La celebración de la Virgen de Luján como Patrona de la
Argentina no se reduce a una mera conmemoración de un hecho acaecido hace unos
años, ni mucho menos se trata de un episodio de meros tintes folclóricos; es un
hecho sucedido en el pasado, sí, pero que, por designio divino, posee
connotaciones en la historia presente y sobre todo en el destino eterno tanto
de la Patria como de todos los argentinos, porque la presencia de la Virgen de
Luján entre los argentinos no es, ni un hecho fortuito, ni, mucho menos, una
obra humana, sino un designio del cielo.
Afirmamos
que el hecho de que la Virgen de Luján se encuentre en lugar actual se deba a
un designio divino, debido a que el modo en el que llegó la imagen a la Villa
de Luján solo tiene una explicación sobrenatural, es decir, celestial: cuando la
carreta que en el año 1630 llevaba la imagen de la Virgen en su interior, luego
de una parada en el camino, pretendió continuar viaje, no pudo continuar sino
luego de bajar de la misma el baúl que traía a la Inmaculada Concepción (que a
la postre sería la Virgen de Luján)[1].
Esto fue interpretado –correctamente- como una señal de la misma Virgen, de que
quería quedarse en ese lugar, y por ese motivo, a partir de entonces, la Virgen
se quedó –milagrosamente- en Luján.
Pero
con la permanencia en el lugar, no estaba todavía completo el designio de la
Virgen para con nuestra Nación Argentina: dentro de los designios del cielo,
faltaba que la Madre de Dios, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján,
fuera declarada Patrona de la Argentina. Esto sucedió cuando, luego de ser
salvado milagrosamente por la Virgen, el Padre Jorge María Salvaire, en
cumplimiento de su promesa, dio inicio a la construcción de la actual basílica,
que concluyó con la proclamación de la Virgen de Luján como “Madre, Patrona y
Dueña de la Argentina”[2].
Sin
embargo, como si fuera poco, faltaba todavía un signo todavía más clamoroso de la
maternal protección y predilección de la Virgen sobre nuestra Patria -y tal vez
el más clamoroso y asombroso de todos-, en el que la Virgen, podemos decir, intervino
personalmente: el creador de la Bandera Nacional, el General Manuel Belgrano, debido
a que era un ferviente devoto de la Inmaculada Concepción de Luján, , decidió
darle, a los colores de nuestra Enseña Nacional, los colores celeste y blanco,
tomados del Manto de la Virgen de Luján, manto que era celeste y blanco porque
la advocación de la Virgen de Luján es la de la Inmaculada Concepción. Este hecho
está debidamente documentado, y uno de los que testifican a favor, es nada
menos que el hermano de Belgrano, el sargento mayor Carlos Belgrano, que desde
1812 era comandante militar de Luján y presidente de su Cabildo, quien dijo así:
“Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján,
de quien era ferviente devoto”[3]. Decimos
que la Virgen intervino personalmente en la creación de la Bandera Nacional
porque fue un acto de devoción mariana, por parte del General Belgrano, y todo acto
de devoción mariana es una gracia y como la Virgen es “Medianera de todas las
gracias”, debido a que no hay ninguna gracia que no provenga por mediación
suya, la Virgen intervino personalmente en la creación de la Bandera Nacional
Argentina, al inspirar al General Manuel Belgrano que los colores de la enseña
nacional llevaran los mismos colores de su manto, el Manto de la Inmaculada de
Luján.
Como
podemos ver hasta aquí, todo lo relacionado con la Virgen de Luján en nuestra
Patria Argentina: su Presencia; su condición de ser Madre, Patrona y Dueña de
la Patria y de la Nación y el hecho de que nuestra Enseña Nacional lleve los
colores de su Manto, todo se debe, no a decisiones humanas, sino a designios
del cielo, como hemos visto y podido constatar por documentación histórica y
por el análisis de la verdad de lo sucedido. Pero además, el hecho de que la
Virgen tenga una predilección especial por Argentina, como lo ha demostrado por
medio de su presencia milagrosa en Luján, está confirmado en apariciones
recientes, como por ejemplo, la de San Nicolás. En una de estas apariciones -aprobadas
por la Iglesia-, dice así la Virgen: “Hijos: Sabéis que os hablo, que estoy muy
cerca de vosotros, deseo que estéis vosotros cerca de mi Corazón. Veo una bandera
celeste y blanca, es nuestra bandera y otra más grande, toda azul, es un azul
claro. Le pregunto por qué veo esas banderas y me dice: “Es que Yo protejo a tu
país, protejo a Argentina. Este mensaje es para tu pueblo”. La bandera grande
tiene el color de su manto”[4].
