiano y católico. Da cuenta de esto una serie de datos: entre los representantes de las provincias se encontraba un gran número de sacerdotes; de los 29 diputados que firmaron el acta de la declaración de independencia, 11 eran sacerdotes”; la asamblea comenzó el 24 de marzo con la misa del Espíritu Santo, celebrada en la iglesia de San Francisco; las preocupaciones principales de los congresistas en el juramento eran, ante todo, conservar y defender la religión católica apostólica romana; en el salón de la jura de la Independencia, en la Casa Histórica, había un gran crucifijo, con lo cual los diputados reconocían que el Rey de la Nueva Nación que surgía en la tierra era el Hombre-Dios Jesucristo. Al día siguiente de la declaración de la Independencia, se celebra otra vez misa y tedéum en San Francisco, para dar gracias a Dios por la asamblea”.

Hoy se intenta reescribir la historia omitiendo la dimensión religiosa de la gesta de la emancipación y negando la fuente humanista y cristiana de la cultura nacional; hoy se intenta dejar en el olvido el hecho de que Cristo presidía, desde la cruz del salón de jura de la Casa Histórica, las históricas sesiones de los diputados que decidieron el nacimiento de nuestra nación; hoy se intenta echar un manto de oscuras sombras sobre el hecho de que es Cristo, el Hombre-Dios, quien desde la cruz bendecía nuestro nacimiento como Nación.

Pareciera que hoy se quiere construir otra Argentina, una Argentina apóstata, una Argentina renegada, una Argentina anti-cristiana, en donde sus representantes hacen caso omiso del Santo Sacrificio del altar, por considerarlo simplemente como un estrado político y no como el sacrificio en cruz del Salvador. Cuando alguien, aún cuando sea un Presidente de una Nación, deja de lado la Santa Misa por mezquinos intereses políticos y partidarios, ese alguien se está introduciendo en un abismo espiritual de oscuridad insondable.

No fue al acaso que la jura de la independencia se realizara en un salón presidido por la cruz del Redentor: estaba en los planes de Dios que nuestra amada Patria naciera a la sombra de la cruz bendita, y regada con su sangre, y que llevara como insignia nacional el manto celeste y blanco de la Inmaculada Madre de Dios.

No fueron estos acontecimientos al acaso, como tampoco son al acaso los actuales intentos de arrancar de raíz el ser nacional católico e hispano. Los actuales intentos de corrupción espiritual y de perversión sexual que se intenta llevar a cabo en los niños, por medio de la difusión del esoterismo y de la magia, y por medio de las leyes que buscan implementar la educación sexual en la infancia y buscan implantar un modelo de matrimonio distinto al deseado por Dios, forman parte de un bien establecido plan de las potencias de la oscuridad, que buscan destruir en nuestra Patria los tesoros más preciados de la Patria: la religión católica y la niñez.

No es una mera guerra cultural; no es un posicionamiento de una cultura marginal; no es una lucha intelectual: es el traslado, desde el cielo a la tierra, a nuestra Patria, de la lucha entre los ángeles rebeldes contra Dios y sus ángeles, pero así como perdieron en el cielo, así habrán de perder también en nuestra Patria, porque en esta lucha contra las potestades del infierno no estamos solos, sino que el Hombre-Dios y su cruz, su Madre Santísima y los Santos Ángeles que aman y adoran a Dios Trino por la eternidad en los cielos, están con nosotros.

Ayer, los patriotas ofrecían una Santa Misa al Dios Todopoderoso, en acción de gracias por la Patria naciente, y porque la Patria había nacido iluminada por la luz de la cruz de Cristo. Hoy, ofrecemos una Santa Misa implorando la asistencia divina para que los enemigos de la Patria, los principados del infierno, no triunfen.

Hoy el demonio realiza denodados esfuerzos sobre nuestra Patria para -si esto le fuera posible-, arrancar la cruz de Cristo no solo del salón de la Casa Histórica, sino de los corazones de todos y cada uno de los argentinos.

