Nuestra Señora de Luján, Límpida e Inmaculada Concepción,
fuiste Tú la que elegiste quedarte en nuestro suelo argentino; fuiste Tú la nos
eligió, como Nación, para ser la Madre, la Patrona, la Dueña, del Pueblo
Argentino. No fuimos nosotros quienes te elegimos a Ti, sino que Tú, por
designio divino, quisiste, por medio del milagro de la carreta y los bueyes,
quedarte en nuestra Patria, para ser su Dueña y Señora. Nuestra Señora de
Luján, Tú fuiste la que, por orden de la Trinidad, concediste al General
Belgrano el deseo de que nuestra Bandera Nacional llevara los colores, no del
cielo, sino los colores celestiales de tu Manto de Inmaculada Concepción y es
por esa razón que nuestra Bandera Argentina es la más hermosa del mundo, porque
lleva los colores de tu Manto. Tú elegiste quedarte a lo largo y ancho de
nuestra amada Patria, primero como Nuestra Señora de Luján y luego bajo
innumerables advocaciones, todas las cuales describen tu condición de ser
nuestra amada Madre del cielo.
Es por esta razón que nosotros, tus hijos argentinos, que peregrinamos
en el desierto de la historia y del tiempo humanos hacia la Jerusalén celestial -en donde habremos de adorar, por la misericordia de Dios y por la eternidad, a
la Lámpara de la Jerusalén del cielo, el Cordero de Dios, tu Hijo-, nosotros,
tus hijos argentinos, nos dirigimos a Ti para pedirte que nos socorras en estos
tiempos tan llenos de dolor, de angustia, de tribulación, que pareciera que
nunca se terminarán y que, de no mediar una divina intervención, todo será para
peor en nuestra Patria.
Mira a nuestra Patria Argentina, acosada por enemigos
externos e internos, tan feroces y despiadados, que no cejarán en su acoso
hasta ver destruida y fracasada en su totalidad a nuestra Patria. Mira, oh
Madre de Luján, cómo los infames usurpadores ingleses, osan hollar el suelo
patrio cada día, ocupando ilegalmente y por la fuerza nuestras Islas Malvinas,
sin que podamos desalojarlos de una vez y para siempre; mira cómo los enemigos
internos de la Patria, que son también enemigos de Dios, la acosan desde sus
mismas entrañas, matando a los niños argentinos por nacer por medio de la ley
del aborto; mira cómo los enemigos internos de la Patria cambian las leyes que rigen nuestra vida humana, por leyes que expulsan
a Dios de todo el ámbito de la vida nacional; mira cómo los enemigos internos,
si pudieran, quemarían hasta sus cimientos todas las iglesias del país –como ya
lo intentó hacer una de las sectas que tiraniza nuestra Patria desde hace
setenta años- y si pudiera, derribaría todas las cruces de Nuestro Señor y las
reemplazaría por las imágenes del Dragón del Apocalipsis, el Comunismo ateo; mira cómo los
enemigos internos, si pudieran, eliminarían la enseñanza de la Sagrada Religión
Católica del suelo de nuestra Patria, para reemplazarla por las infames creencias
paganas pre-hispánicas, sanguinarias, caníbales y satánicas; mira cómo los
enemigos internos pervierten la educación de niños y jóvenes, enseñándoles, por
la ideología de género, todo tipo de perversión, contraria a la Ley de Dios;
mira cómo los enemigos internos nos han desarmado, intelectual y materialmente,
para que la Patria sea invadida por toda clase de enemigos, de males, de
ideologías anti-cristianas, de perversiones paganas, de males innumerables y de
todo tipo, materiales, morales, espirituales.
¡Oh Señora Nuestra de Luján, Purísima y Limpidísima
Concepción, Madre, Patrona y Dueña de la Argentina! Postrados ante la Santa
Cruz de tu Hijo Jesús y besando filial y amorosamente tu sagrado manto celeste
y blanco, que nos recuerda a nuestra Bandera Nacional, te pedimos que nos
socorras en estos oscuros tiempos por los que transitamos los argentinos, para que
la gracia de Dios, que viene por tus manos y por tu Inmaculado Corazón,
convierta a los corazones de los argentinos, de los gobernantes y del pueblo y
así convertidos y profesando la verdadera fe católica, la fe en tu Hijo
Jesucristo como Dios Salvador y Redentor del mundo, se vea libre de sus enemigos
internos y externos y así se dirija, con la vista puesta en el Sol de justicia,
Jesús Eucaristía, guiados por tu mano y cobijados bajo tu Manto celeste y
blanco, hacia la Jerusalén celestial.
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