En
otra aparición más reciente, dice así la Virgen: “M. Reza hija por los
pecadores de tu patria que vienen a corromper la armonía nacional. Donde no hay
amor no hay patria. Cada patria es sagrada para Mí porque guarda los
sentimientos más íntimos de Mis hijos. El que es fiel a su patria es fiel a
Dios. El que ama a su patria ama a Dios. Esta patria (N. del R.: Argentina) está consagrada a Mí, por eso Yo la defiendo,
y la quiero salvar. El que construye su patria construye con Dios. El que destruye
su patria destruye a Dios”[5].
Ahora
bien, ¿cuál es el designio de la Virgen para nosotros, sus hijos adoptivos, en
cuanto argentinos? Porque si la Virgen, como es evidente, nos ha adoptado como
a sus hijos predilectos, en cuanto Nación. La respuesta es que sus designios
son designios de grandeza y de eternidad para con nosotros, y no puede ser de
otra manera, tratándose de la Madre de Dios, y que estos designios pasan por la
consagración a su Corazón Inmaculado y por nuestra santificación a través del
rezo diario del Santo Rosario y la Eucaristía, como modo de configurar nuestros
corazones a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Esto lo expresa la
misma Virgen, también en una de sus apariciones en San Nicolás: “Gladys, no
desaparecerá jamás, la presencia de la Madre de Cristo, en este lugar. Desde
aquí pido a mis hijos: La Consagración a Mi Corazón. Esa Consagración, que no
requiere papeles ni fórmulas, porque esa consagración irá directamente a Mi
Corazón; será única y exclusivamente para Mi Corazón y será recibida por Mi
Corazón. Debéis tener amor y devoción a María; oración constante del Santo
Rosario y participación diaria en la Santa Eucaristía. En el amor a la Madre,
hallaréis el Amor del Hijo; en la oración a la Madre, estaréis en unión con el
Hijo y en la Santa Eucaristía, os encontraréis con el Hijo. Bendito sea
Jesucristo. Hazlo conocer. Hoy velo especialmente por tu Patria” [6].
Y
esto lo quiere la Virgen, para que luego Ella, desde nuestra Patria, conquiste
el mundo entero, para Cristo Jesús, Rey del Universo: “Hija mía: Desde tu
patria, el Señor está haciendo nacer en el cristiano, un nuevo cristiano. Desde
tu patria, estoy posando mis manos sobre todos mis hijos. Si, hija, desde aquí
todos los pueblos me conocerán y sabrán que renovar el corazón, es desear que
el Señor viva en el corazón. Aleluia. Bendito sea el Altísimo. Puedes darlo a
conocer”[7].
Por
todo esto, dichosa nuestra Patria, cuya Madre, Patrona y Dueña es la Madre de
Dios, la Virgen de Luján. A la Virgen de Luján, Nuestra Madre, Patrona y Dueña, veneración y honra por siempre; a Jesucristo Dios, Nuestro Rey y Señor, adoración y gloria, en el tiempo y en la eternidad.
[1] http://www.ewtn.com/spanish/Maria/luj%E1n.htm#El
Milagro de la Imagen:
[2] Cfr.
ibídem.
[3] Cfr. Rottjer, A., El general
Manuel Belgrano, Ediciones Don Bosco, Buenos Aires 1970, 62.
[4] 05-08-85; Mensaje n. 633.
[5]
Cfr. Déjate amar. Mensajes de Jesús a
Fabiana Corraro.
[7]
26-11-86; Mensaje n. 1029.
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