Nuestra lucha, como dice San Pablo, no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los “espíritus tenebrosos de las alturas” (cfr. Ef 6, 12), y para ello, la única arma que poseemos es Cristo crucificado. A Él, que se hace Presente por la Santa Misa con su cruz y con su sacrificio, le imploramos su auxilio, su perdón y su misericordia, por nosotros, y por este lugar que, en el tiempo y en el espacio, se llama Argentina, y constituye nuestra Patria.

lunes, 24 de mayo de 2010

El 25 de Mayo, obra de Dios


¿De qué dependen los hechos históricos que desembocan en la formación de una Nación? ¿Qué es lo que mueve a unos individuos a tomar decisiones trascendentales en momentos cruciales de la historia, decisiones que tendrán luego una repercusión que se prolongará por siglos? ¿Por qué se dan determinados hechos, como por ejemplo, la independencia de una nación? Existen teorías de la historia que intentan explicar la historia y sus ciclos por una especie de movimiento ciego, es la teoría marxista de la historia: la historia se explicaría por los movimientos de clases, de unas contra otras, hasta llegar hasta el estado perfecto de la humanidad, el socialismo científico, en donde no habrían más luchas de clases; otros, como Hegel, sostienen que la historia no es más que una continua progresión, por ciclos de tesis y antítesis, hasta llegar a la síntesis final, del espíritu humano en su autorrealización como Espíritu del mundo: los hechos históricos estarían constituidos por movimientos del espíritu humano que busca su auto-realización justamente a través de los hechos históricos.

Unos y otros desconocen la supremacía de Dios Trino, Ser eterno, creador del universo y del tiempo. A pesar de todas estas concepciones ateas, agnósticas, marxistas y liberales, los cambios en la historia no se deben a ningún movimiento ciego ni a ninguna dialéctica originada en el espíritu humano que busca su autorrealización a través de las continuas tesis y antítesis, o procesos dialécticos de superación trascendental; los cambios en la historia –como por ejemplo, el nacimiento de una nueva nación y el nacimiento bajo la cruz del Hombre-Dios y bajo el Manto de la Madre de Dios-, se deben a la voluntad de Dios, Ser eterno perfectísimo, creador del universo y del tiempo; los cambios de la historia se dan y se orientan todos hacia quien se encuentra en el vértice del espacio y del tiempo humanos, a quien se encuentra en el comienzo y en el final de la historia humana: Jesucristo, Señor de la historia, Dueño del tiempo y de la eternidad.
En el caso concreto de nuestra Patria, los acontecimientos decisivos que llevaron a la fragua de la Argentina como una nación católica e hispana fueron guiados, según el parecer de los patriotas de Mayo, como el P. Francisco de Paula Castañeda, por Dios, y no solo guiados, sino causados por el mismo Dios, por lo cual el Día de nuestra Independencia no es sino obra pura y exclusiva de Dios, y por esto debe amanecer cada 25 de Mayo como un día sagrado, que conmemore eternamente los prodigios obrados por Dios en nuestro favor. Dice así el Padre Castañeda: “El día veinticinco de Mayo, ya se considere como el padrón o monumento eterno de nuestra heroica fidelidad a Fernando VII, o como el origen, principio y causa de nuestra absoluta independencia política, es y será siempre un día memorable y santo, que ha de amanecer cada año para perpetuar nuestras glorias, nuestro consuelo y nuestras felicidades”[1]. En un sermón a la catedral, decía: “…el día veinticinco de Mayo es (un día) solemne (…) sagrado (…) augusto y patrio…”; en otra ocasión, decía: “…en este día todos, todos con entusiasmo divino, llenos de piedad, de humanidad y religión, debemos postrarnos delante de los altares, confesando a voces el ningún mérito que ha precedido en nosotros a tantas misericordias. Por nuestra parte, ninguna cosa buena hemos hecho en seis años de revolución; y aun la del veinticinco de Mayo no es obra nuestra sino de Dios”[2].
Postrados en adoración ante Dios Uno y Trino, que se hace presente en los misterios litúrgicos, agradecemos como Nación el tener un día de gloria en nuestro origen, como anticipo de la gloria eterna.
[1] Cfr. Furlong, G., Fray Francisco de Paula Castañeda, Ediciones Castañeda, Argentina 1994, 380.
[2] Cfr. Furlong, ibidem, 382.

martes, 30 de marzo de 2010

La gesta del 2 de Abril


¿Qué podemos pensar de Malvinas? Porque hoy se escuchan como dos campanas: una, de izquierda, que dice que la Patria es una idea, buena, noble, pero que no vale la pena dar la vida por una idea, y por eso se ven películas que distorsionan la realidad, haciendo hincapié en argumentos no afectivos sino sensibleros: en vez de ver el gesto de honor de un joven que da la vida por su Patria, soportando el frío, el hambre, venciendo el miedo, ven un sufrimiento que no puede ser tolerado, porque la Patria es solo una idea. No vale la pena dar la vida por la patria, dicen los de la izquierda.
De otro lado, de la derecha, se dice también que la Patria es una idea noble, por la que se puede dar la vida, pero no porque se considere que la Patria es algo real, un don de Dios, sino porque así conviene a los intereses financieros y económicos: la guerra –en este caso, la guerra por la Patria- es una ocasión de hacer dinero y mucho, por eso, a dar la vida por la Patria, dicen los banqueros de derecha, para que ingrese mucho dinero en nuestros bancos. Además, la derecha usa estas ideas para mantener dominado al pueblo que dice gobernar. Para la derecha, hay que dar la vida por la Patria, pero la vida de los otros, no la de los banqueros, financieros y políticos, que lo único que hacen es enriquecerse con el dinero que produce la guerra.
Hay que dar la vida por la Patria, pero porque esto trae dinero y permite controlar –que es la perversión del gobierno- a la población.
¿Qué podemos pensar frente a esto?
Que no son válidas ni una ni otra postura: ni la de la izquierda, ni la de la derecha.
La única postura válida es la postura de la Iglesia: la postura de la Iglesia es que se debe dar la vida por la Patria porque la Patria es un don de Dios: la Patria, en cuanto don de Dios, es algo real, es un destino común en la eternidad. El destino de la Patria está ligado al destino eterno de sus hijos, así como el destino de una madre está ligado al destino de sus hijos, y de esto surge el sentido de dar la vida por la Patria, porque se da la vida por aquello que tiene sentido, y que da sentido a mi existencia, porque mi existencia está ligada a su destino. El destino de la Patria es mi destino.
No debemos dejarnos engañar, entonces, ni por la izquierda ni por la derecha: la Patria es un don de Dios por el cual vale la pena dar la vida, porque en la Patria está comprendida toda nuestra vida personal, nuestra historia, nuestra tierra, nuestros ancestros, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestra religión, nuestra cultura, nuestra bandera.
Defender la Patria del agresor infame, injusto y cobarde, que a punta de pistola robó las Malvinas a la Patria, es un acto de amor a la Patria, justificado delante de la historia, delante de Dios y de los hombres.
Ofrezcamos nuestras misas por las almas de los patriotas y héroes que dieron sus vidas por nuestra Patria y pidamos al Ángel Custodio de Argentina que bendiga y custodie nuestra Patria y que nos ayude a recuperar, esta vez para siempre, a nuestras Islas Malvinas.

lunes, 15 de marzo de 2010

Un milagro en Malvinas


Cuando los ingleses se acercaron con su flota y su portaaviones a Malvinas, comenzaron a bombardear las posiciones argentinas. Los ingleses dominaban el aire, porque sus aviones eran mucho más avanzados que los de Argentina, y por eso podían atacar y tirar sus bombas donde querían.
En uno de esos ataques, sucedió algo que, si bien todavía no está aprobado por la Iglesia, podemos considerarlo como un milagro.
Un grupo de soldados argentinos asistían a una misa de campaña, es decir, en pleno campo, antes de la batalla. En medio de la misa, apareció un avión inglés y tiró una bomba, que cayó a pocos metros de donde estaban los soldados; mientras tanto, el sacerdote seguía celebrando la misa.
Todos sabemos que las bombas de los aviones caza son muy potentes, y que si cae a pocos metros, provoca una onda expansiva que mata a todo ser vivo que se encuentre cerca, así que todos los soldados y el sacerdote tendrían que haber muerto, pero no pasó así: la bomba, milagrosamente, no explotó, el sacerdote terminó la misa, y los soldados argentinos volvieron a la batalla, a seguir peleando contra los ingleses que venían a robarnos las islas.
Esto, que pasó realmente, es como una figura de lo que pasa también, invisiblemente, sin que nos demos cuenta: la misa nos protege de nuestros enemigos, porque en la misa está Jesús en la cruz y Jesús en la cruz nos protege de todos nuestros enemigos, visibles e invisibles.

Es cierto que Argentina después perdió la batalla –pero no la guerra- y que murieron muchos soldados, pero lo que pasa es que muchas veces Dios permite la derrota de quienes tienen razón, para acercarlos más a su cruz: Jesús en la cruz parece como si hubiera sido vencido, aunque en realidad, triunfó para siempre. Así pasa con los que se acercan a la cruz de Jesús, o a los que Jesús acerca a su cruz: parecen derrotados, pero en realidad han vencido.
Sepamos entonces que la misa es nuestro refugio y protección contra los enemigos visibles e invisibles, pero sepamos que muchas veces Jesús quiere acercarnos más a su cruz, y es por eso que permite que algunas veces seamos derrotados, como aparece Él en la cruz.

viernes, 5 de marzo de 2010

Dichosa nuestra Patria protegida por la Virgen


“Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor” (cfr. Salm 33), dice el Salmo del Antiguo Testamento. El salmista expresa júbilo y se alegra por su nación, el Pueblo Elegido, porque el Dios de su nación es el Dios Verdadero, el único existente. El salmista sabe cuál es la diferencia entre tener al Dios Verdadero por protector y no tenerlo, o tener falsos dioses, como en el caso de los pueblos de la Antigüedad que rodeaban a Israel. Los falsos dioses son incapaces de proteger, pero no solo eso, sino que, en definitiva, nada bueno pueden traer al pueblo, ya que son falsos: o falsos por imaginarios –se reza a quien no existe-, o falsos por ser demonios: “Los dioses de los gentiles son demonios”, dice San Pablo[1]. Pero además y sobre todo, la alegría del salmista viene por el hecho de que el Dios de Israel es un Dios de bondad y de majestad infinitas y lo único que quiere es el bien de su Pueblo, aún cuando lo haga pasar algunas pruebas; por esto es que el salmista se alegra de tener a Dios por su Dios. “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor”, dichosa porque Dios obra maravillas, prodigios, en favor del Pueblo al que Él ama.
Parafraseando al salmista del Antiguo Testamento, y aplicando sus palabras a nuestra realidad, podríamos decir: “Dichosa la Nación cuyo Dios es el Hombre-Dios; dichosa la Nación que nació a la sombra de la cruz, bajo el manto de la Virgen; dichosa esa Nación, porque el Hombre-Dios y Su Madre no obran al azar, sino que tiene sobre esa Nación un designio y un destino de grandeza eterna”.
“Dichosa nuestra Patria protegida por la Virgen”. Esta predilección especial de la Virgen por Argentina se ve en las numerosas devociones marianas que existen a lo largo del país; se ve en las ciudades que llevan su nombre, principalmente nuestra capital, que lleva el nombre más bonito que pueda tener alguna ciudad: “Santa María de los Buenos Aires y Puerto de la Santísima Trinidad”, un nombre que no es solo nombre, sino símbolo de una realidad altísima: María, en el mar de la historia y del tiempo humanos, conduce a la humanidad a Su Hijo Jesús, Dios Hijo, en el Espíritu del Amor, hasta el seno de Dios Padre. María es el Puerto de la Santísima Trinidad, Puerto sobrenatural y seguro adonde se arriba luego de atravesar el tormentoso y peligroso mar de la existencia y de la historia; es Puerto de la Santísima Trinidad porque el Corazón de María es el atracadero por donde se ingresa a la Jerusalén celestial, alumbrada por el Cordero.
“Dichosa nuestra Patria protegida por la Virgen”. Es un signo de predilección de María el hecho de tener numerosas advocaciones marianas, de tener una capital de país que lleve su nombre unido a la Trinidad, símbolos de la realidad sobrenatural: María nos conduce, donándonos el Corazón Eucarístico de Su Hijo, a la Trinidad. Pero la predilección de María se ve sobre todo en nuestra enseña patria, en la bandera: la Bandera Nacional es el manto de la Virgen, porque Belgrano, cuando la creó, quiso explícitamente que tuviera los colores de la Inmaculada Concepción de Luján[2]. Belgrano no se inspiró ni el cielo ni en las montañas; no se inspiró en la tierra. Aún más, no fue Belgrano quien se inspiró, sino que fue inspirado por el Espíritu Santo, ya que su deseo de que la Bandera Argentina llevara los colores del manto de la Inmaculada Concepción de Luján para honrar a la Madre de Dios, es un acto de devoción mariana, y como todo acto de devoción mariana, está inspirado por Dios, soplado por el Espíritu Santo.
“Dichosa nuestra Patria protegida por la Virgen, dichosa nuestra Patria, aún en sus tribulaciones y en sus duras pruebas, porque la Madre de Dios la cubre con su manto, un manto que no solo está en las Iglesias, sino que es elevado en lo alto todos los días, a lo largo y a lo ancho del país”. Al besar la bandera, es como si besáramos el manto de la Inmaculada, como dijera en su proclama Domingo French[3]; y al besar el manto de la Inmaculada de Luján, nos parecerá estar besando la bandera, que toma sus colores de este manto sagrado. La Bandera y el Manto de la Inmaculada de Luján sean para siempre, en el tiempo y en la eternidad, nuestro más grande motivo de orgullo y de alegría como argentinos.
[1] Cfr. 1 Cor 10-20.
[2] Cfr. Guillermo Furlong, Belgrano. El Santo de la espada y de la pluma, Club de Lectore, Buenos Aires 1974, 35-36.
[3] Cfr. P. Jorge María Salvaire, Historia de Nuestra Señora de Luján, T. II, 1885, 268ss. Proclama del Coronel Domingo French, pronunciada en Luján el 25 de septiembre de 1812.

jueves, 25 de febrero de 2010

La Bandera es imagen del Manto de la Inmaculada Concepción


La Patria es una unidad de destino en lo trascendente, dice un autor[1]. Si pensamos de esta manera a la Patria, como unidad en la trascendencia, la Patria designa algo más que un marco territorial o un límite geográfico; trasciende no solo las fronteras geográficas, sino también lo que constituye a una nación, como el lenguaje, la historia en común, las vivencias, las experiencias vividas en conjunto como grupo nacional. El concepto de Patria como unidad de destino en lo trascendente proyecta a la Patria más allá del tiempo y del espacio, para introducirla en la eternidad, en el infinito marco de la eternidad, por eso no se restringe a un espacio material, pero tampoco queda encerrada en los límites de la espiritualidad reflejada en la elaboración de una cultura nacional.
Si la Patria es el destino común en lo trascendente, en lo que supera el espacio y el tiempo, entonces la bandera de la nación, que representa a la nación y a su destino, debe reflejar este destino de trascendencia. Pocas banderas en el mundo señalan el destino común en la trascendencia, en la eternidad, como la Bandera Argentina. Hay banderas que se conforman con señalar ideales terrenos, y es así que portan imágenes terrenas –leones, águilas, caballos, o colores que indican elementos de la tierra, como el amarillo de las praderas, etc.-; otras, poseen imágenes que indican un destino un poco más elevado y así presentan, como símbolos que identifican a la nación, el sol, la luna, las estrellas. Todas tienen en común el hecho de representar a una nación por símbolos que señalan elementos terrenos o celestiales, pero ninguna sobrepasa los límites témporo-espaciales del mundo y de la historia humanos. Es decir, ninguna bandera realiza en sus imágenes y símbolos el concepto de unidad de destino en la trascendencia.
Solo la Bandera Argentina cumple esta misión de señalar la trascendencia, con sus colores celeste y blanco. Lejos de indicar realidades terrenas –el cielo material con sus nubes es lo que indicarían los colores según la versión laicista-, la Bandera Argentina es un símbolo de una realidad ultraterrena, sobrenatural, que trasciende infinitamente las fronteras del tiempo y del espacio. Los colores de la Bandera Nacional, puesto que fueron tomados del Manto de la Inmaculada Concepción[2], simbolizan a este manto, un manto que flamea en la eternidad, al dulce compás del viento del Espíritu Santo, porque es el Manto de la Madre de Dios.
Al contemplar la Bandera, contemplamos el símbolo de nuestra Patria, de nuestra historia, de nuestra lengua, de nuestras experiencias como nación; pero contemplamos también el destino común en lo trascendente, ya que contemplamos el Manto de la Inmaculada Concepción, que ondula en los cielos eternos, al compás del soplo del Espíritu de Dios que inhabita en María. Contemplamos nuestro destino, la meta final de nuestra historia personal y como Nación.
Si como decía French, arengando a la tropa, que besando la bandera nos parecería estar besando el Manto de la Inmaculada Concepción[3], también es al revés: al besar el Manto de la Inmaculada Concepción nos parecerá estar besando nuestra bandera.
El Manto de María y la Bandera Argentina, forman entonces una sola unidad, que nos indican el destino eterno al cual estamos llamados libremente a alcanzar por nuestras obras.
[1] Cfr. José Antonio Primo de Rivera.
[2] Cfr. José Manuel Eizaguirre, La bandera argentina, Peuser, Buenos Aires, 1900, 43.
[3] Proclama del Coronel Domingo French, pronunciada en Luján el 25 de septiembre de 1812; en P. Jorge María Salvaire, Historia de Nuestra Señora de Luján, T. II, 268ss.

martes, 9 de febrero de 2010

Dos fundadores



San Martín es Padre de la Patria; George Washington también. Debido a que los dos son fundadores de naciones, los dos son militares, los dos dieron sus vidas por sus patrias, podemos compararlos a los dos.
George Washington era masón, San Martín era católico; George Washington creía en el Gran Arquitecto del universo, San Martín en Jesucristo, Rey del universo; George Washington era miembro de la masonería, secta anticristiana, ocultista, que se dedica a combatir y a ofender a Jesucristo y a la Virgen María; San Martín era miembro de la Iglesia Católica, la sociedad de Jesucristo, que se dedica en primer lugar a adorar al Hombre-Dios Jesucristo y a honrar a la Madre de Dios, la Virgen María; George Washington tenía en la masonería el grado 33, el grado más alto de esta secta anticristiana, y todos, dentro y fuera de su país, le temían y le obedecían; San Martín era un simple bautizado y miembro más de la Iglesia Católica, y hacía fila para comulgar, como cualquier otro bautizado, sin tener privilegios especiales.
George Washington murió dueño de una inmensa fortuna, con una nación que se convirtió en el tiempo en el imperio más poderoso de la historia de la humanidad, con más poder que cualquier otro imperio en la historia y con más poder que todos los imperios juntos; San Martín murió pobre, en el exilio, traicionado, con su país dividido –Uruguay, Paraguay, parte de Chile, formaban el Virreynato del Río de la Plata- y, lejos de transformarse en la primera potencia mundial, como el país fundado por Washington, su país, Argentina, no puede darle una vivienda y un trabajo dignos a la gran mayoría de sus habitantes.
George Washington está sepultado en el templo principal de la Masonería en Washington, capital de los EE.UU., y a su alrededor no hay ni un crucifijo, ni una imagen de la Virgen, ni nada que indique que Dios Uno y Trino existe; San Martín está sepultado en la catedral de la ciudad de Santa María de los Buenos Aires, cerca del sagrario, morada terrena de Cristo Eucaristía, y cerca de una imagen de la Virgen de Luján, la Madre de Dios.
Cuando murió George Washington fue cubierto su ataúd con una bandera roja, azul y blanca, con tiras y estrellas, que indican los estados que forman esta poderosa nación; sobre el ataúd de San Martín se colocó una bandera celeste y blanca, prolongación del manto de la Virgen de Luján, Reina de los cielos y de la tierra; en el aniversario de la muerte de George Washington se celebran honras masónicas fúnebres, que en realidad es un culto idolátrico a Satanás, príncipe de la mentira y de la muerte; en el aniversario de la muerte del General don José de San Martín se celebran misas, en donde se hace Presente el Hombre-Dios Jesucristo, autor de la vida y la Vida misma.